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Tenemos un problema
Jaume d'Urgell
Kaos en la Red 15 de mayo de 2007
Tenemos un problema con nuestra policía. Tenemos un problema con cómo nos torturan, tenemos un problema con la naturalidad con la que mienten ante unos jueces acostumbrados a desear oír esas mentiras. Tenemos un problema, y hay que buscar alguna solución, empezando por llamar a cada cosa por su nombre.
![]() Tenemos un problema. |
Sí, lo sé, no es cierto… en realidad tenemos muchos problemas: los políticos nos roban y se ríen en nuestras narices como en la más sórdida Edad Media; entonces se comportaban como semi-dioses, en sus sillitas de posta, su altanería y modales ‘refinados’, y hoy hacen exactamente lo mismo, a bordo de esos Audi A6 y A8 con los cristales oscurecidos, que tanto les gustan y que muchos de nosotros interpretamos como un derroche que se traduce en una enseñanza pública Realmente mala y una sanidad pública en Franco retroceso (perdón por las mayúsculas intencionadas).
Pero hoy no quería hablar de eso. Tampoco quiero hablar de los malditos tipos de interés variable, incardinados en una política monetaria que solo beneficia a quienes poseen esos yates que utilizan para cenar, tras pasar la tarde en el golf y la mañana en misa.
No, no quiero hablar de todas esas cosas… ni siquiera de que nuestros mercenarios oficiales, hartos de un secuestro masivo que ya dura más de siete décadas, se dediquen a genocidear caucásicos, caribeños, persas o indo-asiáticos… no. El problema al que hoy quisiera dedicar algunas líneas es bien distinto:
Nosotros, el pueblo, tenemos un problema con ‘nuestra’ policía, quien les manda y quien les controla.
Ocurre, que esta piara de abusones a quienes pagamos el sueldo, con el tiempo se ha acostumbrado a justificar su ‘razón’ en la fuerza pocas veces al revés. Tenemos un problema: centenares, miles de individuos armados nos golpean, nos insultan, no humillan, y nos provocan… pasándose la Constitución por el forro de los cojones (sí, esa mala redacción, propia de un chusquero con apellidos compuestos, impuesta bajo amenaza terrorista en 1978).
Hablo de la impunidad, de la normalización del atropello diario a nuestros derechos civiles y políticos… hablo del carácter cotidiano de la tortura, del feo vicio de mentir en sede judicial, de la generalización de la práctica de ‘fabricar pruebas’… de todo eso, y de tantas otras cosas que todo el mundo sabe y de las que pocas veces oiremos hablar.
Opino yo, que a lo mejor el asunto tiene su raíz en nuestra curiosa forma de transitar de la primera a la segunda fase del franquismo. Digo yo, que si a la muerte del terrorista que nombró al rey de España, hubiéramos iniciado un verdadero proceso de democratización del país, probablemente hoy no nos encontraríamos como nos encontramos.
El hecho es –por hablar con sencillez–, que tenemos un estamento judicial que causa sonrojo y estupor en el extranjero (mucho, muchísimo más fascista que las tres bandas armadas oficiales en el país –la de Tierra, la de Mar y la del Aire–). Lo que digo es cierto palabra por palabra: cualquiera que disponga de cinco minutos para ‘jugar’ en el Google, puede comprobar lo que se opina en el seno de la OSCE de nuestros pequeños aprendices de Adolf, con toga.
¿Y eso qué tiene que ver? Pues muy fácil: si al final, todo depende del todopoderoso e inescrutable criterio de un juez, y la mayoría de ellos es, como todos sabemos que son, he aquí una explicación del inexistente respeto que algunos hotentotes con arma reglamentaria al cinto, sienten por nuestros derechos constitucionales.
Quizá se arreglaría con sentencias ejemplares, o a lo mejor, se podría resolver incluyendo una asignatura de filosofía en los planes de estudio de las academias de policía. No sé, digo yo que será muy difícil que alguien con una mínima capacidad para razonar, comprenda que no es civilizado agredir a inocentes ciudadano que pagan su sueldo, valiéndose para ello de las porras y resto de material que sus propias víctimas han puesto en su mano, con la ilusa esperanza de que se les brinde seguridad y protección.
Volviendo a la Historia: basta darnos un garbeo por las transiciones de verdad que se han llevado a cabo en países como Alemania, Sudáfrica, Argentina o Chile, para darnos cuenta de que en España nos hemos saltado algunos pasos. Pasos, como obligar a la Empresa de Brujos Romanos a que se busque sus habichuelas por si misma –y de paso que se mantenga alejada de nuestra infancia–; pasos como tratar de abundar en la separación de poderes… o incluso cosas más evidentes: como el craso error de ponerse a redactar una supuesta Constitución, ‘descuidando’ el detalle de que antes se debe abrir un Proceso Constituyente.
A la vista de lo visto en Malasaña, en la Gran Vía, en la comisaría de los Mossos d’Esquadra, en la Puerta del Sol, en la Glorieta de Bilbao, y en tantos otros sitios, uno de esos pasos que se quedaron en el tintero, fue el de una formar una Comisión de la Verdad, que se encargara de depurar los mayores crímenes (y a criminales) de la primera etapa del franquismo.
Ojo, que nadie se asuste, no pretendo encarcelar a los hijos de la gran puta que se lo merecen, no, no es eso, no es eso… pero convendrán conmigo, que no estaría de más conocer el nombre de quienes apretaron el gatillo contra Grimau –aunque solo sea por respeto a su familia–, o mejor aún: identificar a aquellos que simulando ejercer de jueces, ensuciaban el nombre de la Justicia, actuando como meros intérpretes de un sistema legal viciado de origen.
No es eso, no es eso… no pretendo encarcelar a esos hijos de la gran puta… pero sí quisiera al menos, saber quienes son, y apartarles para siempre de nuestras Instituciones Públicas. Lo mismo me da si hoy están enchufados en los consejos de administración de empresas públicas malvendidas a los amigos, o si ensucian algún escaño del Senado. No sé, me importa poco en cual de lo tres poderes están… no les quiero entre rejas, les quiero en la puta calle.
¿Por qué? Porque de la misma forma que nadie come en el mismo sitio donde defeca, no podemos esperar Democracia precisamente de aquellas personas en las que reside la esencia de lo opuesto.
Tenemos un problema: una preocupante proporción de miembros de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado está compuesta por delincuentes reincidentes. Iba a escribir ‘comunes’ pero no, no es nada común delinquir amparado en una fuerza originalmente concebida para luchar contra el crimen. Es zafio, grotesco, vulgar, soez… un policía que pega a un indefenso ciudadano, es un delito contra la civilización.
Es algo tan evidente, que todo padre y madre se lo conocen de memoria: las criaturas tienden a hacer cuanto les permitamos. Bien, con la policía ocurre exactamente lo mismo. Nuestro sistema judicial padece de vergüenza sistémica, está sucio. Permanece cimentado, anclado en el pasado… y escorado a la ultra-estribor. Así de fácil: nuestros ‘profesionales de las armas’, hacen todo cuanto se les permite. Es decir, todo.
Así, del mismo modo que para apagar un fuego hay que dirigir el extintor hacia la base de las llamas, para acabar con la impunidad, para concluir con esta burla al Estado de Derecho, hay que introducir elementos de supervisión sobre la actuación del Poder Judicial. Esta necesaria supervisión no debe traducirse únicamente en aumentar el control político (jodiendo aún más la separación de poderes), no, no es eso… Lo que necesitamos es transparencia, verificabilidad, luz, libertad de expresión, mayor control en la práctica –abusiva y sistemática– de declarar secretas aquellas actuaciones judiciales que producen vergüenza ajena.
Necesitamos policías mejor formados en criterios humanistas. Necesitamos más y mejores instrumentos de control de la función pública. Necesitamos mayor transparencia y participación ciudadana en la Administración de Justicia.
Necesitamos que alguien vigile al vigilante.
De lo contrario, todo seguirá como los últimos 70 años: miedo, silencio, palizas, gritos, fábulas jurídicas, vergüenza ajena, temor, violencia, corporativismo, pruebas falsas, heridos, familias destrozadas, ciudadanos que temen a sus gobernantes… y no al revés.
¡Salud y Justicia!