La máquina perfecta
Jaume d'Urgell
UCR
22 de Abril de 2008
Imaginemos una rueda de prensa oficial, ofrecida por un reconocido político
vasco, persa, norcoreano, palestino, bolivariano, saharaui, iraquí o cubano… o
incluso quizá, por un clérigo musulmán, por citar algún ejemplo hipotético.
Supongamos además, que dicho evento tiene lugar justo después de que el
compareciente culmine con éxito un ejercicio militar en el que ponga a prueba
una formidable arma de destrucción masiva e indiscriminada… por ejemplo: un
cazabombardero de última generación.
Imaginemos, que nuestro personaje imaginario —todavía preso de la emoción tras
comprobar personalmente la capacidad destructiva de su nuevo y carísimo
jueguete—, declara ante los medios de comunicación haber encontrado «la
máquina perfecta».
Supongamos que dicho individuo pertenece a una dinastía de militares
acostumbrados a encabezar el poder sin pasar jamás por un proceso electoral… que
hablamos del primogénito de un personaje que bien podría pasar a la Historia por
su complicidad con uno mayores genocidas del S. XX… un general traidor, golpista
y criminal de guerra que, en pago por los servicios prestados a la causa del
totalitarismo, habría legado el poder a su fiel becario: «el trepa» por
antonomasia. ¿Podéis creer? estaríamos hablando de alguien capaz de cruzar
fronteras y pasar literalmente por encima de padres y hermanos; de alguien capaz
de forzar «pactos» amenazando a todo un país; de jurar cosas terribles en sede
parlamentaria; alguien capaz —en fin— de cualquier cosa, con tal de disfrutar
del poder, sin concurrir a las urnas.
Pero volvamos a nuestro piloto imaginario… en el supuesto de que una persona
como la descrita en el primer párrafo llamara «la máquina perfecta» a un
cazabombardero, es decir, a un aparato que solo sirve para asesinar, haciendo
imposible conocer con exactitud a quien se asesina, otorgando la capacidad de
asesinar de noche y a distancia, procurando la mayor seguridad para el asesino y
excluyendo toda posibilidad de que las víctimas puedan defenderse… ¿qué
podríamos responder a tan macabra declaración?
¿Por qué no te callas, terrorista de mierda?
¿Cambiaría nuestra opinión si la persona que hiciera semejantes declaraciones
fuera un médico o una abogada, un político vasco o una voluntaria de la Misión
Sucre, un estudiante nipón o un programador neoyorquino, una ingeniera química o
un príncipe heredero? ¿Qué importancia tendría quién fuera o a qué se dedicara
el onanista del fetichismo bélico? ¿Qué son, cazabombarderos humanitarios? ¿Eurofighters
de «consenso», «unidad y permanencia»?
Por suerte, cada día que pasa, más y más personas se dan cuenta de que «la
máquina perfecta», la verdadera máquina perfecta, es en realidad muy simple en
su estructura y funcionamiento: todo se reduce a seis pequeñas placas de
plástico transparente, unidas entre sí y cerradas con un precinto, más una
ranura en la parte superior, por donde la ciudadanía introduce los sobres que
contienen cada fracción proporcional, secreta, libre y universal del único poder
legítimo que uno sea capaz de imaginar.
¡Salud y República!