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Un mundo de violencia normalizada
Alfons Puig
Cartelera Turia 13 de Mayo de 2007
Sadam Husein fue ahorcado, como los cuatreros del far west. Nos pilló acostumbrados: una película más. Será cierta su responsabilidad de innumerables crímenes. Quizá muchos menos de los que es responsable quien ordenó el inicio de una guerra de verdad sobre mentiras como argumentos, desde su atalaya de aves de presa: Azores. Los «halcones» ya estaban acechando y los buitres, los cuervos, los gusanos, hacen después su agosto… septiembre, octubre, noviembre, diciembre… varios años de saqueo y terrorismo.
Lo más dramático y cruento son los miles de mutilados y asesinados que va sumando esa guerra o post-guerra (?), como otras: Afganistán, Oriente Medio, u otros conflictos menos conocidos, pero hay otro componente francamente inquietante: la impune convivencia diaria en la que nos hallamos con su noticia, hasta el punto que deja de serlo. Es que están lejos. Otras situaciones violentas, y que nos violentan, son las del hambre y enfermedades que afectan al tercer mundo, a diversos «mundos», por déficit de voluntad y superávit de avaricia para atajarlas. Causan la muerte de millones de personas. Pero están lejos, y nos son «extraños».
Como un reflejo nos llegan, y cada vez más, otras noticias de tinte similar: violencia de género, y violencia de número: muchas armas y sujetos contra poca defensa posible. Violencia escolar, intergeneracional… contra cualquier incauto en situación de precariedad. El problema no sólo son estos hechos, sino sus causas, nada perdidas, pues pueden hallarse en la enseñanza, subliminal o descarada, del «normalizado» poder de la «normalizada» violencia y de su fácil impunidad, a escala individual, familiar, social, política, bélica… Todo esto ya nos cae más cerca, de hecho nos va cercando. Pero la visión del hecho violento como normal, cada vez más frecuente en los media, tiende a percibirse con indiferencia, o incluso como lógico, ante situaciones que lo «justifiquen» o no… ¿dónde está el límite, y quién lo pone? Pero cuanta más violencia social se detecte, más amenaza se anuncia, y más justificada pretende estar la acción violenta de los poderes públicos: violencia «preventiva». ¿Les suena?
La violencia dominante es la conveniente al status dominante. «Oiga, pero si alguien pone en orden todo esto, aunque sea a la fuerza (bruta y violenta), es porque tiene que ser». Trampa: el ojo por ojo… Ya es sabido que la violencia engendra violencia, y la espiral explosiva en que se transforma: generalizarla, la «guerra preventiva», lucha contra el terrorismo con más terrorismo, y bélico, el control social, y el militarismo como práctica esencial de ciertos conocidos y solidarios gobiernos. Durante el último cuarto del siglo pasado, pudo parecer que en las sociedades avanzadas el uso de la violencia estaba en retroceso, pero ya se ve: tomó otro cariz. Los nuevos estándares gestados están aquí. Se ha (re)introducido también recientemente violencia en otras instancias.
En la política española, con algunos conocidos PPersonajes que realizan agit-ProP violentando con la crispación continua, la descalificación gratuita, la demagogia fácil, pero rentable electoralmente. Y más: se ha violentado las competencias municipales, con las recalificaciones tramposas en beneficio de desleales cargos públicos y constructores sin escrúpulos… ¿cómo llamarlo: violencia territorial, presupuestaria, «terrorismo antiecológico»…? Desde interesados status tratarían veladamente de transmutar nuestros instintos, y que lo violento coexista con lo «bio-lento»: rasgo éste del carácter que permita asumir una «biológica lentitud» de reacción frente a una violencia que viene a generalizarse como expresión en los medios, en ámbitos profesionales, docentes, sanitarios, familiares, etc., pasando por las fiestas populares (sic), fútbol, vale-tudo… todo vale. Un vale por la indiferencia frente al avance sigiloso de la normalización de la violencia en más ámbitos de la vida cotidiana, de la política, internacional, municipal…
Vale a canjear por una posterior aceptación general, aplauso incluido. Juiciosamente, es necesario su rechazo como testigos de cargo, y no como testigos de abono: demasiados son ya, los abonados para seguir en terrenos ídem, que colaboran en la tendencia a ejercer una velada pero creciente, subliminal o no, violencia social y política, con ciertos provechos. De violentos y «bio-lentos».