Cita para un funeral
Higinio
Polo
El incremento de las acciones armadas de la
resistencia iraquí contra el ejército de ocupación norteamericano y británico,
con quienes van a colaborar ahora militares españoles y polacos, está
mostrando los límites del poder estadounidense y poniendo al descubierto todas
las mentiras con que prepararon la guerra. La guerra de guerrillas que se
inicia, cada día más activa, está llevando al gobierno norteamericano, además,
a considerar la humillación de pedir ayuda a otros países, en el marco de la
ONU, pocos meses después de que Bush, Powell y Rumsfeld despreciaran a los
organismos internacionales y lanzaran un ultimátum al Consejo de Seguridad de
las Naciones Unidas.
Los gobernantes de Washington no solamente han impuesto la doctrina fascista de
las guerras preventivas, además de bombardear a la población civil; no
sólo han desarrollado una feroz guerra de agresión, pisoteando el derecho
internacional; no sólo deben dar cuenta aún de sus palabras y de sus mentiras
-insistamos: ¿dónde están las armas de destrucción masiva?-, sino que han
destruido el país y han hecho posible el aumento de la delincuencia y los
delitos, y ahora son incapaces de resolver el caos que han creado. En Iraq, no sólo
continúan los saqueos, falta la electricidad y el agua y la producción de
bienes se ha reducido todavía más -hasta el punto de que algunas fuentes
hablan de que representa ahora ¡menos de la mitad de lo que suponía antes de
la guerra!, bajo el embargo-, sino que en los hospitales continúan faltando los
medios más imprescindibles y hasta agencias humanitarias de la ONU, como la
UNICEF, denuncian que el ejército de ocupación norteamericano no ha retirado
todavía las bombas que lanzaron y que no estallaron: eso ha hecho que, tras la
guerra, se cuenten ya por centenares y centenares los niños iraquíes que han
muerto reventados por esas bombas lanzadas por Washington.
Tres meses después del final de los combates abiertos, Iraq es un país
exhausto, destrozado, humillado por la ferocidad de los señores de la guerra de
Washington, en el que mueren iraquíes por enfermedades perfectamente curables,
en el que la falta de agua potable lleva a la tumba a niños y adultos, porque
las redes de saneamiento del agua, cuya destrucción Washington ordenó, no se
han reconstruido todavía. Estados Unidos ha mostrado al mundo que es capaz de
destruir un país, Iraq, con fría determinación, como hicieron en Afganistán,
pero ha puesto de manifiesto también que es incapaz para organizar la
reconstrucción, que es indiferente ante el sufrimiento ajeno -¿son capaces de
trasladar a Iraq, desde América, gigantescos carros de combate, pero no pueden
llevar medicinas, ni alimentos, ni repuestos?-, e incompetente para ordenar la
vida, aunque fuera la dura vida de una posguerra infame. Estados Unidos está
mostrando al mundo que todo su poder radica apenas en la destrucción. Y ahora,
Washington teme por sus soldados, que mueren cada día: no tanto por sus vidas
en sí -al fin y al cabo, para la visión del mundo de estos plutócratas que
gobiernan con Bush, son chicanos y negros, habitantes de la América miserable y
marginada, como la heroica soldado Lynch-, como por la repercusión que
puede tener entre la población norteamericana la llegada constante de los patrióticos
cadáveres en sacos de plástico, saludados por la fanfarria mortuoria de las
bandas militares.
Esos mismos soldados norteamericanos, que robaban todo lo que encontraban a su
paso en el aeropuerto de Bagdad, por ejemplo, o que revientan a patadas las
casas de la población iraquí, robando sus escasos bienes, esos marines
y paracaidistas que permanecen indiferentes ante la catástrofe humana que
supone la falta de agua potable, de medicamentos, de alimentos suficientes, que
disparan a matar en los controles en las carreteras, que profanan los lugares
religiosos con sus botas de soldados borrachos, son los que esperan ahora la
llegada de militares polacos y españoles, esperando así esquivar la muerte. Es
probable que esos soldados españoles que ahora se dirigen hacia Iraq ignoren
que las Convenciones de Ginebra avalan a la resistencia iraquí, incluso por las
armas, y que la propia carta de la ONU ampara la lucha de un pueblo contra la
ocupación militar extranjera.
Pero no serán sólo los militares españoles y polacos los que lleguen para
colaborar con la infamante ocupación de un país que se merece un destino
mejor. En la ceremonia de los despropósitos con que Washington está gobernando
la posguerra, no deja de ser revelador que haya forzado a países
centroamericanos como Nicaragua, Honduras, El Salvador y la República
Dominicana, que se encuentran entre los más pobres del mundo, a enviar soldados
para que colaboren en la ocupación militar de Iraq, gastando recursos que deberían
utilizar en el desarrollo de América central. Hasta la jerarquía católica
constataba la imposición: el arzobispo de San Salvador declaraba públicamente
que el envío de soldados salvadoreños a Iraq era debido "a las presiones
de Washington. Estados Unidos prefieren que otros pongan los muertos".
Porque los gobernantes de esos países, como en Polonia y España, están
dispuestos a ahorrarle cadáveres a Bush, ofreciendo a cambio los de sus propios
soldados.
En España, la aterradora hipocresía del poder califica de misión
humanitaria el envío de militares españoles a Iraq, sabiendo como sabe que
no los ampara ninguna resolución de las Naciones Unidas. Desde el presidente
del gobierno, José María Aznar, hasta el mismo monarca, Juan Carlos de Borbón,
toda la España oficial se declara orgullosa de participar en la ocupación de
un país, aunque midan el lenguaje: el mismo monarca ha hablado orgulloso en
distintos actos oficiales de las "misiones humanitarias" del ejército
español. Tan humanitarias que, por ejemplo, el teniente coronel nicaragüense
que dirige los soldados de su país que colaborarán en la brigada Plus Ultra
con España admitía que "no descartaba la posibilidad de entrar en combate
durante la misión humanitaria" ¿Cómo esperan que los acojan los
ciudadanos iraquíes? Aparentando no reparar en la humillación, el limitado
Bush habla ahora de "trabajar con la ONU" y estudia la conveniencia de
pedir a otros países que envíen soldados a Iraq: al fin y al cabo es un
gobernante responsable ante su país y ante sus compatriotas, y prefiere que
mueran otros, sabiendo como sabe que la reconstrucción de Iraq de la que
hablaban ni tan siquiera se ha iniciado, y que se abre un difícil horizonte de
enfrentamientos con la guerrilla iraquí. Acciones armadas, por otra parte, que,
pese a las interesadas informaciones norteamericanas, no surgen principalmente
de los círculos ligados a Saddam Hussein sino de la confluencia de distintas
organizaciones que ya combatieron al viejo colaborador de Washington en la
guerra con Irán y que ahora no se resignan a ver su país ocupado.
Mientras los sacos de plástico con los cadáveres de soldados norteamericanos
van llegando a los aeropuertos militares de América, mientras el gobierno
estadounidense intenta salir del laberinto del fracaso, aquí, entre nosotros,
los valerosos cómplices de la ocupación y la matanza -debe recordarse que
algunas fuentes humanitarias hablan de más de veinticinco mil muertos iraquíes
en la corta guerra de agresión- se disponen a concertar cita. Juan Carlos de
Borbón y José María Aznar, máximos exponentes de esa España que se proclama
satisfecha acompañando a los fieros señores de la guerra de Washington,
preparan su bandera rojigualda y su rostro más compungido, porque han
concertado ya una cita. Una cita para un funeral.
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