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El Periódico 13 de Agosto de 2007
"¿Por qué hacemos
las cosas, los hombres? Yo tengo muchos motivos y no tengo ninguno. Quiero hacer
constar que, tanto como las razones, pesa la fuerza vital que impulsa a los
hombres hacia delante. Muchas razones para tomar una decisión. Pero también
una sensación no racional de que ha llegado el momento". Este fragmento
fue escrito por Lluís Maria Xirinacs hace casi 40 años con el fin de
justificar su segunda huelga de hambre, iniciada la noche de Navidad de 1970, y
se puede encontrar en su libro Vaga de fam per Catalunya, editado por
Nova Terra en 1977. Seguro que hay otros escritos más recientes que nos
aproximan a la personalidad de Xirinacs, pero este breve fragmento escrito por
él resume muy bien su determinación para actuar, su manera de vivir y también
de morir. En él, gesto y palabra, acción y pensamiento, fueron dimensiones
complementarias, armónicas, y que se daban sentido una a la otra, se
retroalimentaban.
De Xirinacs se puede afirmar que fue un hombre volcado con una intensidad
excepcional en la causa de la justicia con los más débiles y en la de la
libertad de las personas y los pueblos, particularmente el suyo. Su compromiso
con la gente injustamente tratada --especialmente por la acción represiva del
Estado-- y con la independencia de los Països Catalans nacía de esa fuerza
interior de la que solo algunos disponen, y que en contadas ocasiones los
convierte en líderes. Su liderazgo existió durante muchos años, pero no fue
un liderazgo al uso. En parte le incomodaba --no olvidemos su visión radical
cristiana-- y, en cualquier caso, jamás quiso ejercerlo del modo en que el
liderazgo político se ha desarrollado en nuestro país.
ESO no quiere decir que no tuviera una marcada personalidad ni que no le gustará
sentirse reconocido y, de alguna manera, admirado. Tuvo Xirinacs, como
ayer decía Jordi Pujol, algo de profeta, en el sentido más ajustado a
la figura bíblica. Advertía, y también fustigaba, a quienes, en su opinión,
actuaban de forma desleal con los suyos y con su pueblo. Xirinacs no se
adaptó al mundo político institucional, probablemente porque sabía que su
fuerza quedaría neutralizada en esas dinámicas: era lo bastante inteligente
como para saber que ese no era su mundo.
Xirinacs fue muy exigente. Una exigencia con los otros --sobretodo con
los políticos--, pero también consigo mismo y con los que le rodeaban. Su
personalidad se forjó como una personalidad de "disgusto", como su
editor --o quién sabe si él mismo-- escribió en el prólogo de uno de sus
libros; como reacción a su entorno familiar burgués, desarraigado de la
cultura catalana y católico complaciente con el resultado de la guerra civil. Xirinacs
se rebeló contra ese mundo, y de esa sublevación contra lo inmediato se forjó
el hombre comprometido y rebelde.
Es evidente que por esa exigencia permanente, ese juzgar y decir severo que
acompañó a Xirinacs como mínimo desde finales de los sesenta --cuando
inició su primera huelga de hambre para desvincular la Iglesia del Estado--,
muchos se sintieron injustamente atacados. La severidad de Xirinacs no
siempre fue justa. Nadie es justo permanentemente en sus juicios. Pero esa
severidad y esa exigencia fueron las que le dieron personalidad y
reconocimiento. Sin su severidad, hoy no hablaríamos de él ni lamentaríamos
su desaparición física. Una severidad que no nacía siempre de la
racionalidad, como él mismo escribió en el fragmento que abre este artículo. Xirinacs
tuvo un poco --o un mucho-- de irracional, y un mucho --o un poco-- de racional.
De esa mezcla nacían su fuerza y su inteligencia.
MUCHOS pueden pensar que fue solo hombre de acción. Nada más lejos de la
realidad. Con idéntica fuerza se libró al estudio. Navegó en el conocimiento
de sistemas alternativos, sabiendo que solo desde la globalidad del conocimiento
y del pensamiento se podrían hallar soluciones a los retos contemporáneos.
Rescató --con un grupo de amigos-- y estudió el sistema general que nuestro
pensador más universal, Ramon Llull, concibió en la Edad Media. Cuando
en nuestro país pocos hablaban de globalidad, Xirinacs ya impulsaba el
estudio desde ese paradigma.
Como uno de los introductores en nuestro país de la no-violencia que fue, supo
en todas sus acciones interpelar a sus adversarios en lo más profundo, donde más
incertidumbre y contradicción se provoca. Esa fue su arma más dificil de
combatir y él usó de ella, y algunas veces incluso abusó. Su propia
desaparición física no deja de ser un acto --su último acto-- con intención
de interpelar: también a aquellos que no eran sus adversarios.
La fuerza de Xirinacs es que no dejaba indiferente, no pasaba
inadvertido. Es indiscutible que su memoria forma parte ya de la memoria de este
país. El independentismo ha perdido un referente; la sociedad catalana, también.
No es necesario compartir ni su pensamiento ni su manera de ser y hacer para
reconocer en él la excepcionalidad de un hombre que abrazó la política para
alcanzar la igualdad, la dignidad y la libertad. La suya, la de los demás y la
de su país.
*Politólogo.