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Ultraderecha purpurada
Joan B. Culla i Clara
El País 30 de Abril de 2007
Cuando
dentro de cierto tiempo, y ya con alguna perspectiva histórica, se analice la
actual etapa de la política española -estos años de plomo que han seguido al
vuelco electoral de marzo de 2004, este revival de una lógica
guerracivilista que divide a los ciudadanos entre patriotas y traidores,
esta explosión de cainismo que convierte al rival, al discrepante, al crítico
en enemigo y, "al enemigo, ni agua"- será de justicia señalar, como
responsables de la bronca, de la crispación, de la ruptura de los más
elementales usos democráticos, de la recrudescencia ultraderechista, no sólo a
los actuales dirigentes del Partido Popular, no sólo a una legión de
periodistas u opinadores iluminados y fanatizados hasta la paranoia. También
será preciso detenerse en el papel instigador y legitimador de la escalada
reaccionaria que está jugando una buena parte de la jerarquía católica española,
con la silenciosa aquiescencia del resto.
Resulta
en verdad fascinante el giro que ha efectuado la brújula del episcopado español
en tres décadas, desde los tiempos de los cardenales Enrique y Tarancón o
Jubany -aborrecidos por la extrema derecha, la misma que consideraba
"demoledora la política de Pablo VI en España"- hasta hoy, cuando
los cardenales Rouco y Cañizares parecen casar la suerte de la Iglesia católica
peninsular con el partido de Rajoy, Acebes y Zaplana, con la demagogia mediática
más soez y con el ultramontanismo teológico, cultural y social más
recalcitrante.
Si
las causas de esta involución merecerían un estudio a fondo, los efectos están
bien claros: desde 1977 acá, el catolicismo español ha perdido transversalidad
-o, para decirlo en sus propios términos, universalidad- a borbotones;
se ha transformado en una facción seguramente más dura, más compacta, más
disciplinada, pero más pequeña, mucho más hosca y muchísimo menos permeable.
Desde
esa fortaleza presuntamente asediada donde ella misma ha querido encerrarse, la
jerarquía episcopal no cesa de lanzar proyectiles y calderos de aceite
hirviendo contra todo aquello que, en el exterior, no es de su gusto, ya sea de
naturaleza política o religiosa, temporal o espiritual.
Tomemos
por ejemplo al obispo de Huesca, Jesús Sanz Montes, quien hace tres semanas
publicó una carta pastoral en la que calificaba de "héroes" a los
participantes en las manifestaciones sabatinas del PP, sugería a sus diocesanos
votar contra el PSOE en las elecciones de mayo y glosaba -cual columnista de El
Mundo- los "obstáculos" que el Gobierno pone "para saber la
verdad de la maraña confusa y confundida del 11-M". En las mismas fechas,
el cardenal arzobispo de Toledo sostenía durante su homilía dominical que los
atentados de Atocha "aún no han sido esclarecidos en su verdad más real y
honda", por lo que "pesan sobre España como una losa opresora de la
que necesitamos liberarnos".
Más
recientemente, la pasada semana, la subcomisión para la Familia y Defensa de la
Vida del episcopado español ha difundido un comunicado según el cual, "en
el terreno de la vida, nos encontramos en un momento preocupante de nuestra
historia". "En el campo del aborto y de la reproducción asistida,
tenemos en España unas leyes que atentan contra la vida, y que por tanto hay
que abolir. (...) Pedimos a la sociedad y a los políticos la abolición de los
supuestos en los que el aborto está despenalizado. (...) La eutanasia es una
gravísima amenaza". Una vez más, el sempiterno equívoco entre credo y
ciudadanía, entre mandamientos religiosos y leyes civiles, entre pecado y
delito; esa confusión deliberada sobre la que la Iglesia católica lleva rebañando
desde hace diecisiete siglos.
Pero
el plato fuerte en esta degustación de exquisiteces episcopales lo cocinó don
Antonio Cañizares Llovera, cardenal arzobispo de Toledo y primado de España,
en forma de entrevista publicada el 9 de marzo en Alba, un semanario
vinculado al grupo mediático ultraconservador Intereconomía, que capitanea el
inefable Julio Ariza. "Mayor Oreja sostiene que una España unida sería
una España más católica. ¿Lo comparte?", pregunta el entrevistador.
"Totalmente", contesta el primado, "porque España tiene su
origen en la fe, en la unidad católica en el tercer concilio toledano. (...)
España será cristiana o no será España".
"¿El
proyecto de destrucción de España es en el fondo un proyecto laicista?",
inquiere con su exquisita objetividad el redactor. "Así lo entiendo y así
lo he escrito", responde el purpurado.
A
continuación, el cardenal explica que, en su diócesis, se reza todos los días
por España, y hasta la han consagrado (a España) "a la Divina
Misericordia y al Inmaculado Corazón de María". "Hicimos esa
consagración porque consideramos que hay que poner a España en las manos
misericordiosas de Dios y en las manos de la Virgen. Es absolutamente
necesario". Entre otras razones, porque el Gobierno de Rodríguez Zapatero,
con la agilización del divorcio, con el matrimonio homosexual, con la nefanda
Educación para la Ciudadanía, "ataca a lo fundamental de la familia"
y "eso es la destrucción de nuestro futuro". En este gran y deletéreo
proyecto gubernamental "existen elementos masónicos", precisa Cañizares,
el cual confiesa haberse ilustrado sobre tal extremo con la lectura de El
Padre Elías, una novela del católico integrista canadiense Michael O'Brien
comparable, por su rigor y su aliento "conspiranoico", al Código
Da Vinci, aunque en sentido contrario. Y, después de este alarde de erudición
patrística, nuestro príncipe de la Iglesia concluye: "A veces, debería
ser más claro al hablar". No, monseñor; no hace falta.
A
la luz de tales asertos, consideraciones y referencias bibliográficas, hay una
rectificación que se impone: basta de conceptuar como extremista o antievangélica
la línea informativa e ideológica de la Cope. La cadena radiofónica de los
obispos no hace más que reflejar -incluso pálidamente- el punto de vista de éstos,
y Federico es sólo un mayoral megalómano, pero obediente y lealísimo a las
ideas de sus patronos.
Joan
B. Culla i Clarà es
historiador.