El sopor real
Apuntes al Natural 16 de Enero de 2008
Tuve hace años una comida muy exótica con un empresario japonés. Trabajaba yo por aquel tiempo en una revista marítimo-pesquera (nunca he ocultado que he hecho cosas muy curiosas en la vida). El empresario japonés nos invitó a un colega y a mí a comer y, con ayuda de un intérprete, nos sometió a un interrogatorio verdaderamente absurdo sobre tópicos de los que hubiera podido informarse en cualquier folleto ministerial, sin recurrir a nosotros: capturas de tal especie y de tal otra, número de puertos pesqueros…
Pero lo mejor fue la traca final. Cuando se hartó de hacernos preguntas, a la hora de la sobremesa, se despidió muy amablemente, nos agradeció nuestra colaboración… ¡y se quedó dormido! ¡Allí mismo! ¡Sentado, en actitud muy educada, y sonriente!
El intérprete nos explicó que eso en Japón es muy normal, y que los más habilidosos del país del sol naciente son capaces de dormirse en la mesa incluso sin cerrar los ojos.
Lo que pasa es que los de por aquí tenemos dificultades para saber qué hacer en una situación así. ¿Te quedas? ¿Te vas?
Lo que probablemente ignora España es que tiene un Rey japonés. Ayer me enteré de que hace unas semanas Don Juan Carlos recibió a un dignatario extranjero con el que departió amablemente durante unos cuantos minutos, de manera protocolaria, hasta que, de improviso, le dejó con la palabra en la boca para iniciar un sueño reparador. Se le quedó traspuesto, sin más. El testigo que me relató la escena, con el regocijo presumible, me dijo que la cara de estupor del político foráneo fue de película. Le pasó como a mí con el empresario japonés: no sabía si darle unos golpecitos en el brazo, si carraspear fuerte para despertar a la marmota o si levantarse e irse.
Yo le dije a mi confidente: “Oye, que sueño tenemos todos. No es una prerrogativa de la plebe. Yo me he dormido en actos de lo más solemnes”.
Y el muy vitriólico me respondió: «Ya, pero tú no tienes sueldo de Rey. Y nunca has dicho que entregarás hasta tu último suspiro al servicio de todos los españoles. Si al menos hubiera dicho "hasta el último ronquido…"»
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