Correo
Alameda,
5. 2º Izda. Madrid 28014 Teléfono:
91 420 13 88 Fax: 91 420 20 04
|

|
Sobre
el precio de la vivienda, del suelo y otras confusiones
Attac
21 de de Agosto
de 2007
Construir ciudades era
cosa de ciudadanos, urbanizar es cosa de promotores. Ya va siendo hora de que
nos dejemos de leyes del suelo y pongamos en marcha la ley de la ciudad, a
partir de una nueva cultura de lo urbano y el territorio
Pocas cuestiones tienen tanta presencia en la escena política y en la
vida cotidiana, y tantas consecuencias de todo orden, como la que se relaciona
con la vivienda y su valor en mercado, y pocas se presentan de forma más
confusa cuando se trata de explicar la naturaleza de ese valor y la manera
como evoluciona en nuestras ciudades. La razón sin duda está en el
empeño en convertir el problema en un asunto estrictamente económico o, peor
aún, en una cuestión mercantil -cosa de empresarios y mercaderes en
definitiva-, para que resulte legítimo confiar la solución del problema del
alojamiento al sector inmobiliario privado y a su aliado financiero. Y todo en
la medida en que la segunda revolución industrial ha proporcionado un
abundante caudal de rentas salariales que sólo necesitaban las condiciones
adecuadas para materializarse como patrimonio inmobiliario familiar de forma
generalizada.
Digamos de entrada, para centrar la cuestión, que si se trata de un
mercado es tan raro que incumple todas las condiciones y los rasgos propios de
un mercado. Es un estado de excepción, cuya rareza fundamental es
que no cumple las leyes de la oferta y la demanda en términos generales.
Madrid puede ilustrar este desencuentro ya que llevamos casi una década
produciendo del orden de 70.000 viviendas anuales en la región -se ha llegado
a las 80.000 en los últimos años, superando la producción de los años 70
cuando se estaba construyendo el sistema metropolitano actual, con tasas de
inmigración espectaculares-, y eso sin un crecimiento demográfico
apreciable. Más aún, ahora que aumentan los inmigrantes y que la
presión de la demanda debería pesar sobre los precios es cuando se
manifiestan los primeros síntomas, en muchos años, de desaceleración.
No hay que recordar que mientras se alcanzaban cifras récord de producción
se alcanzaban cifras récord de precios -¿o era a la inversa?- y se
agudizaban los problemas de alojamientos para los grupos que verdaderamente lo
necesitaban. Por cierto que muchos ciudadanos ante los síntomas de
desaceleración se han alarmado por la posible depreciación de sus
patrimonios inmobiliarios, especialmente los que aún no han terminado de
pagarlos. Y tienen motivos para dudar si se atienen a las explicaciones
oficiales y si no se toman medidas inmediatas.
O sea que además de las dificultades con la teoría y la práctica económicas,
la cuestión de los precios de la vivienda presenta profundas ambigüedades en
lo político y algunas contradicciones en lo social. Que los precios
se estabilicen o bajen debería hacer la felicidad de los ciudadanos, pero sólo
complace a un 15% más o menos, mientras se convierte en consternación
general para el 85 o 90% restantes que son propietarios, y para el 100% si se
enfoca desde los efectos generales sobre la economía. Admitámoslo,
nuestro moderno proceso de urbanización -desde mediados del siglo pasado- se
realizó con una fórmula de alojamiento que ha conducido a una situación
llena de contradicciones, dominada por mecanismos complejos de formación de
los precios que, además, son incapaces de dar respuesta a las necesidades de
alojamiento de los grupos sociales más débiles: jóvenes que quieren
emanciparse, inmigrantes y empleados precarios, sobre todo. Se puede decir de
paso que, aunque no se han establecido las correspondencias entre este fenómeno
del alojamiento y el descenso de la natalidad, seguro que existen y que se
integran ya en un círculo vicioso.
Así pues, la fórmula que ha gobernado el proceso de urbanización tiene la
clave de los fenómenos de valoración de la vivienda que hoy podemos observar
y de algunos efectos bastante perniciosos en la estructura social y demográfica
de nuestra formación social. Ya no se trata pues de una cuestión mercantil
sino que adopta dimensiones sociales e históricas fundamentales, yo diría
que estructurales. Y es precisamente la manera cómo esas dimensiones sociales
se materializan lo que condiciona la evolución de eso que se llama el mercado
de la vivienda y el problema general del alojamiento. Así que vamos a
hacer un poco de historia. Breve y esquemáticamente, se puede decir que el
moderno proceso de urbanización en España se hizo de la mano del desarrollo
industrial bajo condiciones de desregulación. Es decir, sin la presencia de
los mecanismos reguladores propios del Estado de Bienestar, y sin movimientos
sindicales, por lo que los salarios eran bajos y las condiciones de trabajo
muy duras.
Aquí no disfrutamos de alternativas sociales al problema del alojamiento como
las de Francia o Reino Unido, aunque el traslado masivo de la población rural
a las ciudades lo hicimos en menos de la quinta parte del tiempo que ellos
emplearon. Las viviendas que proporcionaron algunas instituciones del
régimen franquista (la Obra Sindical del Hogar y el INV) nada tenían que ver
con el Estado del Bienestar.
Se trataba de intervenciones de tipo paternalista y clientelar al margen de
mecanismos fiscales que en realidad no existían y que decaen definitivamente
a finales de los años 50, aunque permitieron esbozar el mapa social de
algunas ciudades que van a crecer inmediatamente de forma espectacular. La
desaparición de estas instituciones públicas deja en el tablero del espacio
social apenas esbozado a los usuarios y al sistema promocional frente a
frente. Un encuentro difícil, con instrumentos deficientes. Ni los usuarios
disponían de rentas suficientes, ni el sistema promocional tenía las claves
ni la capacidad para producir viviendas en condiciones y cantidades adecuadas,
y mucho menos la ciudad que se necesitaba. El sistema de subvenciones es el único
mecanismo que permite acercar posiciones, es decir, precios y capacidad de
pagar, junto con un sistema financiero que dirigen las Cajas de Ahorro. Así,
con muchos déficits de equipamiento y mala urbanización, se construyen las
grandes periferias urbanas y metropolitanas durante los años 60 y 70. Lo
cierto es que, a finales de los 70, cuando se dibuja nítidamente la crisis
del modelo de industrialización que había dirigido todo este proceso de
urbanización, el 80 % de la población urbana española se alojaba en su
propia casa que constituía su principal, aunque en general modesto,
patrimonio. Nunca en la historia de España había ocurrido algo semejante.
La reordenación del espacio social y el boom
Los años 80 se inician bajo el signo de una reorganización del modelo de
crecimiento que intenta implantar un Estado del Bienestar que la derecha irá
desmontando a medida que vaya llegando a las instituciones. A la relativa
homogeneidad del conjunto de asalariados de la industrialización reciente, le
sigue un proceso de diferenciación social que se corresponde con las categorías
laborales de la nueva sociedad, más tecnificada y estratificada en sus modos
de vida y de consumo, con sus grupos emergentes y sus grupos en declive, con
una remodelación piramidal que se apuntala con nuevas dimensiones -la nueva
división internacional del trabajo- que aporta el fenómeno de la globalización.
Y aquí es cuando nace el nuevo operador que nos conduce a la situación
actual, mientras va remodelando el espacio social heredado. En realidad es al
revés, es la construcción de la física de una sociedad más diferenciada
que reordena en una jerarquía sus amplios efectivos de clase media, lo que
genera el mecanismo que asegure la segregación efectiva y duradera de los
diferentes componentes de la sociedad. Ese operador es la renta inmobiliaria,
es decir, el precio de la vivienda que vincula renta familiar y espacio urbano
y que, si bien, presenta ciertas dificultades para ser verdaderamente
eficiente -el tamaño dispar de la vivienda desdibuja su efectividad, por
ejemplo-, tiene otras muchas ventajas. La primera de ellas es que es
universal, en el sentido de que a mediados de los 80, cuando se produce el
primer boom inmobiliario, la mayor parte de la población dispone ya de una
vivienda. También que esa vivienda representa un valor que se corresponde con
la renta familiar. O sea que se parte con un material muy modelable y con un
esbozo de forma: la población ya se encuentra clasificada según su renta según
una geografía relativamente precisa. Y un motor.
Ese patrimonio inmobiliario que es sobre todo un patrimonio de lugar en la
ciudad, en el espacio social de la ciudad, resulta suficiente para algunas
familias pero muchas piensan que no es el lugar que les corresponde, que
nuevas modalidades de vida les atraen y que su renta disponible en la nueva
situación les permite aspirar a mejorar su posición. Y se inicia un gran
movimiento que ahora se nutre con las nuevas rentas, con el patrimonio ya
consolidado -sólo hay que vender la vivienda actual- y con un sector
financiero que, por fin, puede disponer libremente de su crédito. La
capacidad de pagar de las familias se ve así multiplicada y no tarda en
reflejarse en los precios. Ese primer boom que se inicia alrededor de 1985 se
quiso ver como un problema de escasez de oferta de suelo o como una burbuja
pero nadie aceptó entonces que se trataba una transformación del espacio
social con nuevos mecanismos de modelado. Y eso que presentaba fenómenos
espaciales bastantes elocuentes, como la vuelta al centro urbano, -una especie
de reencuentro con la ciudad después de un largo exilio en la periferia que
tuvo incluso sus dimensiones culturales: la movida- de ciertos grupos
emergentes de clases medias. Estos ciudadanos podían añadir al valor de su
patrimonio en la periferia sus rentas mejoradas recomponiendo el espacio
central de la ciudad y modernizando buena parte del parque histórico
edificado, al mismo tiempo que revitalizaban sus calles y sus servicios. Fue
un fenómeno intensivo que en algún momento alcanzó dinámicas inmobiliarias
muy altas. En 1987 se venden en Madrid del orden de 70.000 viviendas, la mayoría
de segunda mano, lo que demuestra su escasa relación con la producción
inmobiliaria privada que por entonces no superaba las 10.000 viviendas
anuales. Este primer momento de construcción del nuevo espacio social se
concluye a finales de la década.
Después de un corto periodo de asentamiento en el que los precios se
estabilizan, a mediados de los 90, y alentados por la bajada de los tipos de
interés que multiplican la capacidad de endeudamiento de las familias que han
consolidado posiciones en el nuevo escenario laboral, se desencadena el
segundo boom, ese que ahora empieza a manifestar síntomas de agotamiento. En
este segundo boom hay diferencias notables con respecto al primero. Ahora, la
consolidación del espacio de clases central -ese espacio fuertemente
jerarquizado del primer boom- se complementa con un fenómeno paralelo más
allá de la M-30, siguiendo el modelo del suburbio de clase. En cierto modo es
una duplicación del espacio social que adopta dimensiones metropolitanas y
que resulta muy costoso para los usuarios y para los recursos colectivos
empleados en construir infraestructuras tan caras como ineficientes.
En cierto modo, la M-30 renovada expresa la conexión entre estos dos
universos que reproducen el mismo o parecido espacio social en dos versiones.
Si el primer boom se materializó bajo la cultura mesurada del Plan de 1985
inspirado en la teoría de la austeridad, con reutilización del patrimonio
edificado en la almendra central de la ciudad y una intervención muy
selectiva del sistema inmobiliario privado, el segundo es hijo directo de la
nueva alianza financiero-inmobiliaria, inspirado en el neoliberalismo más
zafio, y centrado en la urbanización periférica.
Si entre las oscuras sombras del primero luce la idea de ciudad, de ciudad
viva y ciudadanos activos aunque muy depurados, en el segundo la oscuridad se
ensombrece aún más con la desaparición de cualquier rastro de lo urbano y
la destrucción generalizada del territorio. Si el primero consolidó el núcleo
del espacio de precios sobre el que cada familia orientó su localización más
ajustada a sus posibilidades y aspiraciones, el segundo amenaza con sus
excesos ese orden riguroso, poniendo en peligro la estabilidad de todo el
sistema de precios y su estructura geográfica. Pero no nos engañemos, tanto
uno como otro perseguían la construcción de un orden exclusivo y excluyente,
un espacio segregado para consolidar la segregación. Y una jerarquía no es
un organismo.
Así pues, el sistema de precios actual de la vivienda con su mapa característico
expresa la capacidad de acumulación de las familias durante una o dos
generaciones -capacidad diferenciada y desde los años 60- y la voluntad
colectiva, de crear un espacio de estatus -o de clase puesto que es
consciente-, diferenciado por la calidad de la vivienda y por el entorno, por
las modalidades de vida y de consumo, pero sobre todo por el vecindario, que
se ajuste a los anhelos identitarios de estos (nuevos) grupos que cobran en su
propio paisaje la necesaria conciencia de clase. Todo ello construido según
un cuadro general de representaciones que se actualiza periódicamente y que
describe “lo normal” para cada estrato. El propio sistema de precios de la
vivienda y su mapa (su forma espacial) integra de manera muy precisa ese
cuadro de representaciones que informa nuestra memoria colectiva. La
construcción de un espacio de estas características, que tiene dimensiones
económicas tan extraordinarias, es una obra colectiva también, cuyos rasgos
y cuya métrica van a ser defendidos por todos sus integrantes.
Lo urbano como única alternativa
Nada de esto tiene que ver con el proceso de producción real de una
vivienda. Está claro que construir un metro cuadrado de vivienda apenas
cuesta 800 €, ó 1000 € si se trata de calidades altas, pero si se pagan
5.000 ó 6.000 € (y mucho más) no es porque el propietario del suelo sea un
siniestro especulador, sino porque los compradores desean estar en un
determinado lugar al que se accede pagando esos precios, que ordenan la
jerarquía, blindando sus sucesivos escalones convertidos en recintos de
exclusión para los que están debajo, y evitando así contaminaciones que
puedan afectar al valor de su inversión y a los incrementos que la evolución
del sistema les vaya asignando. Y este mecanismo actúa a todos los niveles de
la jerarquía ¿Quién no recuerda haber visto la consternación de los
propietarios de viviendas de un modesto barrio ante la inminente instalación
en él de un grupo de marginales por una operación pública de alojamiento
social? Y en buena medida tienen razón porque lo más probable es que sus
viviendas se deprecien considerablemente y sumen una desposesión más a las
que ya han ido acumulando en su vida. A estas alturas, son los propios
ciudadanos convertidos en inversores los que defienden ferozmente su
patrimonio que, en un escenario de acumulación generalizada, ha seguido
creciendo. Mantener a cada cual en su sitio -que es la condición fundamental
de funcionamiento del sistema- cuando todos acumulan rentas exige corregir
constantemente al alza los límites (los umbrales) que separan los grupos de
clase: o sea, los precios. Una estabilidad prolongada del sistema de precios o
un descenso, puede descomponer el tablero de juego. No ha ocurrido todavía en
los últimos 50 años y no sabemos qué pasaría si ocurriese, pero se admiten
hipótesis sobre qué clase de equilibrio sustitutorio pondríamos en marcha.
Si esto es así, y parece que es la única explicación que responde a todas
las cuestiones que suscita el fenómeno, la figura del siniestro propietario
del suelo que ha animado el discurso teórico y político desde hace medio
siglo se desvanece considerablemente. En el primer boom hemos visto
que brillaba por su ausencia y en el segundo donde la producción era
dominante, parece que ha sufrido la competencia desleal de otros agentes, como
concejales y sus asesores, agentes inmobiliarios con sus estrategias de suelo
y toda una galería de personajes cada vez más pintorescos. La
diferencia entre el coste de producción y el de venta -un precio de
naturaleza social como hemos visto-, es demasiada y atrae a predadores cada
vez más poderosos y especializados y a bastantes oportunistas. El diálogo
entre promotor y propietario de la segunda revolución industrial, ha derivado
en la comedia de enredo actual donde se multiplican los comensales y la
corrupción de forma disparatada. La simple clasificación del suelo genera más
dinero que la propiedad. Y ese es el objetivo central de nuestra legislación
urbanística desde 1998: clasificar suelo. Urbanizarlo todo sin
ninguna preocupación por hacer ciudades. Las ciudades, ahora, sólo son redes
expansivas de infraestructuras y equipamientos privados para consumidores de
clase. Construir ciudades era cosa de ciudadanos, urbanizar es cosa de
promotores inmobiliarios y sus agentes políticos.
Toda la legislación del suelo sólo ha servido para sustituir al viejo
propietario rural por el agente urbanizador y su corte de los milagros, pero
ninguna de estas normativas se ha empeñado en recuperar para la colectividad,
para la ciudad y los ciudadanos, la diferencia entre el coste de producción y
el valor -los diferentes y jerarquizados valores- que adopta la vivienda, por
voluntad colectiva, en los diversos lugares del mosaico social.
No hay que esforzarse para imaginar lo que una buena administración ciudadana
podría hacer con ese volumen de recursos que ahora se acumulan profusamente
entre las manos de operadores que, por otra parte, ya cuentan con sus
beneficios ajustados a lo que hacen. Se podrían cubrir las necesidades de
alojamiento de los grupos más vulnerables. Se podría reinventar lo
colectivo, devolverle la dignidad a lo público hoy despreciado y al servicio
de la segregación social. Ni el mercado, ni los intereses de los agentes
inmobiliarios y sus aliados financieros, van a resolver el problema de los
precios de la vivienda. No está en su mano, pero sí lo está agudizar sus
desajustes y quedarse con todo el provecho. Ya va siendo hora de que nos
dejemos de leyes del suelo y pongamos en marcha la ley de la ciudad, a partir
de una nueva cultura de lo urbano y del territorio.
* Fernando Roch es catedrático de Urbanismo, Departamento de Urbanismo y
Ordenación del Territorio en la Escuela Técnica de Arquitectura de Madrid.
---------------
*Fernando Roch es
miembro del Comité de Apoyo de Attac, Viento Sur
Página
de inicio