Algo así han hecho los medios de comunicación (si ha habido alguna excepción
la desconozco, aunque es cierto que los medios escritos han puesto menos
empeño en su objetivo): han hecho todo lo posible para que los mil o dos
mil jóvenes más manipulables de la Comunidad de Madrid acudieran a Alcorcón
a armarla. Así, tenían garantizadas las imágenes espectaculares de la
semana (no sabían que iba a nevar en Almería) y luego podían hacer unas
bellas reflexiones del tipo '¿Qué le pasa a nuestra juventud?', '¿Tenemos
un problema de racismo?' '¿No es extraño que no surja un partido de
extrema derecha habiendo latinoamericanos violentos y españoles
enfadados?', a las que se añaden los monólogos
miserables de uno de los hombres que escribían demasiado.
En algún programa de noticias vi que entrevistaban a un chaval y le
preguntaban por qué se manifestaba: el chico se quedó en blanco y un amigo
suyo más despierto (y con madera de tertuliano) le sopló 'Por
Alcorcón' y en menos de un segundo el entrevistado asumió muy
convencido su discurso 'Por Alcorcón',
dijo mirando a cámara poniendo su perfil bueno. No, chaval, daban ganas de
decirle, tú te manifiestas porque te lo han dicho en la tele: no pasa nada,
pero es así, no nos engañes. En otro medio (esta vez era la radio) lo
dijeron claramente: 'Probablemente esto no
hubiera durado tanto si no hubiera tanta presencia de medios de comunicación'.
La noticia del sábado en Alcorcón no fue ningún conflicto interétnico
(que parece el oscuro objeto de deseo de algunos medios de comunicación aquí
como en Francia), sino una escenificación del poder de la prensa para
moldear conductas; y de su hipocresía a la hora de criticar esas conductas.