El rey y la conspiración de silencio
No seré yo el que considere que un divorcio es una tara vergonzante y creo más en los reyes magos que en la sangre azul. Pero el estado civil de la princesa no era sólo un asunto del corazón. No lo es nunca al menos para una monarquía, pues nada es más importante que el matrimonio y el apellido cuando un trono es hereditario. Don Alfonso de Borbón, tío del actual rey y primogénito de Alfonso XIII, se vio obligado a renunciar a sus derechos sobre la corona tras su boda con una plebeya. Para la Iglesia católica, la que casa a los jefes de estado en este estado aconfesional, su divorcio tampoco era un tema menor. No creo que el cardenal Rouco Varela –el mismo que se manifestó hace una semana contra el divorcio– haya consagrado ningún otro matrimonio en el que uno de los novios llegase divorciado al altar. Sin embargo, aquel 1 de noviembre de 2003, mientras la prensa de todo el mundo ponía el acento en que el heredero español iba a casarse con una divorciada, en España los diarios bailaban el vals monárquico y ocultaban, cuando no ignoraban por completo, uno de los matices clave de la noticia. Sólo hay algo peor que la censura: la autocensura.
“En España existe una conspiración de silencio en la que participan todos los medios de comunicación en torno a la familia real”, reconocía John Carlin en un artículo publicado en el año 2000 en el diario El País a cuenta de los 25 años de reinado de Juan Carlos I. “Y tiene su razón de ser”, sostenía el periodista británico. Los partidarios de la autocensura real, de la conspiración de silencio, argumentan que, a diferencia de lo que sucede en Inglaterra, nuestra monarquía es aún frágil, por lo que hay que cuidarla pues su fin podría ser también el fin de nuestra democracia. “La autocensura de los medios españoles ha sido, en este caso, una demostración de responsabilidad cívica”, aplaudía Carlin.
Tabú primero de España
En estos últimos cuatro años, desde que se anunció el compromiso principesco, las cosas han cambiado en los medios españoles, aunque no tanto como parece. Del tabú inicial hemos pasado a debates en televisión sobre el peso de la princesa. Se abrió la veda para hablar de la familia real en los mismos programas donde se debate sobre el edredoning de Gran Hermano. Los eufemismos siguen ahí; una separación se traduce, en borbonés, como un “cese temporal de la convivencia”. Pero algunos diarios ya se atreven a llamar a las cosas por su nombre y, cuando Elena de Borbón y Jaime de Marichalar se dieron tregua, pocos titularon con el cese del temporal, como si se tratase de una borrasca pasajera.
Sin embargo, ese tabú primero de España que nació el 23 de febrero de 1981 continúa firme. Aquella noche, tras el golpe de Tejero y Armada, el rey consiguió el apoyo unánime de todos los medios de comunicación, que dejaron su figura al margen de la actualidad. A partir de entonces, del rey no se habla y hoy se sigue sin hablar.
Hace 32 años, cuando heredó de Franco la jefatura del estado, al rey le pusieron el mote de Juan Carlos ‘el Breve’. Nadie confiaba en que hoy seguiría aquí. Hace dos años, cuando se cumplieron tres décadas de su reinado, sus 30 años de paz, algunos medios le colgaron el apelativo de ‘el Grande’. Estos días, a cuenta de su 70 cumpleaños, la conspiración de silencio se ha quedado sin adjetivos con los que edulcorar aún más las hagiografías reales. Y es cierto que en estos últimos 32 años España ha vivido el mejor periodo de su historia. Pero dentro del binomio monarquía democrática, tiene más mérito en nuestro éxito la democracia que la monarquía, que es irresponsable según la Constitución tanto para lo bueno como para lo malo. Al rey hay que estarle agradecido por traer sin sangre la democracia a España. Pero para muchos, la Transición es algo tan lejano como la isla de Perdidos, algo que sólo existe en la tele, en Cuéntame como pasó. Y los agradecimientos se ganan, no se heredan.
El tabú real sólo se ha roto en la parte inane del cotilleo, la de la prensa del corazón, y sin tocar nunca al rey. No hay más libertad de expresión por publicar unas fotos de la princesa en bikini. No hay más transparencia en las cuentas del rey por nombrar a un interventor civil, y no militar, si de todas formas no se cuenta qué se hace con el dinero. Con nuestro dinero. Puede que en España, en el año 2000, existiese una conspiración de silencio en la que participaban todos los medios de comunicación. En el año 2008, que ahora empieza, ya no es así. Al menos en Público, por responsabilidad cívica, no es así.