En los dos últimos siglos,
España ha tenido tres gobernantes traidores a su propio pueblo. Tres sujetos
que tomaron graves decisiones despreciando la voluntad popular, decisiones que
provocaron dolor y muerte a muchos seres humanos inocentes. Sus nombres son
Fernando VII, Francisco Franco y José María Aznar. En el caso de los dos
primeros, la mayoría de sus víctimas fueron españolas; en el último caso,
la mayoría de sus muertos son iraquíes.
La destrucción provocada por sus actos de gobernantes felones es motivo
suficiente para que los nombres de estos tres sujetos figuren para siempre en
el basurero de la historia, en el espacio dedicado a los infames. Pero hay más.
No sólo generaron dolor y muerte, sino que por el camino aprovecharon para
enriquecerse. No cabe para sus actos la eximente de locura, bien por
incapacidad mental o bien porque estuvieran cegados por su ideología. Como
una vez escuché decir a un importante asesor del PP, en referencia al
bandolero Jiménez, "su locura nunca le lleva a ponerse a repartir
billetes de 500 euros en una plaza. Más bien se dedica a enriquecerse con el
insulto". Pues los tres grandes felones igual: para ellos la muerte ajena
tiene un precio.
Escuchar al carnicerito de las Azores, también conocido como el empleado de
Murdoch, sus deposiciones insultantes sobre
Zapatero o sobre
el PNV provoca náusea a cualquier ser humano decente. Antes de reconvenir
a nadie, lo que tiene que hacer el infame es explicar a cuánto le sale el
muerto de Bagdad. Es una operación muy sencilla: que sume todos los ingresos
que recibe por orden de Bush (conferencias, consejos de administración...) y
que lo divida por el número de víctimas en la guerra ilegal de Irak que
copatrocinó. Y la cifra resultante es la TETA (Tasa de Enriquecimiento del
Traidor Aznar).
Existe la idea de que cada pueblo tiene a los gobernantes que se merece. Quizá
sea así como normal general, pero sin duda hay excepciones: no creo que los
rusos se merecieran a Stalin, ni los alemanes a Hitler. Desde luego, los españoles
no se han merecido ni a Fernando VII, ni a Franco, ni a Aznar.