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Fascismo.
El rostro oculto de monarquías y seudo repúblicas
Juan Francisco Coloane
Argenpres
21 de Noviembre de 2007
Algo pasa con el tema de la monarquía. A pesar de su definida
extemporaneidad, en mucha gente repartida en tierras dispares se constata
ese sabor o esa aspiración de tener que ver algo con las monarquías. Desde
el comentarista rastacuero con un desmemoriado fundamentalismo civil por una
falsa república, hasta otro tipo de actor o actriz que alguna vez fue
partidario (a), o miembro de estructuras de poder excesivamente
autoritarias, se cuadraron a defender su tajada en el séquito monárquico,
solidarizando con un rey, en algunos casos en forma grotesca usando
hipérboles de la tauromaquia. Esa tajada por defender no es más que el poder
civil cruzado por agendas múltiples provenientes de los intereses más
diversos. “Estamos aquí para posicionarnos en el poder y obtener
recompensas. No asumimos el poder para volver a perderlo como en 1973 (en
Chile). El comentario es para quiénes no tienen ese ánimo para gobernar” Me
lo dice un amigo que perdió el poder en 1973 y hoy está en el poder.
En este sentido, la bronca entre Juan Carlos
Alfonso Víctor María de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, que abreviadamente es
rey Juan Carlos, y Hugo Chávez, fue un catalizador que permitió identificar
por donde viene agua gruesa y por donde se escapa la delgada, la que no se
ve.
La gruesa venía con el término de fascista
usado por Chávez en un contexto de jefes de Estado en el que, obviamente,
ninguno se siente cercano a la doctrina fascista. No obstante, si se aplica
el análisis de Nicos Poulantzas al estado liberal (Fascismo y Dictadura,
1970), los estados que estos líderes dirigen ruborizados por la palabra
fascista aplicada por Chávez a un ex presidente español, todos de alguna
forma dan vida a estructuras de “tipo fascista”; no obstante no se puede
hablar de estados fascistas propiamente tales en todos los casos. Ese libro
fue de cabecera y sirvió en la carrera de muchos dirigentes políticos de la
izquierda europea y latinoamericana acoplada ahora al seudo liberalismo
establecido en las sociedades en que operan. Para Poulantzas estas
sociedades son fascistas, y el debate está abierto.
Si hay un anatema en la
globalización, es la existencia de reyes y de monarquías. Los herederos de
las peores atrocidades de exterminios de vidas humanas y riquezas físicas
deberían ser más reflexivos, o sino renunciar a su condición de jefes de
Estado. Al menos, como remanentes de un sistema que golpeó despiadadamente
por un largo período al mundo. Los países nórdicos subrepticiamente intentan
escapar a este rasgo, pero en sus posiciones durante la creación del Tercer
Reich y durante la Segunda Guerra Mundial, no han establecido una distancia
del colonialismo convencional.
Como cualquier niño que no comprende el
significado de más de una palabra, Juan Carlos rey de España, o tal vez como
un adolescente impenitente que se resiste a entrar en otra etapa, no
comprende la palabra fascismo y piensa que es un insulto.
Franco Barbieri, un comunista italiano de la época de
Enrico Berlinguer, además brillante estadístico de una agencia
internacional, decía que para entender Italia hay que meterse bien en lo que
es el fascismo. No es lo que muchos tienden a reducirlo, inclusive muchos
italianos. El fascismo hizo una contribución importante en el desarrollo del
país a partir de su organización en la base y de su empeño por actividades
sociales. Siempre ha tenido dos caras, como toda doctrina que bambolea entre
la suspicacia sobre sí misma, y su derrotero de certeza. Una se degradó, que
es la que se popularizó durante la década del 30 y que culmina con la
Segunda Guerra Mundial.
El origen de la palabra fascismo deviene de
fasces, que significa atado en latín. Remite al antiguo símbolo de autoridad
del imperio romano, el fascio littorio (haz de varas), utilizado por los
magistrados, que envolvía una cabeza de hacha. Las varas representaban el
castigo, y el hacha, la vida y la muerte. El fenómeno fundacional del
fascismo es estrictamente italiano donde el fascio es expresión de la unidad
cívica (organizada), y de la autoridad para castigar. En la provincia del
Lazio, una zona del centro de Italia con profunda raigambre fascista, el
fascio se asoció a la etapa de formación del individuo en el sentido del
cordón umbilical (atado), donde existe unidad y continuidad. Como símbolo es
la continuidad de la Roma clásica del imperio romano hasta la Italia
concebida por Mussolini. El término se expande y su aplicación ha generado
una distorsión en el análisis de las sociedades.
Curiosamente el rey Juan Carlos está asociado en su formación
a una organización como el Opus Dei. Cuenta el historiador Paul Preston:
“Durante una estancia en Roma en marzo de 1950, don Juan de Borbón recibió
la visita del padre Josemaría Escrivá de Balaguer. Por entonces, el fundador
del Opus Dei residía en Italia mientras se esforzaba por lograr pleno
reconocimiento del Vaticano para su organización. Escrivá reprochó duramente
a don Juan que mantuviera a su hijo en Portugal, diciéndole que estaba mal
aconsejado, recomendándole que enviara otra vez a España al Príncipe, donde
recibiría la debida educación patriótica. Es probable que en este encuentro
se plantara la semilla de la posterior participación del Opus Dei en la
formación de Juan Carlos”. Citado por Alberto Moncada (Argenpress).
En el intento de golpe de
estado de 23 de febrero de 1981, conocido como '23-F', la intervención
televisiva del rey Juan Carlos desautorizando el golpe, acabó con la
insurrección, y contribuyó a formar el mito de un rey diferente y
democrático, patrocinado por la sobredimensionada democracia española.
Santiago Carrillo, entonces secretario general del Partido Comunista de
España, declaraba al día siguiente: 'Hoy todos somos monárquicos'. Es útil
recordar el poema de Gabriela Mistral “Todas íbamos a ser reinas”,
trasfigurado a veces en el “todas querían ser reinas”. En el ámbito del
unisex, se trasladó a que, “todos querían ser reyes”.
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