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Relato de una joven torturada
Zaine Rekondo
IzaroNews 25 de Mayo de 2007
… El viaje fue horroroso. Nada más entrar en el coche comenzaron los interrogatorios… Me gritaban al oído una y otra vez, y si no contestaba o no les gustaba mi respuesta, la mujer me golpeaba en la cabeza., en la parte inferior derecha de la cabeza… El hombre se enfadaba mucho y me gritaba fuertemente. Ordenó al chofer que parara el coche. Me dijeron que me matarían, que me pasaría lo mismo que a Lasa y Zabala o que a Zabalza, que hoy en día habían perfeccionado los métodos para que fuese imposible determinar que habían sido ellos. De nuevo más gritos, golpes, zarandeos y órdenes para parar el coche.
Pararon... a un rato
volvieron a parar y el hombre que estaba a mi lado salió al arcén, empujándome.
Yo hacía fuerza para no salir. Volvió a entrar, continuamos, pero un poco más
adelante de nuevo lo mismo... Me empujaban para que saliese... El hombre que
estaba a mi lado abría de vez en cuando la puerta mientras el coche estaba en
marcha, amenazándome con tirarme. Sólo deseaba que tuviéramos un accidente y
que la pesadilla terminara…
Nada más entrar en la comisaría me metieron en una sala y me ordenaron que
hiciese flexiones ininterrumpidamente, arriba y abajo, arriba y abajo… Yo no
podía más pero les daba igual, ellos me empujaban hacia abajo y hacia arriba.
Me pusieron una bolsa en la cabeza y me ordenaban seguir haciendo flexiones. Con
la bolsa en la cabeza no podía respirar. Me decían que cuando quisiera
contestar levantara el brazo, pero las respuestas nunca eran de su gusto así
que debía contestar mientras tenía la bolsa prieta en la cabeza, y ellos
valoraban si la respuesta les interesaba o no. Al principio me resistía,
agujereaba la bolsa con los dientes o con las manos, y trataba de dar patadas y
pellizcos alrededor. Conseguí hacer un pequeño agujero a la bolsa, y me
dijeron que la dejarían (la bolsa con el agujero pequeño) para que pudiese
tomar un poco de aire. Pero por encima me pusieron una segunda bolsa. De ahí en
adelante me sujetaban los brazos contra la pared, y uno de ellos colocó su
rodilla en mi entrepierna, levantándome un poco del suelo. En esa posición
volvían a asfixiarme. No podía defenderme y aun dejando mi cuerpo muerto me
tenían clavada en el aire contra la pared. No sé cuántas veces me hicieron la
bolsa, no se acababa nunca. En cuanto recuperaba el aliento lo volvían a hacer.
Mientras tanto me obligaban a realizar flexiones con la bolsa en la cabeza…
Comenzaron con otra sesión de tortura parecida a la anterior: amenazas, la
bolsa, las flexiones… Debía responder teniendo la bolsa prieta en la cabeza,
y ellos valoraban si la respuesta era “correcta”. Si así lo consideraban,
me aflojaban un poco la bolsa, pero no me la quitaban en ningún momento,
aflojaban para poder entender lo que decía, y si no les gustaba, volvían a
apretarla. Caí al suelo desvanecida en más de una ocasión, notaba mis piernas
dando sacudidas no las controlaba; pero me levantaban y continuaban igual. Jamás
tenían suficiente, aunque la respuesta fuera de su gusto, siempre querían más.
Cuando ya no podía más me llevaban al calabozo, pero no dejaban que me sentase
o tumbase; debía estar en pie contra la pared… No me daban paz. Venían a por
mí y me hacían interrogatorios interminables, estaban preparando la declaración.
Me hacían contestar las mismas preguntas una y otra vez, entre amenazas, gritos y burlas. Me decían que habían detenido a mi madre y que le harían lo mismo que me estaban haciendo a mí. Sacudían bolsas y venían hacia mí. Me decían que me iban a poner los electrodos y me mojaban los dedos y la cabeza. Me ponían un palo en las manos, me hacían cogerlo, me preguntaban si sabía para qué era. Me decían que lo utilizarían para violarme. Me daban el palo muchas veces; en una de las ocasiones me hicieron tocar algo que parecía un pene, estaba húmedo, se burlaban de mí y me decían que lo tocase sin miedo… Estuvimos así hasta que me aprendí bien las respuestas a todas las preguntas.
En el calabozo debía estar en pie. No podía más, en pie en el calabozo, de cara a la pared, me balanceaba. No me dejaban apoyarme en la pared, no podía tocarla. Se me iban los ojos, la cabeza, el cuerpo. Al final uno de ellos me dijo que podía sentarme en la cama. No podía sostener mi cabeza, y el cuerpo se me caía. Tuve alucinaciones. Las paredes se movían, se venían la una encima de la otra, el suelo se levantaba, se movía, tomaba diferentes alturas... Esto me causaba pavor. Veía gusanos blancos, arañas… en el suelo y subiendo por las paredes... Hasta ese momento y en todos los interrogatorios, durante las sesiones de tortura, cuando estaba en el calabozo… había un hombre que respiraba ruidosamente. Cuando estaba en el calabozo, me llamaba y respiraba ruidosamente. Sentía el pánico hasta las entrañas, prefería que me gritase. Este mismo hombre estaba ante mí en la declaración, respirando ruidosamente… Comenzaron a tomarme la declaración, aunque yo no quería, estaba declarando contra mi voluntad. Decían que si declaraba me dejarían en paz. No quería otra cosa.
Terminamos con la
declaración y me llevaron de nuevo abajo. “Muy bien” dijeron, “ahora te
traeremos un café con leche y un croissant, y descansas”. Me metieron en el
calabozo, me ordenaron estar en pie contra la pared, y cerraron la puerta. Era
todo mentira. Nada más cerrar la puerta, la volvieron a abrir y entraron de
forma violenta. No tenían suficiente con la declaración, querían más. Me
sacaron del calabozo con los ojos tapados y me llevaron por los pasillos hasta
una sala. Por el camino pude oír muchos ruidos, paraban y hacían como que me
iban a tirar… Me colocaron en pie en medio de la sala, estaba rodeada. Uno me
ordenó que me desnudara. Me negué. Me quitaron la chaqueta y tiraban de mi
camiseta y de mis pantalones, me ponían el palo en las manos. Me tiré contra
la pared, gritaba mientras trataba de sujetar mi ropa. Ellos se reían de mis
gritos y lamentos. Pensaba que me violarían. De repente uno de ellos dijo que
yo tenía frío y que trajeran una manta. Trajeron la manta y me envolvieron el
cuerpo ajustadamente. Desde el cuello hasta las rodillas o algo más abajo.
Me apretaban fuertemente con la manta al cuello, y respiraba dificultosamente,
me ahogaba. No podía defenderme, tenía los brazos atados fuertemente al
cuerpo. Dijeron que con una manta no tenía suficiente y me envolvieron con
otra. Después con una tercera manta. Estando envuelta en tres mantas, me
pusieron la bolsa en la cabeza. Metían la bolsa por debajo de las mantas, y la
apretaban con las mantas. Trajeron un sofá y me colocaron en él medio tumbada.
Me abrieron las piernas y colocaron un palo en mi entrepierna. En esa posición,
debía responder. A veces soltaban un poco las mantas para poder entender mi
respuesta pero las apretaban de nuevo enseguida. Me echaban sobre el regazo algo
que estaba templado. Podía notar la tibieza, el calor, a través de las tres
mantas. No supe qué era, pero me producía asco. No controlaba mi cuerpo, mis
piernas se movían solas. Ni siquiera ellos podían saber si respiraba o no.
Pensé que no saldría viva. Necesitaba ir al baño, pensaba que me iba a hacer
de vientre encima; entonces me dijeron que si vomitaba o me cagaba, debería comérmelo…
Vinieron de nuevo a por mí.
Me llevaron a la misma sala. Había mantas en el suelo. Me pusieron en medio de
la sala, tenía la sensación de estar rodeada. En este interrogatorio eran
todos “malos”... A uno el aliento le olía a alcohol. Me dieron ganas de
vomitar. Amenazas continuas, agitaban las bolsas a mi alrededor y me decían que
cogerían de nuevo las mantas. Fue aterrador. Era una pesadilla, estaba atrapada
en el fondo del túnel negro y no le veía salida... De nuevo al calabozo.
Notaba gente en el calabozo de al lado, pero yo no quería oír nada. A ratos oía
gritos, no quería creer que lo que me estaban haciendo a mí se lo pudieran
estar haciendo a otra persona. Me tapaba con fuerza los oídos y cantaba.
Entraron violentamente de nuevo a por mí. No tenía fuerzas para ponerme en
pie, me mareaba. No quería salir de allí. Sentada en la cama, me agarré con
fuerza a la pared. Lloraba y gritaba. No me sentía bien y estaba asustada. Me
hicieron el interrogatorio allí mismo, estando en pie contra la pared. Me
amenazaban ininterrumpidamente, sobre todo con mi madre... Me llevaron al
servicio, estaba fuera de mí; de nuevo al calabozo y me dejaron sola.
De ahí en adelante me hicieron interrogatorios muy largos. Casi sin descanso.
Interrogatorios plagados de amenazas, gritos, insultos… Si no contestaba me
gritaban al oído o me zarandeaban… Apenas tenía fuerzas para contestar, me
salía un hilillo de voz y se enfadaban mucho, obligándome a responder más
alto… A menudo me acariciaban. Esto me resultaba repulsivo, prefería que me
zarandeasen o que me pegasen...