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Todavía hay clases
Arturo
Ferrin
21 de Abril de 2007
Rescato
de la fraseología la exclamación ¡Todavía hay clases! con la cual se
pretende distinguir o destacar la superioridad de algo frente a lo que
consideramos de una categoría inferior. Es infrecuente hoy a pesar de que se
utilizaba bastante (en un reciente pasado) para estimar las capacidades de uno,
menospreciando las de los demás, tanto en el plano intelectual como en el
corporal o en el económico. Con ella se calificaba, por ejemplo, de forma
parecida, la mayor perspicacia de quien resolviese antes que nadie un engorroso
crucigrama, el vigor del corredor que ganara la meta o el poder del dueño del
Mercedes que adelantaba en la carretera a un humilde Seat.
Me
pregunto si la disminución del uso en el lenguaje coloquial de aquella forma de
expresión obedece a una generalizada pérdida de léxico en la presente
generación de españoles -sobre cuyas causas no quiero distraerme ahora- o si
por el contrario, es posible que dicha merma se deba al desarrollo cívico de la
ciudadanía que junto a su progreso económico hayan suavizado las diferencias
que la separaban antes, habiéndose configurado una sociedad más igualitaria y
menos clasista.
No
observo una transformación de tal magnitud como para considerar a los españoles
de hoy en posesión de un perfecto estado de virtud igualitaria hacia sus
semejantes. Por el contrario, puedo comprobar con la representatividad que
ofrece cualquier encuentro deportivo multitudinario, el mismo apasionamiento que
inflamaba a los espectadores del circo romano la proclamación del triunfador
mientras eran arrastrados los cuerpos rotos de los vencidos en la competición.
La escena se reproduce con similar intensidad en diferentes espectáculos y
alcanza también a múltiples situaciones de la vida cotidiana. El afán de
superación, la fiebre por acaparar más bienes que el vecino, llega a tal
extremo que los economistas le han dado un título: Efecto demostración,
lo cual es indicio de que en nuestra humana condición permanece ese sentimiento
y que admirar al vencedor y despreciar al perdedor es recurrente en nosotros. Y
ello se explica porque el ser humano, al tomar partido por un vencedor en la
competencia de la vida, identifica consigo mismo su victoria. Al parecer de
algunos científicos, somos de una especie oportunista que valora muy
positivamente la diferenciación social a través del éxito.
Subsistiendo
ese comportamiento, me cabe especular que quienes manejan la lengua no descubren
en la realidad social síntomas de la existencia de clases que les animen
a utilizar el vocablo para
establecer esa diferenciación.
Es evidente que la sociedad actual presenta características de inmensa complejidad frente a la que analizaron hace 160 años, en el Manifiesto Comunista, Marx y Engels cuando proclamaron con rotundidad: La Historia de todas las sociedades que han existido hasta aquí es la Historia de la lucha de clases. El proletariado queda ahora desdibujado a causa de una mayor movilidad social que permite, por ejemplo, ver convertidos en patronos a individuos de extracción obrera que han ascendido por la pirámide social, de forma parecida a como algunos hijos de las clases burguesas han pasado a formar parte del ejército laboral en alguna empresa. La sociedad, más permeable, admite estos trasvases (gracias a muchos años de reivindicación y luchas sociales), pero mientras éstos se producen individualizadamente, persiste la división entre los que explotan y quienes son explotados.