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Matar a Franco (de una puta vez)

 

 

Blog de Abel Ortiz Junio de 2007

 

Va siendo necesario, de una vez por todas, como medida de salud mental, quitarse del medio a “Cerillita”, aquel dictador “barriguitas” protagonista de las pesadillas españolas más recurrentes durante los años del hambre, el frío, los brazos en alto a la romana y la impunidad de los asesinos, tan asesinos como de Juana, por la gracia de dios.

 

Enrique González Duro, psiquiatra y sin embargo profesional creíble, nada que ver con Ibores y Nágeras, lleva tiempo estudiando la larga sombra del comandantín.
Las conclusiones son aterradoras. El espectro de Franquito pasea amenazante entre nosotros a poco que se sepa mirar y ver.

Contaba hace unos días González Duro un caso para temblar. Todo un aldabonazo, una alerta roja, una alarma (al arma) general. Un anciano, combatiente republicano durante la guerra civil, resistente contra Hitler en Francia, prisionero de Mathausen, sufrió, en fechas recientes, ataques de angustia y pánico. El doctor Duro diagnosticó un brote paranoico. La causa del suceso fueron las imágenes televisadas de los vociferantes asistentes a las manifestaciones patrióticas convocadas durante los últimos tiempos por el Partido Popular, la AVT y demás bandas unificables.

Alguien que ha sido testigo directo de los peores momentos del siglo veinte, que ha sobrevivido a los campos de exterminio, que podría olfatear un fascista disfrazado de demócrata a kilómetros, identifica, sin asomo de duda, a la patulea popular como “los mismos”. Son los mismos. Montalbán, que no era psiquiatra pero tenía ojo clínico, apuntaba: Lo peor que le puede pasar a un paranoico es que le persigan de verdad.

Efectivamente dicen lo mismo, actúan igual y tienen los mismos apellidos. La ficción, la impostura democrática, se mantiene por el milagroso encantamiento de algún mago cervantino. El video de Josep Anglada, explicando de manera chulesca la necesidad estratégica de mentir en público sobre sus verdaderas intenciones, matar moros, es solo la confirmación de que, se ponga el emperador como se ponga y por muchas voces que se sumen a la mentira convenida por pactos con pistola, el emperador está desnudo.

González Duro es demoledor con el rey, el ca
zador de osos borrachos, el taumaturgo de la transición. Cito textualmente al insigne científico: “que el rey Juan Carlos no haya depurado públicamente su pasado constituye un error histórico grave del que se hablará cuando pase el tiempo”. Se refiere, claro, a su inocultable pasado franquista y francófilo. El rey de los españoles jamás ha hecho en público crítica alguna de la dictadura ni del dictador. Lógico, por otra parte, aunque frustrante, tramposo y desolador. Una última cita del doctor: “El franquismo inoculado durante 40 años sólo se curará cuando podamos conocer el verdadero pasado histórico”. O sea que falta mucho para que nos curemos. O nos curen las brigadas del amanecer, de este o del otro lado de la raya.

La república intentó cerrar con doce llaves el sepulcro del Cid. No se pudo. Tal vez, al fin y al cabo, no sería mala idea dinamitar el valle de los caídos, la insignia del PP, ese insulto berroqueño a todo un país. Por si acaso. Metafóricamente hablando. O no.
 

 

 

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