Es un debate meramente voluntarista que hace ver que en realidad la Transición
es un Régimen que nace en 1975 y en el que estamos inmersos. En el siglo
XIX la restauración propiamente dicha de la monarquía de los borbones se
produjo sólo entre el golpe de estado de Martínez Campos en 1874 y la
constitución de Cánovas de 1876 y aún así hablamos de la Restauración
como el Régimen que abarca de 1874 a 1931 (o 1923 según de qué
historiador hablemos). Del mismo modo deberíamos hablar del presente como
el Régimen de la Transición, pues es ésta la que vertebra el régimen, la
que limita las decisiones políticas y la que constituye una auténtica
religión política en nuestro país.
Es una religión política con su santoral (los incriticables Suárez, Peces
Barba, Carrillo... por no hablar del Borbón), pero sobre todo con sus onomásticas
sacras: tal como se desarrolló la adecuación del franquismo a los mandatos
de las potencias occidentales, tenemos fiestas redondas de las de guardar
todos los años. En 2007 (hoy) celebramos el 30 aniversario de las primeras
elecciones tras la muerte de Franco (no propiamente tras el franquismo, pues
se hicieron bajo la vigencia de las Leyes Fundamentales del Movimiento); en
2008 celebraremos el 30 aniversario de la Constitución; en 2009 tendremos
un año más o menos libre, porque nadie celebra (en público) el cuarenta
aniversario del nombramiento del Borbón como sucesor por Franco; 2010 será
el 35 aniversario de la muerte de Franco y de la coronación del Borbón; en
2011 celebraremos el 30 aniversario del 23-F (y de cómo el Rey nos salvó)
y el 15 de junio 2012 tendremos de nuevo el 35 aniversario de las elecciones
de 1977 con lo que se reiniciará el ciclo de conmemoraciones redondas.
No pueden dejar de recordarnos ni un año que tenemos lo mejor que podríamos
tener (es decir, no vale la pena esforzarnos en tener nada mejor) gracias a
un periodo de iluminación divina sobre la política española que es
estudiado en todo el mundo. Es curioso que sea estudiado, como nos repiten
hasta la saciedad, en todas partes, pero que en ningún estado más que en
España se haya instaurado ninguna monarquía desde 1975: no parece que
todos los aspectos de esa transición sean deseables para tantos imitadores.
La sacralización del Régimen de la Transición es utilísima para todo el
conservadurismo pues impide debatir los anhelos democráticos que podamos
manejar una porción de la sociedad (la aspiración a la III República es
el más notable) y nos evita solucionar problemas que dejó abiertos el
proceso de hace treinta años: el problema territorial, que exigirá en algún
momento la consecución de un estado federal, no se resuelve por una
configuración abierta y conflictiva como es la autonómica. Cada vez que
hay propuestas mínimamente audaces que puedan ir contra la voluntad de los
sectores más inmovilistas de nuestra política siempre aparece como espada
de Damocles la ruptura-de-los-consensos-de-la-transición:
ruptura que es la puerta de entrada a los infiernos.
Ni una crítica, ni una revisión. Del mismo modo que en Navidad no se
menciona la inexistencia de Dios, en cada uno de estos aniversarios hay que
loar a los padres de la patria y seguir guardando las miserias debajo de la
alfombra. El año que viene, más.