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Radio Continente. Chile
27 de Noviembre de 2007
Siempre he pensado que los reyes, príncipes y
condes son zánganos, adheridos a la piel de aquellas naciones donde la
monarquía aún prevalece. Sus vidas están marcadas por el ocio, la
opulencia y los escándalos de todo tipo, que llenan los espacios de la
prensa rosa y de farándula.
Sin embargo, Juan Carlos de Borbón, Rey de España, constituye una
excepción a la regla, porque además de la vida regalada a la que ha
accedido como cualquier otro soberano, juega un rol activo en el
diseño e implementación de la política exterior española,
independientemente del gobierno de turno.
Desde esa perspectiva, no sólo tuvo conocimiento del apoyo que brindó
el ex presidente José María Aznar a George W. Bush en la invasión a
Irak, sino que lo compartió. Digámoslo claramente: el Rey Juan Carlos
es cómplice de la ofensiva genocida del imperio y su secuela de muerte
de cientos de miles de iraquíes y también de miles de soldados
norteamericanos, carne de cañón al servicio de los intereses
petroleros de Bush y sus halcones. A fines de 2004, el presidente
estadounidense agradeció su colaboración invitándolo junto a su esposa
al rancho de Texas, lugar reservado sólo a sus aliados
incondicionales.
El rey tampoco pudo estar al margen del papel que jugó Aznar en el
golpe de estado de 2002 en Venezuela. Por el contrario, el gobernante
debió actuar con la total anuencia de su soberano, cuyos intereses
suelen estar muy ligados a la administración norteamericana. Lo
anterior, explica su airada reacción contra el Presidente Hugo Chávez
en la reciente Cumbre Iberoamericana en Chile, cuando éste acusó a
Aznar, de lo que todo el mundo sabe: que es un fascista y que apoyó la
asonada golpista. Nunca un gobernante - en este caso el rey - había
hecho callar a otro jefe de estado en una cumbre presidencial. Su
alteza - como le dicen los genuflexos del gobierno chileno - acusó el
golpe y retrocedió 500 años en un segundo, lo que desató su
prepotencia atávica, frente a quienes considera sus súbditos.
Pero eso no fue todo, porque el monarca aún tenía otra sorpresa
reservada, que borraría para siempre esa imagen edulcorada, mesurada y
democrática que cultivó y prevaleció en el imaginario colectivo,
sobretodo de una sociedad como la chilena, donde predomina el
arribismo, la siutiquería y la ignorancia. Tampoco soportó la
justificada crítica que hizo el Presidente de Nicaragua, Daniel Ortega
contra la rapacidad de las transnacionales españolas que han asolado
América Latina. Se levantó furioso de su asiento y abandonó la sala,
como un adolescente taimado. Sin embargo, lo más vergonzoso vino
después, cuando Alejandro Foxley, ministro de Relaciones Exteriores de
Chile - que no siente la menor vergüenza de ensuciarse las rodillas -
salió raudo de la sala para intentar calmar el nuevo berrinche de su
"majestad".
Como era de esperar, el canciller demócratacristiano se apresuró en
solidarizar con España, a nombre del gobierno chileno (el vergonzante
silencio de Michelle Bachelet otorga). Pero al día siguiente del
exabrupto real, como un muñeco al cual fuerzas oscuras dieron cuerda,
Foxley retomó con mayor brío la polémica y desafió a Hugo Chávez a
comparar los procesos sociales de Chile y Venezuela. Según aseguró,
Chile ha logrado enormes éxitos en materia social, sin recurrir a
"experiencias seudo revolucionarias o atajos", en una clara referencia
descalificatoria al proceso venezolano. A estas alturas, estaba claro
que la campaña contra el Presidente Chávez estaba en su clímax.
El Comandante Fidel Castro tiene razón cuando plantea que está en
marcha una operación impulsada por Washington, destinada a lograr el
asesinato de imagen de Hugo Chávez, cuyo fin estratégico podría ser
eventualmente su eliminación física. En Chile, es liderada por el
Diario La Tercera, medio de prensa vinculado a los organismos
represivos durante la dictadura militar, que desarrolla hace años una
campaña de desinformación permanente contra el proceso venezolano -
que incluye también a Cuba - digitada por el demócratacristiano
Gutenberg Martínez, quien participa a menudo en las reuniones del
consejo editorial del periódico. Martínez, ex presidente de la
Organización Demócrata Cristiana de América (ODCA), es además el
marido de Soledad Alvear, ministra de Relaciones Exteriores de la
administración de Ricardo Lagos, que reconoció en 2001, al gobierno
golpista que intentó sin éxito derrocar a Chávez.
Pero La Tercera no estuvo sola. Ésta vez se le unió The Clinic,
pasquín editado por un equipo de periodistas jóvenes, rebeldes sin
causa en versión neoliberal, defensores irrestrictos de la libertad
(individual). Dicen estar "firmes junto al pueblo", pero son tan
reaccionarios como el que más, frente a procesos como el venezolano o
cubano, que implican cambios estructurales reales, en beneficio de la
mayoría, que ciertamente ponen en riesgo los privilegios y granjerías
que les otorga una sociedad de clase.
La prensa chilena - como el más avezado prestidigitador - ha sido muy
efectiva desinformando y generando una opinión pública totalmente
disociada de la realidad concreta. Esa estrategia, en un país como
Chile, donde la mayoría se nutre de diarios como Las Últimas Noticias,
La Cuarta y La Tercera, que fomentan de manera deliberada la
desinformación, la farándula y la ignorancia, ha sido clave para
moldear una animadversión bastante generalizada de los chilenos ante
el proceso venezolano y fundamentalmente hacia la figura de Hugo
Chávez.
Como plantea el teórico holandés, Teun A. Van Disk, la noticia
constituye un tipo de discurso de carácter hegemónico, a través del
cual quienes ostentan el poder producen y reproducen el sistema
imperante. Marx lo dijo de otra forma: las ideas de quienes no
disponen de medios de producción intelectual son sometidas a las ideas
de la clase dominante.
El chileno común, sumido en la más profunda ignorancia, asume como
realidad el discurso de los medios de comunicación y ve a Chávez como
un dictador, cuyo único norte es lograr el poder ilimitado. El chileno
común ignora que fue elegido democráticamente por los venezolanos; que
su coalisión ha ganado más de 13 elecciones durante su mandato; que el
crecimiento económico de Venezuela en 2006 fue de un 10,3 %; que
redujo en un 50 por ciento la pobreza extrema y que terminó con el
analfabetismo; que ha asegurado salud y educación gratuita para todos
los venezolanos; que barrió la corrupción de los gobiernos
demócratacristianos, que por decenios esquilmaron los recursos de esa
nación; que Venezuela pagó totalmente su deuda externa al Fondo
Monetario Internacional y al Banco Mundial, logrando su soberanía
económica, entre otros muchos logros, que a los defensores del
neoliberalismo poco o nada les interesa o que simplemente ocultan.
En las antípodas, el gobierno de Michelle Bachelet, ha sido una gran
decepción para aquellos que alguna vez albergaron alguna esperanza de
cambio, entre quienes por cierto, no me cuento. El derrotero
neoliberal trazado ha seguido su curso incólume, mientras la
presidenta sucumbe a los designios del imperio y a las presiones y
zancadillas de sus propios compañeros de coalisión. El país continúa
siendo el alumno predilecto del Fondo Monetario Internacional, el
vecino desclasado y arribista que reniega de su origen, que busca
codearse con el primer mundo a costa de cualquier precio.
En este escenario, fue fácil responsabilizar mediáticamente a Hugo
Chávez y exculpar al Rey Juan Carlos del desaguisado de la cumbre. No
obstante, quedará grabada para la historia la actitud rastrera de
Alejandro Foxley y el silencio inexplicable de Michelle Bachelet, fiel
representante del capitalismo neoliberal, con rostro de mujer.
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