Consenso en Irak: este hombre abatido no puede ser el jefe de la resistencia
Robert Fisk
La Jornada
Al fin
atraparon a Saddam Hussein. Sin arreglar, con una mirada que reflejaba derrota:
hasta los 750 mil dólares en efectivo encontrados en su madriguera lo
rebajaban. Saddam en cadenas: tal vez no de modo literal, pero en ese
extraordinario video de hoy parecía un prisionero de la antigua Roma, el bárbaro
finalmente acorralado, con la mano acariciando la hirsuta barba.
Todos esos fantasmas -iraníes y kurdos gaseados, chiítas ametrallados y
arrojados a las fosas comunes en Kerbala, prisioneros muertos tras padecer
terribles tormentos- debieron sin duda haber presenciado algo de esto.
''Señoras y señores, lo tenemos'', cacareó Paul Bremer, el procónsul
estadunidense en Irak. "Es un gran día para la historia de Irak. Durante décadas,
cientos de miles de ustedes sufrieron a manos de este hombre despiadado. Durante
décadas este hombre cruel causó división entre ustedes.
Durante décadas amenazó con atacar a sus vecinos. Esos días se han ido para
siempre (...) el tirano es hoy un prisionero."
Tony Blair dijo: "Saddam está fuera del poder y no volverá. Eso saben hoy
los iraquíes, y ellos decidirán su destino".
Se necesitaron 600 soldados estadunidenses para capturar al hombre que durante
12 años fue uno de los mejores amigos de Occidente en Medio Oriente y durante
otros 12 su mayor enemigo en la región. En un miserable agujero de dos metros y
medio, en el lodo de una granja del Tigris, cerca de la aldea de Ad-Dawr, el
presidente de la República Arabe Iraquí, líder del Partido Socialista Arabe
Baaz, ex combatiente guerrillero, invasor de dos naciones, amigo de Jacques
Chirac y alguna vez cortejado por Ronald Reagan, fue hallado oculto, casi con
seguridad traicionado por sus camaradas, y ahora destinado -si los
estadunidenses dicen la verdad- a un juicio sobre crímenes de guerra a escala
de Nuremberg.
Durante semanas, fuerzas estadunidenses peinaron la zona rural a lo largo del
Tigris, arrestando a ex funcionarios baazistas, interrogando a antiguos
guardaespaldas, combatiendo a los guerrilleros en Tikrit y Samarra y asesinando
civiles junto con ellos. Pero, sin duda alguna, la de ayer sólo será una
victoria militar estadunidense, si con ella se pone fin a la insurgencia en su
contra.
En Bagdad, las autoridades de ocupación mostraron una y otra vez esas imágenes
-mucho más cautivadoras para las víctimas del ex dictador que para los
occidentales- de la Bestia de Bagdad. Si eran los ojos del Che Guevara, la barba
pertenecía a Fidel Castro. Había algo de un demente Karl Marx en el rostro.
Brutal, claro.
Todos los dictadores de Medio Oriente están en un lugar en el que la crueldad
puede elogiarse como valor. Tribal, sin duda alguna. Pero había una impresión
que conquistaba a todas las demás: la de una revolución que regresó hasta la
semilla. Las ironías eran extraordinarias. En su juventud, en 1959, Saddam
Hussein había tratado de asesinar a un presidente iraquí y, con una bala en la
pierna, se ocultó en la zona rural de Tikrit, no lejos del lugar donde, casi
medio siglo después -este fin de semana-, fue capturado por los estadunidenses.
Había intentado, por lo menos según lo que muestran las imágenes, volver a su
juventud. Saddam el Monstruo había retornado a ser Saddam el Guerrero, luchando
con abrumadoras probabilidades en contra, un patriota iraquí en vez de un
dictador.
"Dispuesto a hablar y cooperar", lo caracterizaron los estadunienses
después de la captura. No me sorprende. De pronto era importante de nuevo: un
criminal de guerra, sin duda, pero ya no un hombre en un agujero. Y era difícil
hoy, viendo esas imágenes del León de Irak -así le gustaba que lo llamaran-,
recordar el trato majestuoso que se le dispensaba en el pasado. Este era el
hombre que fue invitado de honor de la ciudad de París cuando Chirac era
alcalde y cuando los franceses podían reconocer a los jacobinos en su régimen
sanguinario. El hombre que negoció con los secretarios generales de la ONU
Javier Pérez de Cuéllar y Kofi Annan, que alguna vez charló tomando café ni
más ni menos que con el hoy secretario estadunidense de Defensa Donald Rumsfeld,
que se reunió con el legendario jazzista inglés Ted Heath, con el decano líder
laborista Tony Benn y con una porción de estadistas europeos.
Pero ¿realmente es el fin de la pesadilla? A no dudarlo, la destrozada criatura
que muestran los videos estadunidenses no va a poder correr la película hacia
atrás. Su tiempo, como dicen, ha terminado. Había una especie de alivio en su
rostro. El drama ha concluido. Está vivo, a diferencia de sus decenas de miles
de víctimas. ¿Había acaso un libro de memorias en su mente fatigada? La
indignidad final de que un médico estadunidense le jalara el pelo quizá se vio
amenguada por el recuerdo de todos esos cirujanos franceses que alguna vez
atendieron a su familia. Porque jamás un médico iraquí se atrevió a operar a
los Tikrit.
Claro, esta noche vimos celebrar a los combatientes, lluvias de balas en el
cielo de Bagdad. El asesino de sus padres, hermanos, hijos, esposas, madres,
estaba al fin en cadenas. Yo me encontraba entre las chozas de Ciudad Sadr
-alguna vez Ciudad Saddam- cuando una cascada de fuego de fusil barrió las
calles. Estaba sentado en el piso de concreto de la casa de un clérigo chiíta
que fue arrollado y muerto por un tanque estadunidense, entre iraquíes que no
sienten amor por los invasores, cuando el fuego arreció. Un chico salió
corriendo de una habitación con la noticia de que la radio iraquí anunciaba la
captura de Saddam. Y los rostros que habían estado transidos de dolor, que no
habían sonreído en una semana, resplandecían de placer. El fuego creció en
intensidad, hasta que racimos de balas subieron al cielo entre estallidos de
granadas. En la calle principal, los autos chocaban en el caos.
Pero fue un rapto de júbilo, no una celebración. No hubo multitudes en los
bulevares de Bagdad, ni fiesta en las calles, ni expresiones de alegría de la
gente común y corriente en la capital. Porque Saddam Hussein ha legado a este
país y a sus supuestos "libertadores" algo singularmente terrible:
una guerra continua. Y había una conclusión con la que todos los iraquíes con
los que hablé hoy estaban de acuerdo: ese hombre sucio y patético de cabello
hirsuto y sucio, que vivía en un agujero en el suelo en compañía de tres
ametralladoras y una porción de dinero en efectivo, no era quien comandaba la
insurgencia iraquí contra los estadunidenses.
De hecho, antes de la captura de Saddam cada vez más iraquíes decían que una
razón por la cual no se unían a la resistencia era el miedo de que, si los
estadunidenses se retiraban, Saddam volvería al poder. Así que la pesadilla
terminó... y la pesadilla está a punto de comenzar. Tanto para los iraquíes
como para nosotros.
Una vez me encontré con él, hace casi un cuarto de siglo. Nos estrechamos las
manos antes de una conferencia de prensa en Bagdad, en la cual trató de
explicar los puntos finos de la fisión binaria. En esa época estaba empeñado
en desarrollar armas nucleares. Llevaba entonces amplios trajes cruzados, como
los que alguna vez usaron los líderes nazis: sacos demasiado holgados que
brillaban en exceso. Todo lo que puedo recordar es que tenía las manos frías y
húmedas.
© The Independent
Traducción: Jorge Anaya