Stefan Zweig, en un café
vienés
Higinio Polo
El Viejo Topo 2 de abril de 2008
El Café Central, situado en la
planta baja del palacio Ferstel, en la Herrengasse, es uno de los
establecimientos más célebres de Viena. En el interior del café dominan la
visión columnas pálidas, de retama mustia, que rodean al piano; al fondo,
se aprecian dos retratos de los emperadores que llenaron la vida de la
ciudad antes de la gran guerra. Es un recuerdo indulgente de la gloria y
la miseria de la Viena imperial, donde había reinado durante medio siglo
el emperador Franz Joseph, o Francisco José, un hombre inclinado a las
tareas burocráticas, y de quien se afirmaba que el único libro que había
leido en su vida era el que recogía la Lista de oficiales del ejército.
Pero cada época es recordada de forma diferente por sus protagonistas: en
los días amargos del exilio, cuando Stefan Zweig era un apátrida que había
huido del nazismo, rememoraba la plácida Viena burguesa, llena de vida en
sus calles y en sus teatros, repleta de tertulias en los cafés donde se
discutían con pasión las noticias de los diarios y las nuevas ideas,
aunque la ciudad tenía también otros escenarios, más sórdidos, llenos de
pobreza. A este Café Central venía Zweig.
Todo el café tiene ese tono amarillento, como si el humo del tabaco se
hubiera enganchado para siempre en sus paredes. Lámparas de grandes brazos
y seis copas de luz rompen la oscuridad de las tardes tranquilas de
invierno. Los sofás son circulares, tapizados en rojo. Cuando se entra en
el establecimiento, a la derecha, se encuentra en los asientos del rincón
número cuatro a Robert Musil, o, al menos, su fotografía y su memoria. Al
fondo, se recuerda a Franz Werfel, justo al lado de la mesa donde se
sentaba Hugo von Hofmannsthal, el poeta que fascinó a los jóvenes de la
generación de Zweig. En el centro del café, bajo los retratos de los
emperadores (ese Franz Joseph I, que nació en 1830 y reinó hasta su muerte
en 1916, y la singular Sissi, que entretenía sus ocios escribiendo poemas
espiritistas), reinaba Karl Kraus, dominando todo el espacio y la puerta
de entrada, para ver a quienes llegaban. Los cuadros del Café Central que
recuerdan al emperador y la emperatriz son copias, reducidas, de los
originales del Hofburg que fueron pintados en 1865 por Franz Xaver
Winterhalter, un retratista alemán de moda en el siglo XIX.
Desde la entrada, hacia la izquierda, se ven los lugares donde se sentaban
Adolf Loos, Leo Perutz, y un escritor olvidado, oportunista y miserable,
llamado Franz Carl Heimito Ritter von Doderer, que llegó a ingresar en el
partido nazi para promocionar su obra entre los alemanes. Sin embargo, no
se indica donde se sentaba Stefan Zweig: tal vez los propietarios no
consideren relevante su nombre, ni su obra. Tampoco aparece ninguna
referencia a Trotski, que también frecuentó el establecimiento, y que,
según Claudio Magris, se pasaba todo el día en el café. Los cafés
vieneses, con su servicio gratuito de prensa diaria, austriaca y de otros
países europeos, eran para Zweig una institución única en el mundo:
¡proporcionaban a los clientes hasta revistas literarias y artísticas!
Allí charlaba Zweig con sus amigos, discutía con Rilke, con Hofmannsthal,
con Wassermann. Otros, como Robert Musil, Franz Werfel, Milena Jesenská,
Hermann Broch y Joseph Roth, frecuentaban también el Herrenhof, y aún
Freud, Klimt, Kokoschka, Otto Wagner, pasaban largas horas en el Café
Museum.
Puesto que no encontré a nuestro escritor en el Café Central, fui después
hasta el número 14 de Schotteuring, para ver una placa. En ella, se indica
que en ese edificio vino al mundo Stefan Zweig, el 28 de noviembre de
1881. El edificio es anodino, de color ocre claro, con cuatro plantas. En
sus años de estudiante, Zweig vivió también en el número 4 de
Frankeuberggasse. Era hijo de un rico empresario textil, judío, poseedor
de una rigurosa ética burguesa, hasta el punto de que guardaba las
distancias ante la alta aristocracia imperial, sabiéndose inferior en
rango social, por mucho que coincidiesen en los mismos cafés. Pese a ser
miembro de una familia judía, originaria de Moravia, Zweig no fue educado
en la religión hebrea y, de hecho, no se preocupó de su condición hasta
que la llegada de los nazis al poder marcó a fuego a los judíos.
Entre 1892 y 1900, Zweig estudió durante ocho años en el Wasa-Gymnasium,
un liceo situado en el número 10 de Wasagasse, muy cerca de la Universidad
y del Rathaus-Park, y donde, años después, colocaron una placa para
recordar a su pupilo, pese a que el escritor lo calificó de “odiado
instituto”. Todavía era un niño cuando el movimientro obrero vienés empezó
a dar muestras de fortaleza: los socialistas, que horrorizaban a los
buenos burgueses, eran señalados y denunciados como si fueran una partida
de malhechores y terroristas sedientos de sangre, “como antes los
jacobinos y después los bolcheviques”, según escribió Zweig al final de su
vida. Viena empezaba a ser una de las capitales del movimiento obrero
europeo, frecuentada antes de la gran guerra por revolucionarios y
exiliados de todos los países. Junto a la libertad que se respiraba en los
cafés vieneses convivía el miedo burgués y una moralidad timorata que
llamaba a los burdeles “casas de tolerancia”, y creía pornográficas las
novelas de Zola mientras prohibía tajantemente que las mujeres
pronunciasen la palabra pantalones. Zweig recordaba, como ejemplo de esa
actitud burguesa, el escándalo organizado por una tía suya que, en la
noche de su boda, huyó a casa de sus padres horrorizada porque su marido
había pretendido desnudarla, jurando que no quería volver a ver nunca más
a semejante monstruo.
Zweig se doctoró en filosofía en la universidad de Viena. Después, viajó
por Europa, y más tarde, entre 1909 y 1912, por la India (donde le
causaron una gran impresión la miseria y la división de castas), Ceylán,
las colonias francesas de Indochina, África; visitó Estados Unidos y
Canadá: en Nueva York, para combatir el aburrimiento que le produjo la
ciudad, Zweig jugó consigo mismo como si fuera un inmigrante desesperado
en busca de trabajo. Incluso llegó hasta el canal de Panamá. Ya había
publicado ensayos, poesía, algunas novelas y colaboraba en los periódicos.
Durante los años de la I Guerra Mundial, Zweig se vio obligado a exiliarse
en Suiza, desde donde intervino con sus artículos en la vida cultural y
política austríaca. La gran guerra trastornó su vida y la de todo el
continente con el inflamado nacionalismo que se extendió por Europa, y,
después, con la gran inflación en Alemania y Austria que llevaron años de
miseria y estrecheces, incluso de hambre, para millones de personas. Hasta
el burgués Zweig vio el fantasma del hambre. Los tres primeros años de la
posguerra los pasó “enterrado en Salzburgo”, aunque pudo hacer algún viaje
a Italia. En esa ciudad se casó con Friderike Maria Burger von Winternitz.
En 1938 se divorció de ella y, poco después, se casó con Charlotte
Elisabeth Altmann. Vivió en Salzburgo hasta la llegada de Hitler al poder
en Alemania. Era ya un autor célebre, y de sus libros se vendían
centenares de miles de ejemplares, como ocurrió con Momentos estelares de
la humanidad.
Fui también a ver el número 17 de la Rathausstrasse, la casa donde vivió
Zweig. Es un severo edificio burgués con cuatro columnas en la fachada y
dos figuras sobre la entrada. Ocupa toda la manzana, aunque hay otra
entrada en la misma calle. En las esquinas, dos atlantes soportan el peso
de las galerías acristaladas, las tribunas desde donde hoy observan la
vida inexistente de ese gris barrio de Viena. El interior, de blanco
inmaculado, alberga en nuestros días un hotel, y en el hueco de la
escalera puede verse el ascensor negro, con rejillas. Apenas unos cuadros
abstractos, con frases del escritor, recuerdan a Stefan Zweig. Más tarde,
entré en el café Schwarzenberg, uno de los más clásicos de Viena, para
observar la entrada del hotel Imperial, donde se alojó Hitler, el causante
de la desgracia de Zweig. Hoy, el archivo Zweig se encuentra en el
Bezirksmuseum Josefstadt, en el número 18 de la Schmidgasse, aunque en el
palacio Lobkowitz, muy cerca del Hofburg, se encuentran los manuscritos de
poetas y escritores que Zweig coleccionó durante toda su vida y que donó
cuando abandonó Austria para siempre.
En esa ciudad donde murieron Beethoven y Kafka (en el sanatorio de
Kierling, donde todavía guardan algunos recuerdos del escritor), en que
podía verse a Mahler dando un paseo; donde Wittgenstein empezó a pensar en
los límites del mundo y Lukács se exilió después de haber sido ministro
del gobierno comunista de Béla Kun; donde Hermann Broch fue encarcelado
por su militancia contra el nazismo, Zweig encontró el gusto por la
cultura que un intelectual burgués como él no podía dejar de apreciar. Los
cafés bulliciosos, llenos de escritores y artistas; las lujosas casas del
Ring, donde habían recalado Beethoven, Haydn y Mozart; la alegría de los
teatros, el brillo de las mansiones burguesas y los palacios de la vieja
nobleza, y, más lejos, fuera ya del círculo dorado del Ring y de la Viena
medieval, las barriadas proletarias donde creció el movimiento obrero,
todo iba a cambiar; la vida alegre de una ciudad a la que habían empezado
a amordazar con la dictadura de Dollfuss, quedaría convertida
definitivamente en un recuerdo cuando las tropas nazis entraron en Viena,
pese a que la burguesía creyó que los buenos tiempos iban a seguir
marcando su vida. Pero Viena ya era otra ciudad: buena parte de su
población aclamó a la Wehrmacht, y, cuando se celebró el referéndum para
sancionar la anexión a la Alemania nazi, apenas dos mil vieneses votaron
en contra.
Su pasión por conocer el mundo llevó a Zweig a viajar por cuatro
continentes; incluso visitó en 1928 la Unión Soviética, tan odiada por la
burguesía, invitado a participar en la celebración del nacimiento de
Tolstói. Allí, entre los sóviets, se apoderó de Zweig la admiración por la
fiebre revolucionaria que estaba cambiado el país, el asombro por la
mezcla de la vieja Rusia de los campesinos y la nueva potencia proletaria
que quería llevar la modernidad a las ciudades, al campo, a la condición
humana. Hizo amistad con Gorki, pudo ver los palacios de Leningrado, el
Ermitage atestado de campesinos, obreros y soldados, que admiraban la
riqueza artística que habían atesorado los zares y que ahora sabían suya,
y que pisaban con sus viejas botas los antaño exclusivos salones de la
nobleza zarista. Zweig estaba lejos de simpatizar con los comunistas, pero
no pudo por menos que emocionarse con la fraternidad que mostraba el
pueblo ruso, embarcado en una revolución de la que se mostraba orgulloso.
Pese a una denuncia anónima que alguien le hizo llegar, y que le llevó a
preguntarse sobre el excesivo control bolchevique y a dudar sobre la
realidad que intentaba interpretar, Zweig no dudó en afirmar que fue en la
Unión Soviética “donde sentí y experimenté, como en ningún otro momento de
mi vida, la fuerza de la corriente de nuestra época.”
En los años treinta su vida cambió. No hace mucho se hicieron públicas las
cartas que Zweig envió a Alfredo Cahn, un judío suizo que se había
establecido en Argentina y que se convirtió en su agente literario. Se
relacionaron durante los últimos diecisiete años de la vida del escritor:
su última carta se la escribió a Cahn el día anterior a su suicidio. En
ellas puede verse la evolución de Zweig, su sufrimiento, su desconfianza
ante el futuro que se cernía sobre Europa. Porque Zweig fue consciente
desde el primer momento de lo que el fascismo representaba. A partir de
1933, empezó a manifestar su rechazo al nazismo, aunque prefirió recluirse
en su trabajo; desconfiaba de las intenciones de Hitler y del nazismo,
cuando aún los nazis no habían proclamado todos sus objetivos, aunque su
inquietud fue motivo de sarcásticos comentarios de otros intelectuales
vieneses, como si Zweig fuera un alarmista que se preocupaba por asuntos
que no tenían relevancia. Sin embargo, pese a su preocupación, el escritor
creía que no había que pronunciarse públicamente, ni escribir al respecto:
estimaba que llegaría el momento oportuno para hacerlo. Trabajaba entonces
en su libro sobre Erasmo, a quien consideraba un símbolo humanista de todo
lo que el nazismo quería destruir. Con esa obra, quiso hablar de la
persecución de la justicia, de las costumbres civilizadas, de la razón y
el pensamiento, que, pese a su destrucción, creyó que seguirían siendo una
guía para el espíritu humano.
Ya en marzo de 1933 escribió a su corresponsal Alfredo Cahn que “ahora
incluso debo evitar viajar a Alemania, porque la libertad de uno no está
totalmente asegurada. Qué más necesito decirle cuando hoy a Bruno Walter
ya no se le permite dar un concierto en Alemania, y se ha hecho un
registro en casa de Albert Einstein para averiguar si ocultaba un arsenal.
Ahora es preciso estar presente, y por eso he tenido que anular
telegráficamente las conferencias que debía dar en Suecia y Noruega en
marzo y abril.” En ese mismo 1933, Zweig envió una misiva a Thomas Mann
(quien, en la gran guerra, había defendido la postura alemana), definiendo
la sombra siniestra que se estaba apoderando de Alemania y amenazaba a
Austria: “La mentira extiende descaradamente sus alas y la verdad ha sido
proscripta; las cloacas están abiertas y los hombres respiran su
pestilencia como un perfume”. Pero las malas épocas a veces confunden a
muchos: Zweig se dio cuenta de que la fuerza que adquirían Hitler y los
nazis era una catástrofe, pero no pudo dejar de constatar que “los
socialdemócratas no vieron su llegada al poder con tan malos ojos como
habría sido de esperar, porque confiaban en que eliminaría a sus enemigos
mortales, los comunistas, que tan enojosamente les pisaban los talones.”
En octubre de 1933, Zweig abandonó su casa de Salzburgo, preocupado por la
evolución política. Austria no era Alemania, pero Berlín ya extendía sus
garras hacia el pequeño país. Cuando volvió, al año siguiente, su casa fue
registrada por la policía —que ya temía las consecuencias que tendrían
para ella las exigencias y amenazas de los nazis austriacos y actuaba de
forma parecida; una policía que en esos años ya obedecía, primero a
Dollfuss, que fue asesinado por agentes nazis, y, después, al nuevo
dictador fascista Schuschnigg, aunque la oposición de éste al Anschluss le
costase ser encarcelado por Hitler cuando Austria fue ocupada por el Reich
alemán— y Zweig se alarmó tanto por la deriva política que sufría su país
que, dos días después del registro, abandonó Salzburgo para instalarse de
forma permanente en Londres, aunque volvió a su país en viajes
ocasionales, para visitar a su madre en Viena, por ejemplo.
Toda su vida, al menos como la había entendido hasta entonces, estaba a
punto de terminar. Ya no regresó a su casa de Salzburgo, por donde habían
recalado muchos de los más relevantes intelectuales de la Europa de
entreguerras: desde Thomas Mann hasta Hofmannstahl, pasando por Ravel,
Romain Rolland, H. G. Wells, Richard Strauss (que, para horror de Zweig,
colaboraría después con los nazis hasta el punto de aceptar ser presidente
de la Cámara de Música del Reich), Toscanini, Jakob Wassermann, Bela
Bartók, James Joyce, Alban Berg, Paul Valéry, Franz Werfel, y desde donde
mantuvo amistad con muchos otros, como André Gide y Roger Martin du Gard.
Dejó atrás Salzburgo y Viena, de donde, como dejó anotado en sus memorias,
tuvo “que huir como un criminal”. Sus obras fueron prohibidas en Alemania
y en Austria y se convirtió en un autor proscrito. En febrero de 1934,
Dollfuss reprimió la huelga general y la revuelta obrera que había
estallado en Viena: las calles que rodean las viviendas obreras de Karl-Marx-Hof
se llenaron de sangre. Ese mismo año, Zweig se instaló en Londres, donde
vivió hasta 1940, y, después, en París, Nueva York e incluso en América
del sur, para finalmente establecerse en Petrópolis, cerca de Río de
Janeiro.
Zweig desdeñaba la política, aunque fue ella la que marcó su destino,
circunstancia que compartió con muchos otros intelectuales burgueses, para
quienes no había otro camino que separar la literatura de la vida, de la
política, del acontecer histórico, como si eso fuera posible. La firme
crítica de Zweig contra los nacionalismos está presente en toda su obra,
y, en esos años amargos, constata la persecución política que el nazismo
emprende contra la izquierda, contra los hebreos, aunque ello no le
llevará a identificarse con los círculos sionistas y nacionalistas judíos.
Zweig se hizo célebre con sus biografías, de María Antonieta, María
Estuardo, Fouché, y otras. Conferenciante, ensayista, dramaturgo, trabajó
con Richard Strauss, y pese a su notoriedad, no aceptó nunca galardones ni
distinciones oficiales: estaba escindido entre su condición de escritor
famoso y su gusto por la discreción, casi el anonimato. Pese a ello,
mantuvo una estrecha amistad con otras celebridades de su época, como
Romain Rolland, Sigmund Freud y Émile Verhaeren. Zweig consideró siempre a
Rolland (el escritor que había conmovido las conciencias en 1914 con su
“Au-dessus de la mêlée”, y a quien Lenin había pedido, sin éxito, que le
acompañase en el tren precintado que iba a llevarlo a la Rusia
prerevolucionaria) como un ejemplo de compromiso ético, como la voz que
clamó contra la guerra y contra los nacionalismos que ensangrentaron
Europa.
Zweig era un escritor burgués, aunque en nuestros días no se utilice esa
definición, tan precisa; un hombre que vivió en una ciudad que, por un
momento, pareció un espejismo en medio de los conflictos europeos. Viena
era una capital imperial, católica, majestuosa y lasciva, amante del orden
y de la precisión de los funcionarios imperiales, tan puntillosos que
hasta organizaban la prostitución de niñas para que los hijos de la
burguesía se iniciasen en la sexualidad. Los vieneses, enamorados del
teatro, aclamaban a sus autores, frecuentaban los salones de música y la
ópera, en ese mundo de ayer que terminó con el estallido de la gran guerra
y que, aunque pareció recuperarse tras la desaparición del Imperio
austrohúngaro, enseguida cayó en las garras del austrofascismo de Dollfuss
y de Schuschnigg, para finalmente aclamar a Hitler. La Viena imperial fue
el escenario de la juventud de Zwig: cuando se consumó el atentado de
Sarajevo, Zweig tenía poco más de treinta años, y en el cuarto de siglo
que le restaba por vivir vería la destrucción del imperio, la marcha
Radetzky sonando en la Rembrandtstrasse, la creación de un pequeño país
austríaco alrededor de una Viena que había perdido ya la batalla para
siempre frente a Berlín, y el nacimiento de la pesadilla nazi.
Huyó de Austria, marchándose a Londres; después, a Estados Unidos y,
finalmente, a Brasil. La propaganda que embotaba las conciencias —que
pretendía hacer creer que Hitler apenas quería reunir bajo la bandera del
Reich a los alemanes de algunos países fronterizos y que, cuando sus
deseos fueran satisfechos, en muestra de gratitud, se dedicaría a
exterminar a los comunistas— influyó en muchos gobiernos y en una parte
significativa de la burguesía británica, francesa y de otros países
europeos. Las malas noticias perseguían al escritor. Cuando llegó a
Pernambuco, leyó en los diarios los cables que daban cuenta de los
bombardeos fascistas sobre Barcelona, durante la guerra civil española.
Zweig vio el “peligro que amenazaba desde China hasta más allá del Ebro y
del Manzanares” y estaba alarmado por Austria, porque pensaba que de su
destino dependía el futuro de Europa. De hecho, la última vez que visitó
Viena, la ciudad donde había nacido, se despidió para siempre, en
silencio, de sus calles, de sus cafés, de sus recuerdos perdidos en ella,
seguro de que no volvería nunca más. Sabía que el odio se había apoderado
de la vida de sus compatriotas, forzados a padecer a los nazis, a soportar
la crueldad de los esbirros de las SA, y, no mucho después, le llegó la
capitulación de Francia y Gran Bretaña ante Hitler, en Munich; la
ignominia, como la calificó Zweig, de la entrega de Checoslovaquia a los
nazis. Todavía, mientras estaba en Bath, no lejos de Londres, oyó, en
1939, la noticia de que Hitler había invadido Polonia. Creyó que era el
final. Y, para él, casi lo era.
Quedaban lejos los días en que frecuentaba los cafés vieneses, esos “clubs
democráticos” como él mismo los denominaba en los años en que podía leer
en ellos los periódicos de media Europa por el precio de una taza de café.
En 1940, Zweig había visto triunfar al nazismo y llegar “la peor de todas
las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura
europea”. Su mundo ya no existía; aquel territorio en que Franz Werfel
había cantado por la fraternidad humana y contra los “charlatanes de la
guerra”, y donde Berta von Suttner había extendido el ideal irenista, se
estaba convirtiendo en un desolado páramo donde la paz y la libertad
estaban siendo sacrificadas. En sus últimos años Zweig sufría con su
condición de exiliado, aunque no por ello cayó en la nostalgia del
nacionalismo: “es precisamente el apátrida el que se convierte en un
hombre libre”, escribió poco antes de morir, lejanos ya los días en que
discutía con sus amigos en un café vienés. En 1942, se suicidó junto con
su mujer, inyectándose veronal, cuando parecía que Hitler iba a apoderarse
del mundo: la Wehrmacht había llegado hasta las puertas de Moscú. Nada
había afectado tanto a Zweig como ver a las tropas nazis desfilando por
París, vencedoras del mundo. Había visto “la más terrible derrota de la
razón”, y no tuvo fuerzas para seguir adelante, sin sospechar que, apenas
unos meses después, la victoria de Stalingrado iniciaría el camino para
derrotar al nazismo, para recuperar la razón y la libertad.
Higinio Polo
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