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¿Qué España queremos?

Francisco Ubierna Ubierna 12 de Febrero de 2007

Este país tiene silicosis, o más bien “policosis”, por la alta contaminación política en su atmósfera convivencial. Responsables políticos y agentes mediáticos generan en su quehacer cotidiano demasiada manipulación y agresividad, y así el hábitat social se degrada. Y todos lo percibimos y lo padecemos. ¿Por y para qué revolver y enfangar las aguas? 

Franco murió en su cama con la dictadura en pie, en una España en la que su economía requería ya mercados más amplios y en la que las fuerzas sindicales y políticas perseguidas reclamaban en la calle, con amplios apoyos, aunque no mayoritarios,  libertad y derechos sociales, y en la que, por todo ello,  los dirigentes y organizaciones más influyentes y con mayor visión de futuro asumieron como objetivo prioritario, a medio plazo, el ingreso de España en la Europa del Mercado Común, que en su hoja de ruta establecía como paso previo y primero: democracia. 

Dar ese paso conllevó, necesariamente, conciliar intereses políticos, sociales e institucionales, en ciertos casos sólo de presencia y, por lo tanto, de supervivencia, entre los reformistas del franquismo y sus opositores, entre sus instituciones, principalmente el Movimiento Nacional, el Ejército y la Corona, y la llamada Platajunta -mesa de los partidos políticos democráticos pero no legales- y entre fuerzas sociales acomodadas en la dictadura -Iglesia y empresarios- y las marginadas y represaliadas por ella ‑organizaciones de trabajadores singularmente-. El resultado, con el aval del consenso, fue la Transición Democrática y su primera plasmación la vigente Constitución de 1978. 

Puede especularse que aún con esos mismos contendientes el balón pudiera haberse jugado por los partidos democráticos de distinta manera para obtener, para su causa, un tanteo mejor. Gol arriba o gol abajo, en portería propia o en la contraria, ahí quedó el marcador. Con la perspectiva de casi treinta años pasados, cabe concluir que el objetivo se logró: España se incorporó a la Europa comunitaria y ello ha reportado un importante desarrollo económico en nuestro país; y también puede afirmarse que de aquellas circunstancias en el arranque democrático se han derivado condicionantes limitativos, como: excesiva partitocracia, interdependencia de los distintos poderes del Estado e  inconsecuente memoria política. 

¿Se imaginan en Alemania una calle, colegio de primaria u hospital estatal con el nombre de Hitler o Rudolf Hess? Pues en ciudades importantes españolas podrán encontrarlos dedicados a Franco y sus generales golpistas, con el agravio de que las víctimas de la dictadura franquista no se han visto reconocidas plena y públicamente ¿Tiene alguna lógica democrática y legal que ahora se abra un procedimiento judicial a Ibarretxe por entrevistarse con HB y no se haya hecho antes con quienes -González, Aznar, Rovira y Zapatero- se han reunido con ETA, por sí o por medio de sus delegados? ¿En la Unión Europea, conseguiría otra cosa que no fuera la condena cívica y democrática un partido político que, a modo del PP en España, utilizara un tema cardinal de Estado, como lo es el terrorismo, para erosionar en la calle al Gobierno de su país, y con la bandera nacional de pancarta? Aunque los españoles nos hemos dado prisa en el camino democrático todavía hay distancias respecto a la vieja Europa. 

Distancias a acortar y problemas estructurales y de convivencia política a resolver representan hoy nuestro reto. De los diversos problemas, dos son nucleares: a) La Constitución, que al establecer la elección de los poderes ejecutivo y judicial, en buena medida, por el legislativo, y éste por listas cerradas partidarias, condiciona la independencia de los distintos poderes y minoriza el valor de la participación electoral de los ciudadanos, y que, por otra parte, al discriminar en positivo a las Comunidades Autónomas, en función de sus mayores competencias atribuidas, crea un estímulo añadido para ampliar cada vez más las mismas en detrimento de las del Estado y con riesgo lógico de potenciar así las reivindicaciones secesionistas; b) violencia en Euskadi y, en menor medida, en Navarra.   

Han transcurrido treinta años desde el inicio de la Transición, y la sociedad española, y el mundo, ha cambiado más que durante los cien años anteriores. Una nueva generación llega a la dirección política y de los negocios. Hemos pasado de emigrar en gran número a acoger, por necesidades de nuestra economía, a cuatro millones de inmigrantes. ¿Quién puede dudar de que son convenientes cambios para resolver serios conflictos, adaptarnos a la nueva situación social y ganar en participación democrática y eficiencia gestora en los asuntos públicos? ¿Y quién puede sustraer a las nuevas generaciones el que se pregunten y respondan sobre qué España queremos? 

Nos hemos ganado no tener ya que hablar y negociar sobre el Estado con voz contenida y ánimo encogido entre ruidos de sables. Sabemos que no conviene dejar sólo a los partidos el debatir y resolver sobre lo fundamental del Estado y su organización. A todos los ciudadanos nos competen, y mucho, tales cuestiones. La Constitución no es una reliquia inmaculada, sino la Ley más importante para el buen gobierno y por ello susceptible de tantas modificaciones como sean  precisas para tal fin. Y hay que debatir serenamente todos y de todo ello. De un Estado federal o confederal, que unos proponen, de una limitación del Estado autonómico, que desean otros, o de un Estado solidario, descentralizado y cooperativo que nos gustaría a algunos. De la separación efectiva de poderes. De la potenciación de las funciones de control y fiscalización para responder a la creciente corrupción. De la discriminación en el acceso a la Jefatura del Estado. De un Senado caro y poco útil. Hay que dialogar para convencer y decidir democráticamente. De eso se trata. Y el hacerlo no es más riesgo que el obviarlo.

Pero la violencia no puede tener la palabra ni con ella puede hablarse. Los vascos deben superar añoranzas de carlistadas de boina y fusil, con el rechazo pleno del terrorismo. Si HB quiere palabra y silla democráticas tiene que decir no a ETA o ésta a toda violencia. Y convencer previamente de que no hay trampa. Lo que les va a ser harto difícil por lo muy desacreditados que están al respecto por meritos propios y trágicos. Con la palabra y la democracia todo puede ser posible excepto irse de casa y querer llevarse la habitación sin permiso de los padres, de la comunidad, en este caso toda España, que, por cierto, no es una propiedad de los patrioteros, sino territorio y organización social, cultural, económica y política del Estado democrático de todos los españoles, que lo será más cuando la violencia y la discriminación no tengan justificación, cobertura o amparo legal o real alguno. 

 

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