Gustavo
La Zamarra de Gustavo
18 de Marzo de 2008
Historia de la canción de autor: la canción en la sociedad
(I)
|
Dijimos en la entrada anterior que la sociedad
española dio un paso de gigante entre los años 60 y
mediados de los 70: cada vez más, la gente iba
perdiendo el miedo a hablar, diversas causas, propias
o ajenas, habían llevado a una politización de la
calase trabajadora hacia 1975 (aunque fuera un proceso
que venía de antes), al tiempo que diversos mitos
franquistas iban despedazándose. En esto contribuyeron
varias fuerzas y causas sociales: negativamente, es
decir, desde causas negativas a efectos positivos, la
violencia represora de los cuerpos de seguridad del
estado: muchas personas que no querían saber nada de
política descubrieron que no era necesario implicarse
para que te detuvieran o te golpearan en el transcurso
de una manifestación por el simple hecho
de pasar casualmente por
allí; la crisis
|
(Bibiano
Morón en la Festa dos Traballadores -Arquivo Gráfico e
Documental de VOCES CEIBES-) |
económicaque se
comenzó a sentir plenamente en 1975; las huelgas y
manifestaciones que ésta provocó y su violenta represión.
Pero también intervinieron en este proceso positivamente
diversas fuerzas sociales que operaban activamente: por
supuesto, los sindicatos, ilegales entonces, que, por otra
parte, eran el único vínculo semi-permitido entre los
simpatizantes y sus partidos; las parroquias de los
sacerdotes cristianos de base, que estaban haciendo mella
en los barrios humildes de las grandes ciudades; las
asociaciones de vecinos, amaparadas generalmente por estas
parroquias; la progresiva, a veces, libertad de prensa
(aunque no fuera homogénea y esa libertad relativa se
refiera simplemente a la gestión de Pío Cabanillas como
ministro de Información y Turismo); los abogados
laboralistas; y, finalmente, la gente del mundo de la
cultura: escritores, poetas, actores, dramaturgos,
periodistas, cantautores y grupos musicales que eran
conscientes, por decisión propia, de hacer su trabajo
dirigido al público que ellos querían. En su caso, el
público que ellos más deseaban se les resistía por las
razones que vimos en la anterior entrega, y que pueden
resumirse principalmente en dos ideas básicas:
desconocimiento y miedo. Así que el público de los
cantautores era bastante reducido en sus comienzos:
universitarios e intelectuales que, generalmente, ya
sabían de lo que se les estaba hablando. El siguiente paso
fue cantar para los que necesitaban oír realmente lo que
estaba ocurriendo, pero no desde una perspectiva elitista
y snob, propia del despotismo ilustrado, sino desde unas
ansias solidarias de situarse al lado de las clases
humildes y un afán de explicar las cosas. Sería, por
primera vez, cuando algunos cantautores, especialmente los
que provenían de familias más o menos de clase media,
verían que sus mensajes se ajustaban completamente a la
realidad y al sentir de la sociedad de entonces: una
sociedad a la que le había costado, a veces sangre,
comenzar a despertar y plantar cara.
Remontándonos a los principios: muchos de los cantautores
de la Nova Cançó pertenecían a familias de clase media con
tendencias liberales: sus padres eran médicos, abogados,
profesores; los fundadores de Setze Jutges, por ejemplo,
eran profesores. Aunque en otras circunstancias este hecho
hubiera sido meramente accidental y nada importante, a
mediados de los 60, con unas diferencias sociales enormes,
este hecho, aunque no muy determinante, era bastante
importante para tener en cuenta, especialmente para sus
detractores. Bien es cierto que en ninguno o en muy pocos
casos se llega al paternalismo, pero para muchos era un
dato importante para rechazar el mensaje: para sus
detractores era un argumento de peso para poder sentenciar
que esta gente no tenia motivos reales para quejarse,
mientras que las clases humildes no veían claro que unas
personas con niveles de vida bastante más altos que los
suyos fueran capaces de expresar lo que a ellos realmente
les pasaba. Este dato lo aporta Manuel Vázquez Montalbán,
escritor que defendió la Nova Cançó, pero que también
ofreció críticas a ella. Ciertamente, dentro de las
universidades el mensaje era acogido con entusiasmo y
fervor, pero, como expliqué en la entrada anterior, acerca
de la experiencia desastrosa de un recital de Canción del
Pueblo en una aldea castellana contada por Antonio Gómez,
el ambiente que había fuera de la universidad era bien
distinto: cuando salían a dar recitales en lugares así,
los cantautores se encontraban de frente con otra realidad
que estaba conformada por varios fenómenos: la incultura,
el desconocimiento, la prudencia (o miedo)... Posiblemente
en esos choques con la realidad, bien distinta de lo que
era el pueblo que explicaba Karl Marx, bien ajena a los
conceptos de materialismo dialéctico y lucha de clases,
los cantautores vieron la urgente necesidad de hacer una
canción comprometida diferente, más de "situarse con" que
"cantar para"; y tal vez, como idea muy peregrina, esto
influyera en el acercamiento de algunos cantautores a
formas musicales más folklóricas. Comenzaron a recbir
cursos acelerados de "populogía" y "proletariología", a
escuchar a la gente de la calle y a comprender que había
mucho más de lo que pudiera parecer en León Felipe, en
Machado, en Espriu, etc. de lo que en principio parecía, y
que el pueblo merecía comprender mediante la poesía lo que
le pasaba y lo que quería.
No obstante, la diferencia de clases, a veces falsa y
propugnada por medios interesados, no resulta tan
determinante como los fenómenos de miedo y
desconocimiento: a fin de cuentas, antes, durante y
después, surgieron siempre cantautores que venían del
pueblo; por citar a algunos: Manuel Gerena (electricista
de profesión), José Menese (ambos de Puebla de Cazalla,
Sevilla), Elisa Serna, Luis Pastor, Joan Manuel Serrat, y,
hecho que se empeñaron en ocultar continuamente con miles
de cuentos sobre sus posesiones y su vida privada, Raimon,
aunque de ellos distinguiríamos de entre los que pasaron
por la universidad como estudiantes (Raimon) y los que no
(Luis Pastor), en donde encontramos una curiosa
transfusión en la que unos adquieren la cultura que no han
podido adquirir hasta entonces, y otros la fuerza popular,
la rabia de las clases trabajadoras. Pero esta situación
iba a cambiar muy pronto.
Ya en 1970 se producían los primeros acercamientos. En
este vídeo sobre el espectáculo "Castañuela 70", algunos
miembros de Tábano explican como los obreros que
trabajaban en las salas les confesaban que, tras la
función, entre ellos hablaban sobre lo que habían visto:
|
Los historiadores suelen señalar
que, durante la transición y el tardo-franquismo, hubo
varios motores sociales que contribuyeron al cambio.
Haciendo una lectura algo libre de esto, podemos hacer
una escala de lo más lejano, por imposibilidades
legales, a lo más cercano al pueblo: en primer lugar
los partidos políticos y asociaciones de toda
tendencia que no estuvieran enmarcados en los
principios del Movimiento; en segundo lugar,
|
|
los sindicatos, dependientes (excepto la anarquista
CNT y la obrero-católica USO) de los partidos, también
ilegales, pero relativamente tolerados (y con mucho ojo en
lo de relativo: no conviene olvidar que los 70 se abren
con el llamado proceso 1001, que encarcela a varios
miembros de CC.OO que no vuelven a la calle hasta que
muere Franco, con la primera amnistía concedida por el
rey); y, finalmente, las asociaciones de vecinos y las
parroquias de los curas progresistas, que suelen
gestionar, junto a los abogados laboralistas, dichas
asociaciones. En las parroquias progresistas y en los
clandestinos centros sindicales está la clave para
entender como la cultura, y más propiamente hablando, la
cultura de izquierda, se introduce en los barrios y en
algunas aldeas.
En aquellos recitales que los sacerdotes o los distintos
sindicatos realizaban, los obreros, las amas de casa, los
viejos campesinos, oían un lenguaje nuevo para ellos, que
a veces en realidad databa del siglo XVII: estaban oyendo
en esos recitales de poesía y música todas sus
inquietudes, todos sus miedos, toda su rabia: ni siquiera
necesitaban tener simpatías políticas, ni saber quién era
exactamente Antonio Machado o Pablo Neruda, ni tampoco les
estaban diciendo lo que querían oír; en palabras de Tuñón
de Lara sobre José Antonio Labordeta, no era cantar al
pueblo, sino cantar con el pueblo. El público que tenían
era mayoritariamente joven desde siempre, pero
progresivamente, durante los mediados de los años 70, los
auditorios, siempre que el precio fuera asequible -tan
asequible o gratuito como lo podía ser en la parroquia-
comenzaron a llenarse de gente de edades muy diversas:
como hemos dicho, desde jóvenes estudiantes, pasando por
obreros de mediana edad y amas de casa, hasta ancianos
campesinos, sin olvidar tampoco a los niños.
|
EL recital de Raimon en Madrid en 1976 reunió a centenares de personas,
compuestos mayoritariamente por jóvenes y estudiantes,
pero también por obreros de mediana edad, por amas de
casa, padres con niños, ancianos... Esta actuación de
Raimon de finales de los 70 nos sirve para ejemplificarlo: |
|
Sobre las edades del público, sería conveniente hacer una
reflexión sobre la música. La música de los cantautores,
en general, nunca fue excesivamente compleja, excepto en
algunos casos de cantautores que preferían las enormes posiblidades que la música contemporánea les ofrecía
(Hilario, Pau...): por un lado, aquéllos que optaban por
el folklore, y por otro, aquéllos que preferían líneas
musicales más sencillas, bien fuera para mantener la
primacía del texto, bien, quizás, pensando en llegar a
gente de todas condiciones, aunque no se renuncie a la
creatividad musical.
Hacia 1975 la sociedad española está altamente politizada:
en esto contribuyó todo esto, junto con la creciente
crisis económicas y las huelgas. La clase obrera toma
plena conciencia de su situación. La libertad sindical
promulgada en 1976 ayudó a que ya nadie tuviera que
depender del verticalismo para defender sus intereses: es
decir, la voz de los trabajadores era ahora de los
trabajadores. Pero hasta entonces, el creciente éxito de
los cantautores entre las clases populares se debió
principalmente al estado ilegal en el que estaban los
sindicatos y los partidos: los cantautores se convirtieron
en el nexo de unión para todos ellos, un centro en el que
reunirse y expresarse, aunque se expresaran por boca de
otro. Pero el recital constituía un evento liberador
dentro de la falta de libertad de expresión del régimen,
aunque fuera por el mero hecho de aplaudir palabras que
hasta entonces nadie se atrevía a decir en público. Y ya,
a finales de los 70, el recital se convirtió en un evento
perfectamente propicio para gritar lo que fuera.
La fama contestataria de diversos cantautores, incluso de
aquellos que estaban muy vinculados a su región, atravesó
fronteras. No sólo en España se cantó en centros
sindicales, sino en el extranjero: en Francia, en Suiza,
en Alemania, en Italia... Se actuaba para sindicatos y
casas de amigos de España, por
llamar así a aquellas asociaciones que contribuían a dar
mala imagen exterior del régimen y apoyar a la oposición.
Obviamente, aquellos cantautores como Paco Ibáñez o
Imanol, que vivían exiliados, pero muchos más como
Benedicto, Nuberu, Labordeta, etc., asistían como
participantes en aquellos mítines de partidos y sindicatos
españoles residentes en el extranjero o foráneos, en donde
compartían escenario con cantautores de todas partes del
mundo. En el extranjero también se actuó en casas
regionales de exiliados o emigrados; durante los años 60,
el régimen, mediante las embajadas y las instituciones
nacionales en el extranjero, llevaban a las fábricas que
tenían contratados a emigrantes españoles mediante
convenios con el gobierno a figuras importantes como eran
Manolo Escobar o Carmen Sevilla; los centros disconformes
les traían a los cantautores. Un ejemplo fue el de Amancio
Prada, que cantó ante emocionados trabajadores gallegos
que coreaban el verso rosaliano "Adiós ríos, adiós fontes".
No era casual. Piénsese en cuántos campesinos se vieron
reflejados en "El niño yuntero" de Miguel Hernández, en
boca de Serrat, de Luis Pastor, de Enrique Morente o de
Francisco Curto; cuántos emigrantes se emocionaron al oír
"Adiós ríos, adiós fontes" o "Mi Puebla se quea sola";
cuántos obreros contenían la emoción en un gesto
afirmativo mordiéndose los labios al escuchar "Jo vinc
d'un silenci"; cuántas mujeres se vieron reflejadas en
"Reina Perola". Contrario a lo que hemos dicho arriba
sobre la generalidad de los primeros cantautores, en
realidad muchos venían del campo, de los pueblos, de las
fábricas: sus padres, sus abuelos, sus vecinos y sus
paisanos estaban allí presentes, en sus canciones. Allí
estaba lo cotidiano de su vida, su rabia, sus ilusiones,
su desesperación. No sabría decir si la canción de autor
entró en la clase obrera o fue la clase obrera la que se
metió en la canción de autor.