La
República que viene
Conferencia
de Juan Luis Utrilla en la Universidad Autónoma de Madrid
Ese punto de inflexión al que nos referíamos, fue la consecuencia de un
cambio político en falso llevado a cabo por la restauración monárquica de
1874. Cien años después cerrando un ciclo de un siglo, se volvió a restaurar
en el trono a un Borbón, anulando las luchas, proyectos y deseos de gran parte
del pueblo español. Aquella restauración de 1874 tuvo ciertas similitudes
fatales con la habida en 1975. En ambos casos el cambio político se produce por
la decisión de un general, Martínez Campos y Franco. En ambos casos existió
una trama civil, llevada a cabo en 1.874 por políticos conservadores, con la
colaboración de la siempre poderosa Iglesia Católica española, al servicio de
la oligarquía. En 1975 por políticos cercanos a la Iglesia Católica, Opus Dei
y Propagandistas, que proyectaron desde el propio sistema, un cambio político
capaz de mantener los privilegios de clase, evitando la intervención de la
justicia por los crímenes, fraudes y robos cometidos, y a su vez consiguiendo
un sistema político más o menos presentable que nos permitiera acceder al, por
entonces llamado Mercado Común Europeo, ingreso que posibilitaría a la
oligarquía, un marco para sus negocios más amplio que el que podía
proporcionar la atrasada España franquista. En ambos casos los restauradores
pretendieron crear un nuevo estado que asegurara los privilegios de unos pocos,
cambiando todo, para que todo permaneciera igual. Otra coincidencia fue que
ambos restauradores no ofrecieran el trono al miembro vivo de la casa real, que
supuestamente le correspondía, Isabel II y Juan de Borbón. En la restauración
de 1874, Martínez Campos ofreció el trono al que fue Alfonso XIII. Este débil
personaje enfermizo e idiota, y en cuya muerte prematura tuvo mucho que ver su
vida disoluta, era biznieto de un idiota, cobarde y cornudo, nieto de un idiota
perjuro y sanguinario, hijo de una idiota mas preocupada por los militares,
frailes, miembros de la nobleza y políticos que desfilaron por su lecho que por
cumplir con sus responsabilidades, hijo al menos en su partida de nacimiento, de
otro Borbón idiota que también compartió su lecho con toda suerte de
militares, frailes y hombres dispuestos a medrar en la corte, padre de un idiota
apegado a las faldas, tanto de mujeres como del clero, mas amigo de la camaradería
cuartelera que preocupado por el bienestar de España, abuelo de unos débiles
enfermos congénitos vividores y algunos de ellos bebedores en exceso y
bisabuelo de Juan Carlos de Borbón. Franco ofreció a su vez el trono de España
a este último, en lo que el dictador definió como la instauración de la
monarquía del 18 de Julio, tras cumplimentar el aspirante debidamente los
requisitos de jurar los Principios de Movimiento Nacional, y servir de comparsa
del dictador en desfiles, inauguraciones, eventos familiares de los Franco y
asistir a concentraciones fascistoides en la plaza de Oriente.
No podemos olvidar la labor desarrollada en ambas restauraciones por los
políticos reformistas, estos actuando al dictado de los verdaderos propietarios
del país, antepusieron en ambas restauraciones la propiedad privada como
derecho natural, a cualquier proceso de instauración de libertades colectivas.
Es decir, actuaron de forma inversa al principio democrático de anteponer las
libertades colectivas sobre las individuales. De forma que la oligarquía
asegurara su poder, independientemente del signo político de los gobiernos,
consiguiendo así lo que las llamadas “gentes de orden” definen como un
Estado estable, indudablemente estable para sus negocios. Para lograr este
objetivo, se apeló a zarandajas sobre la superación de diferencias
ancestrales, superación teóricamente correcta, de no ser que los únicos que
nada superan, pues permanecen estáticos en su poder, son los elementos que
componen la oligarquía. A su vez se renuncia a las utopías, tras asegurar, en
ambas restauraciones, que estas también han sido superadas.
Tras el golpe del General Martínez Campos, se vio la necesidad de dotar
al país de una Constitución — Constitución de 1876 —. Esta tenía unas
características restrictivas, de manera que hiciera posible la consabida
modernización del país en aras a que nada cambiara. Aquella Constitución, se
basó en que el principio de soberanía residiera en las Cortes con el Rey.
Cortes compuestas por una Cámara Alta o Senado, cuyos miembros accedían al
cargo por derecho o por nominación, y una Cámara Baja o Congreso de los
Diputados, cuyos miembros eran elegidos mediante un sufragio restringido y
manipulado. Existía un sistema de distritos electorales, que en el ámbito
rural era fácilmente controlado por la figura local del cacique. Ejemplo de
aquel disparate era la frecuente firma de actas de diputado, previamente a la
celebración de los comicios. Esta situación favoreció la creación de un
bipartidismo, por entonces de los partidos Liberal y Conservador, la farsa se
encubría mediante la elección de unos pocos diputados progresistas,
republicanos y carlistas. Podemos deducir pues, la ausencia de representación
de la voluntad popular en aquellas Cortes, y teniéndose en cuenta que la
soberanía residía en las Cortes con el Rey, deduciremos a su vez el poder
decisivo del monarca. Aquel rey tenía la potestad compartida con las Cortes, de
legislar, así como el mando supremo de las fuerzas armadas.
En la actual Constitución el rey tiene las potestades de arbitrar y
moderar el funcionamiento de las instituciones, de sancionar y promulgar leyes,
convocar y disolver las Cortes, convocar referéndum, proponer y nombrar al
presidente del gobierno • presidir, si así se le antoja. el Consejo de
Ministros. Además posee el mando supremo de las Fuerzas Armadas y tiene el
atributo de declarar la guerra a propuesta de Las Cortes. Como vemos, el poder
del rey en ambos casos es muy similar, dejándose en la actualidad a la voluntad
del monarca, el actuar más o menos en la toma de decisiones políticas, o
dedicarse a esquiar, montar en motos de alta cilindrada, navegar en magníficos
barcos donados oficialmente por desinteresados empresarios, y aliviar sus
apetencias de la manera tan placentera como se le antoje. En cuanto a la
composición de las actuales Cortes, estas limitan la voluntad popular, al
convertir votos en escaños mediante la aplicación de la Ley D ‘Hont, ley
impuesta por el ex ministro de la dictadura, Fraga Iribarne, y jamás propuesta
su derogación por ningún partido en el poder o con posibilidades de estarlo.
En cuanto al Senado, se trata de una cámara teóricamente de representación
territorial, pero en realidad de confusa utilidad.
La manipulación de la voluntad popular, era bajo la constitución de
1876, ruda y descarnada, pero hoy sabemos que la manipulación puede ser más
sofisticada, mediante la inducción de la opinión pública por los medios de
comunicación y la imposición de modas y costumbres, que no siempre actúan de
forma directa sobre las alternativas políticas a elegir, si no que ensalzan de
forma reiterativa, ciertos supuestos valores que son adoptados por la sociedad:
aceptación social de la corrupción, individualismo insolidario, admiración
del poder económico del individuo por encima de otros valores, etc.. Estos
valores en auge influyen directamente sobre las alternativas políticas elegidas
por el ciudadano medio, imponiendo de nuevo un bipartidismo: Partido Popular y
Partido Socialista Obrero Español.
Durante los años veinte, la desastrosa campaña de Marruecos, pone en
evidencia la inoperancia, tanto del Ejército como de los gobiernos, pero en
realidad lo que estaba fallando era el propio sistema político. En 1.923
intentando huir hacia delante, la monarquía se enrocó en la dictadura, enfangándose
el monarca en su visionario concepto de atesorar la soberanía nacional. Este
hecho produce un efecto no calculado, puesto que la ciudadanía no reacciona
contra los políticos inoperantes puestos como pantalla por la monarquía, si no
que reacciona contra el propio sistema al comprenderse como títere de la
oligarquía, que manipulaba a la Nación a su antojo. Se tensó tanto la cuerda,
que terminó por romperse, con la consecuencia del despertar de un pueblo que
volvía a confiar en esas utopías oficialmente superadas. Ante el terror
desatado en la corte, por la posible pérdida del control, se decide volver a la
legalidad constitucional anterior a la dictadura, pero esta legalidad no
legitimada por el pueblo, no produce el efecto de contención de la marea de
insatisfacción. La inutilidad de la medida era tan asumida por el gobierno, que
este impuso una represión republicana mayor que la existente durante la
dictadura.
Durante aquella etapa, varios políticos representantes de la burguesía
moderada, comenzaron a alinearse en torno a los partidos republicanos.
Previamente los trabajadores, tomando conciencia de clase, pasaron a engrosar
las filas de los sindicatos CNT anarquista y UGT marxista, de estos últimos la
mayoría militaban en el PSOE, inclinándose estas organizaciones obreras por el
republicanismo, tras un laborioso proceso de comprensión del significado del
cambio. Muchos de los dirigentes de las organizaciones obreras, veían en la República
un obstáculo hacia sus aspiraciones revolucionarias, pero la realidad fue que
la República trajo consigo un reforzamiento de éstas organizaciones. y no
supuso la renuncia a sus principios de aquellos que quisieron conservarlos. Hoy
se repite con frecuencia este mismo fenómeno entre algunos dirigentes de lo que
queda de la izquierda, al negar estos su apoyo a la causa republicana,
prefiriendo permanecer en la inercia de la legalidad monárquica. En aquellos años,
de entre las organizaciones obreras, sólo comprendieron la magnitud del cambio
los pocos comunistas que comenzaban a organizarse como partido. En esa situación
se llegó al compromiso republicano llamado Pacto de San Sebastián, donde se
logra una coordinación de los partidos republicanos y nacionalistas —
catalanes y gallegos -. El PSOE se encontraba representado por Indalecio Prieto
a titulo personal, y los comunistas y anarquistas no habían sido admitidos.
Posteriormente tanto el PSOE como la CNT, se sumaron a la coordinación
republicana, quedando marginado el PCE.
Del Pacto de San Sebastián, nace un Comité Revolucionario, que planteó,
siguiendo la costumbre patria un levantamiento militar apoyado por elementos
civiles. Por su parte el propio sistema cerró filas convencidos de frenar así
el empuje republicano.
En cuanto a la postura de los partidos republicanos, estos adolecieron de
unidad de acción, planteando cada uno soluciones no unitarias, como si cada uno
de ellos poseyera la llave que abriera la puerta de la República, no sabiendo
crear un movimiento republicano de amplia participación ciudadana. Pero esos
errores fueron paliados por un fenómeno que de cuando en cuando fructifica en
España y que tan solo en esos momentos la conforma como Nación. Ese fenómeno
fue la contribución de la ciudadanía en sus clases obrera y medias, creando
por sí solas ~ su propia cultura democrática, liberal y laica, que tanto
contribuyeron al éxito, no sólo electoral de 1.93 1, si no también a la
cristalización en el Estado Republicano, cambio que ya había sido asumido por
estas clases sociales. Por otro lado ciertos partidos republicanos, como fue el
caso del Partido Radical, que habiendo colaborado con la monarquía, no
quisieron implicarse abiertamente con la causa republicana, ya que esa implicación
— suponían —les llevaría a la marginalidad, prefiriendo permanecer en su
confortable papel de izquierda del sistema. Esta situación se repite en la
actualidad, y así, partidos que se presuponen republicanos, no lo son en su
actividad institucional, no colaborando o haciéndolo interesadamente con el
movimiento republicano. Partidos en los que sus propios dirigentes se definen
como republicanos, pero que apostillan su republicanismo, con el convencimiento,
de que hoy en España el único régimen viable es la monarquía. Esta situación
crea, no solo en esos dirigentes, si no también en los afiliados a esos
partidos, y en sus votantes, un análisis esquizofrénico de la realidad española.
Uno de los factores que influyó en el triunfo republicano en las
elecciones municipales de 1.931, fue el conocimiento de esas debilidades del
bloque republicano, y el convencimiento del triunfo consiguiente del bloque monárquico.
Los valedores de la monarquía no supieron valorar el cambio que ya se había
efectuado en amplios sectores de la sociedad.
¿Pero cual era el cambio que se había ido larvando en la sociedad española?
Partamos de ciertas características comunes del pueblo español. España es una
nación o conjunto de naciones, de origen y cultura castellana, que suele
mantener ciertos rasgos comunes a pesar del centrifugismo de sus regiones periféricas.
El español es fatalista, asumiendo como parte de su destino la opresión a la
que históricamente ha sido sometido. Esta situación produce una acumulación
de desesperación, frecuentemente traducida en anárquicos estallidos de cólera,
locales en el espacio y en el tiempo, caracterizados por una generalizada
descoordinación que no suele producir más efecto que la quema de pólvora en
salvas. Esta característica ha hecho posible la ausencia en España de los
procesos revolucionarios y democráticos europeos de los siglos XV1II y XIX.
.
Pero este rasgo común de los españoles, es como decíamos
anteriormente, de cuando en cuando roto por un impulso espontáneo que toma
conciencia y cuerpo en el conjunto de la ciudadanía. En el caso al que nos
referimos, este fenómeno comenzó a gestarse tras las derrotas de las guerras
coloniales de finales del siglo XIX. Mientras la España oficial se sumergía en
la desesperación tras la derrota militar y los gastos originados por la guerra,
y la oligarquía lamentaba la pérdida de las colonias lo que a su vez suponía
la pérdida de saneados negocios, surgía un renacimiento cultural sin
precedentes, quizá como producto de asumir la realidad del país. Alberti,
Aleixandre, Baroja, Dalí, Galdós, García Lorca, Guillén, Gris, Machado, Marañón,
Miró, Ortega y Gasset, Picasso, Ramón y Cajal, Unamuno... son parte de los
representantes de las artes y de las ciencias, surgidos en un país, que tras la
ruina se encontraba a si mismo. A su vez se produjo un despertar del pueblo, al
tomar conciencia de su sometimiento a la caprichosa voluntad de unos déspotas,
arraigándose nuevos pensamientos antagónicos con el catolicismo inmovilista.
Exponentes de los nuevos planteamientos ideológicos, fueron el krausismo, el
anarquismo y el marxismo. El krausismo pensamiento basado en una combinación de
la ilustración y del idealismo germánico, fue introducido en España en el
siglo XIX por Julio Sanz del Río, abogaban por un Estado donde fuera posible la
convivencia de todos los elementos que componen la sociedad. Giner de los Ríos,
discípulo de Sanz del Río fundó la Institución Libre de Enseñanza, basándose
en los principios krausistas. A su vez otros pensamientos encaminados hacia la
emancipación de la clase obrera - bakuninismo y marxismo-arraigaron en esta. Es
interesante comprobar como el anarco sindicalismo español, produjo un fenómeno
casi único, que fue incluso exportado por la emigración a Latino América —
núcleos revolucionarios anarquistas en la Patagonia -. La CNT sindicato
anarquista y mayoritario, junto a su brazo semi clandestino — la FM — son
claros exponentes de la atolondrada ira del pueblo frente a la injusticia. El
marxismo se organizó sindicalmente en la UGT y políticamente en el PSOE,
posteriormente su rama leninista en el PCE.
El
12 de Abril de 1931, tuvieron lugar unos comicios municipales que abarcaban todo
el país. El resultado produjo el triunfo de las candidaturas republicanas en 41
capitales de provincia, de las 50 existentes. En total se eligieron 39.501
concejales republicanos, frente a 34.238 monárquicos. Si tenemos en cuenta la
presión caciquil habida en la España rural, y el número de votos necesarios
para obtener un concejal en las grandes ciudades, la victoria de las fuerzas
republicanas fue aplastante. Estos acontecimientos supusieron el desplome del régimen
monárquico. El rey haciendo alarde de su falta de convicción en la legitimidad
del régimen monárquico, renuncié cobardemente a la corona, en el momento en
que temió — injustificadamente — por su persona. A su vez, las fuerzas políticas
monárquicas, que imbuidas de autosuficiencia no se habían planteado una
derrota en los comicios municipales, quedaron paralizadas sin saber asimilar políticamente
el resultado de las urnas, y esa falta de reacción mas que la responsabilidad
de no enfrentar a los españoles, enfrentamiento que no dudo llevar a cabo cinco
años después. La mencionada falta de reacción de las fuerzas monárquicas,
hizo posible la toma del poder por las fuerzas políticas republicanas, que
inmediatamente y haciendo alarde de agilidad, fueron capaces de accionar el
cambio de sistema.
La
II República no solo no se planteé acabar con la oligarquía, si no que por el
contrario, esta siguió manteniendo el control de la administración, puesto que
la nueva situación nunca supuso un cambio social en profundidad. No obstante
los golpistas se organizaron desde el primer momento bajo el pretexto del cambio
revolucionario que necesariamente traería el régimen republicano. La realidad
era que por primera vez en España, se planteaba desde el propio Estado un
sistema democrático viable, que superara el siglo perdido por España en
levantamientos y guerras civiles, que al final siempre dejaban a los ciudadanos
en la misma situación en la que se encontraban. Esta actualización democrática
no fue admitida por los tres pilares de la monarquía: la oligarquía, el
ejercito y la iglesia.
La
oligarquía incapaz de generar el más leve pensamiento generoso, temió una
venganza del pueblo, por los múltiples sufrimientos a los que había sido
sometido. En un arranque de soberbia, no quiso admitir que el cambio generado
era tan solo un cambio democrático al que en realidad no tenía por que temer.
La primera medida llevada a cabo, fue el poner a salvo sus personas, escapando a
otros países, después pusieron a salvo sus riquezas, creando una terrible fuga
de capitales y por último al comprobar que nada pasaba, regresaron para
conspirar.
El
ejército aun que en parte asumió el cambio democrático, otra importante parte
de él no supo comprender que el nuevo Estado, tan solo les exigía que
cumplieran con su cometido, la defensa de la Nación. Desde principios del siglo
XIX, el Ejército Español tenía un cometido más de mantenimiento del orden público
que de defensa. Este hecho es posiblemente debido a su inoperancia en las
guerras no civiles, siendo un ejército especializado en pronunciamientos,
rebeliones y cuartelazos, pero contabilizando por derrotas, a no ser por la
ayuda de una potencia extranjera, sus intervenciones en otros campos de batalla.
Era un ejército con inflación de oficiales, cuajado de grandes de España,
obesos generales y miembros de la añeja casta militar, un ejército inoperante,
más preparado para reprimir y desfilar, que para ponerse al servicio de los
representantes de los ciudadanos. Como es lógico un ejército de esas características
añoró su pasada confortabilidad, y buena parte de él, a pesar de la generosa
oferta de la República que facilitaba el paso a la reserva con el 100% del
salario a aquellos militares que no quisieran jurar la nueva Constitución,
comenzó a conspirar inmediatamente después de efectuarse el cambio de Estado.
La
sutileza sibilina de la Iglesia Católica Española, hace más complicado el análisis
de su posicionamiento antirrepublicano. La Iglesia poseía en la monarquía la
función legitimadora del poder, por lo que el advenimiento de la República, la
desconcertó. En la nueva situación no se le otorgaban más funciones, que las
de carácter puramente religioso. El Estado laico apeó a la Iglesia de su
poderosa posición, perdiendo esta, no solo la influencia ejercida desde la
docencia, y los círculos patronales y obreros, si no que veía amenazar su
inmenso patrimonio inmobiliario mantenido tanto entonces como hoy, en forma de
fincas de todo tipo, conventos, residencias, templos, seminarios, palacios
episcopales, nunciaturas, etcétera. La secular hipocresía de la Iglesia Católica,
se manifestó mediante su actitud cínica, ya que mientras El Vaticano admitía
oficialmente la nueva situación política de España, de forma simultánea daba
órdenes a sus prelados y órganos de propaganda, destinadas a minar el nuevo
Estado. La Iglesia añoró desde la instauración de la República, aquella
monarquía católica, que le concedía el privilegio de asesorar al poderoso y
domesticar al humilde. Pero la Iglesia no se limitó a refunfuñar, puesto que
apostó descaradamente por la coalición monárquico conservadora Unión
Nacional, lanzando a su vez su dardo venenoso a la república, en aquel cónclave.
de obispos de Toledo, en la que se redactó una pastoral de protesta hacia el
laicismo republicano. Se lamentaba el clero de su situación y a su vez atacaba
a la República, iniciando una serie de gestiones encaminadas a sacar de España
sus numerosos bienes, para posteriormente ser reinvertidos en otros países más
sumisos a su poder. Era la misma actitud seguida por la oligarquía, que con
frecuencia confunden, la una el patriotismo y la otra sus labores religiosas,
con los dividendos. Esta situación se agravó con la quema de conventos, reacción
nacida en parte del odio acumulado contra esa institución, y en parte promovido
por agentes de la Iglesia en un diabólico doble juego.
La II República se legitimó dando los pasos precisos en este sentido.
En primer lugar se convocaron elecciones que dieron paso a unas Cortes
Constituyentes, las cuales redactaron la nueva Constitución. Tras unas
elecciones al fin libres y limpias, se produjo el consiguiente reparto de escaños,
en el que la derecha contaba con 64 representantes, el centro con 120, y la
izquierda con 172. Los nacionalistas obtuvieron 68 escaños. De estas Cortes
electas se nombró una comisión redactora del proyecto de Constitución. Tras
dos meses de debate se aprueba la Constitución iniciada con el siguiente artículo:
.España es una república democrática de trabajadores de toda clase
que se organiza en régimen de libertacl y justicia El debate se llevó a
cabo en las Cortes, artículo a artículo y no como aquel referéndum en bloque
de 1978. En rasgos generales la Constitución de 1.931, fue una constitución
democrática moderada, que situaba al Estado Español en el mismo nivel que
otros estados democráticos. A pesar de no tratarse de un cambio revolucionario,
la República fue minada desde el primer momento de su existencia, por las
fuerzas de la reacción, con el fin de acabar con aquel proyecto ilusionante. No
cesaron aquellos energúmenos intransigentes al servicio de la oligarquía,
hasta completar su obra, acabando no ya con el más leve atisbo de libertad, si
no también de piedad para con los derrotados, aplicando toda suerte de penas de
muerte en parodias de juicios, encarcelando, humillando, robando, obligando al
exilio y discriminando laboralmente a todo sospechoso de no ser adicto al régimen.
Se lograron todos los objetivos previstos, destruyendo un país, sus fuentes de
riqueza y los logros políticos, culturales y sociales obtenidos.
Fueron tiempos horribles y no los vamos a recordar aquí, aquel régimen
que solo acabó con la muerte del dictador. Sabiéndose la imposibilidad de
supervivencia a Franco del régimen, desde su propio interior se ideó su
transformación. Se pretendió transformar el horror en algo que pudiera
llamarse democracia. Una vez conseguido el beneplácito de los Estados Unidos de
América para con el proyecto de cambio político, se pactó con los partidos
— los que se mantuvieron en la oposición al régimen, los que se mantuvieron
en la oposición desde el exilio, los surgidos desde sectores críticos del régimen,
y los surgidos directamente del propio régimen -. Aquella transformación lo
fue en restauración monárquica.
Es muy probable que en 1975, tras treinta y nueve años de represión
franquista, no sólo el ciudadano común, si no muchos intelectuales, hubieron
olvidado los conceptos democráticos ligados al republicanismo. Quizá el miedo,
quizá la norma de vida de corte católico autoritario impuesta por la
dictadura, quizá la práctica ausencia de fuerzas políticas organizadas en la
oposición clandestina, exceptuando al PCE y muy poco más, quizá las múltiples
traiciones, quizá el propio proyecto nacido — como decíamos — de la
dictadura,.., la suma de tantos quizás hicieron viable una transición ajena al
pensamiento republicano. La ciudadanía ansiosa de salir del túnel del
franquismo, admitió sin más la nueva situación. Situación no fácil, ya que
existieron constantes amenazas involucionistas, y por tanto juzgar la actitud de
algunos partidos seria cuando menos atrevido, pero la realidad es que esas
actitudes, en casos torpes, en casos cobardes y en otros traidoras, ayudaron a
la restauración monárquica. Y aún hoy esos partidos permanecen en una actitud
en relación con la república, más nostálgica que reivindicativa, mirando más
al pasado que reclamando un futuro republicano.
Hoy ante el deterioro social y político, parece levantarse la niebla que
cubrió la transición. Somos testigos del comienzo de una forma espontánea
de crítica al sistema. sistema cada vez más rígido, cada vez más
estricto con aquellos que no interpretan la Constitución como le es conveniente
a la oligarquía. Somos testigos de nuevas situaciones nacidas de la guerra,
como las que afloraron de aquella guerra de Marruecos, que sacaron y hoy sacan a
flote las querencias totalitarias, mas cercanas a la prohibición que al diálogo,
incapacidad de admitir la crítica, cercenadoras de libertades, controladoras
del sistema judicial y de los medios de comunicación, belicosas con el débil y
servil con el poderoso. Esa derecha que no es la derecha democrática en la que
quiero creer existe, es la derecha del “arriba escuadras y a vencer que en
España empieza a amanecer
Como
decíamos al comienzo las circunstancias nunca son iguales pero si similares, y
estas podrían llegar a producir acontecimientos parecidos. Hoy vemos que en las
manifestaciones de crítica al gobierno, aparecen cada vez con más frecuencia
banderas republicanas, bandera cuyo significado reivindicativo es en realidad de
otro sistema político. Esta situación comienza a parecerse a la que existió a
finales de los años veinte, en la que la crítica a los gobiernos, se convirtió
en crítica al sistema. Lo cierto es que nos encontramos en una encrucijada de
nuestra historia , cuya solución será la democratización del Estado y el fin
de la omnipresente oligarquía. Para los republicanos esa ruptura con nuestro
peor pasado se llama III República.