¡Viva la esclavitud!
Joaquim Pisa
Aventura en la Tierra 17 de Noviembre de 2007
Una, pagar a los trabajadores en
especias, y que se busquen la vida luego haciendo trueques entre sí.
Por ejemplo, quien trabajara en una fábrica de papel higiénico
recibiría a final de mes una cantidad "x" de rollos de
ése producto, una porción de los cuales podría trocar con el
pollero de la esquina a cambio de unas pechugas y unos muslitos
con los que alimentar a su prole. Porque si realmente es cierto de
toda certeza que todo hijo de madre necesita comer, no lo es menos
que una vez hecha la digestión y expulsados los subproductos
resultantes hay que limpiarse el culo con algo apropiado, y de esa
ley universal no se escapan ni los polleros, obviamente.
La segunda solución -e innegablemente la más atractiva desde el punto de vista de las ideas aportadas por la revolución neocon-, sería la reintroducción de la esclavitud, tal como proponía un joven y brillante diputado thatcheriano en la añorada serie de la BBC “Sí, ministro”.
La segunda solución -e innegablemente la más atractiva desde el punto de vista de las ideas aportadas por la revolución neocon-, sería la reintroducción de la esclavitud, tal como proponía un joven y brillante diputado thatcheriano en la añorada serie de la BBC “Sí, ministro”.
No cabe duda de que la esclavitud es un sistema lleno de ventajas
incluso para los propios trabajadores, pues en estos tiempos de
“adelgazamiento del Estado”, deslocalización de las empresas,
salarios de miseria, hipotecas impagables y resto de virtudes de
la economía de mercado, la esclavitud garantiza techo, cama y
alimento al currante. Además, si el amo vende a los hijos del
esclavo antes de que los críos entren en preescolar, éste se
libra inmediatamente de tener que hacer frente a los gastos
resultantes; calculen ustedes la pasta gansa que el afortunado
padre se ahorraría en la educación de sus retoños. Todo
ventajas, como puede comprobarse.
Y es que nadie es tan estúpido como para dejar morir de hambre a un esclavo, y en cambio el que reviente un asalariado no le preocupa, literalmente, ni a Dios.
Y es que nadie es tan estúpido como para dejar morir de hambre a un esclavo, y en cambio el que reviente un asalariado no le preocupa, literalmente, ni a Dios.
