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presencia. Juan Carlos «El Rey» |
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La plácida extorsión José L. Chamizo UCR 24 de Noviembre de 2007 La extorsión como método para obtener beneficios, por lo general siempre económicos, no es una práctica inventada por los del “impuesto revolucionario”. Ya se utilizaba, y no precisamente en el norte de España; sino en el sur, y más concretamente en la frontera con Gibraltar desde Enero de 1943 hasta Junio de 1969 (fecha del cierre de la misma). Esta extorsión o chantaje lo aplicaba el propio Estado español, a modo de “impuesto gansteril”. Algo parecido a la “protección” que en los años treinta se obligaba a pagar en Chicago para que las propiedades de los afectados, por tan singular colecta, estuviesen a salvo. Intentaré explicar de qué manera se llevaba a la práctica tan repugnante conducta. Aunque después de todo lo que se viene escuchando últimamente, no sé si considerar esta extorsión dentro de las “bondades” que para algunos tuvo el “franquismo”. En el diario El País del pasado día dieciséis el Sr. Mayor Oreja, eurodiputado del PP y exministro de Interior, se despachaba a gusto sobre el tema. Llegó a decir, entre otras cosas, que el franquismo “era una situación de extraordinaria placidez”. Para poder entrar a trabajar en Gibraltar se necesitaba un documento llamado “pase” que se gestionaba en las dependencias de la Delegación de Frontera, edificio situado en las proximidades de la misma, y cuya máxima autoridad era un coronel del ejército. En el trámite del “pase” se exigía un certificado, a modo de contrato, expedido por el patrono gibraltareño indicando el salario semanal que abonaría al trabajador. Una vez concedido el “pase”, éste se entregaba al trabajador junto con el “libro de cambio”. Los viernes eran los días de cobro en Gibraltar. Los trabajadores tenían que cambiar a pesetas, en las oficinas que el Banco de España tenía en la frontera, una cantidad de libras correspondiente al 80% de su salario, presentando para ello el “libro de cambio” en el que estaba impreso el número de libras que tenía que cambiar y que correspondía con ese 80%. Ésta cantidad la calculaba la Delegación de Fronteras con el certificado de contratación del patrono gibraltareño. El “libro” tenía una duración de seis meses, repartido en hojas semanales. Los mismos meses en los que el “pase” mantenía su vigencia. Para la renovación de éste era imprescindible presentar el “libro” con todas sus hojas selladas por el Banco de España, justificando así que todos los cambios semanales de libras a pesetas se habían realizado. Hasta aquí podría parecer que todo se limitaba a una colaboración, aunque ésta fuese “aconsejada”, a la entrada de divisas en el Banco emisor. Pero la realidad era otra, y esa realidad suponía la extorsión, el chantaje o lo que he llamado el “impuesto gansteril”. Las libras que obligatoriamente se tenían que cambiar cada semana el Banco de España se las pagaba a los trabajadores, con una elevada dosis de “bondad”, a la mitad de su precio oficial (operación aritmética muy simple: Si el cambio oficial de la libra estaba a 100 pesetas, al trabajador le daban sólo 50 pesetas por cada una de las libras que estaba obligado a cambiar). Sí; así era, aunque hoy no se pueda entender semejante atropello llevado a la práctica por el propio Estado con la complicidad de la CONS (Central Obrera Nacional Sindicalista), versión del Sindicato Oficial para los Trabajadores Españoles en Gibraltar, cuyos dirigentes eran, como no podía ser de otra forma, funcionarios del Régimen. Eso sí, toda esta operación bancaria la realizaban con extraordinaria placidez, de lo que doy fe porque siempre que podía esperaba a mi padre a la salida de la Aduana y yo era el que me ponía en la cola de las oficinas del Banco para realizar el cambio y evitarle a él soportar esas horas de pie después de su jornada de trabajo y en una explanada desprovista de cualquier protección tanto para el calor del verano como para el frío y la lluvia del invierno. Esta era una práctica que realizaban muchos familiares de los trabajadores. Había semanas que por gastos imprevistos no se realizaba el cambio obligatorio y poder con ello disponer de algunas pesetas más para hacer frente a los mismos. Eso traía consigo que las hojas del “libro de cambio” de esas semanas no estaban selladas por la oficina del Banco, lo que suponía no poder renovar el “pase” en su momento y perder el puesto de trabajo. Cuando esta situación se daba, aparecía el grupo de mafiosos que se hacía cargo del “libro de cambio”, aportaba las libras necesarias y utilizando sus contactos conseguía el sellado de las hojas que faltaban. Todo esto suponía para el trabajador, además de la pérdida oficial establecida por cada libra, un coste brutal en forma de “intereses” que durante semanas tenía que ir pagando a los mafiosos. No le quedaba otra salida si quería conservar su puesto de trabajo. Los avances que estos últimos años se han venido realizando para actualizar las pensiones y abonar los atrasos que venían arrastrando por los comportamientos de los gobiernos británico y gibraltareño –avances sin lugar a dudas muy positivos- no son más que calderilla si los comparamos con el expolio a que fueron sometidos por su propio Gobierno durante veintiséis años. Sólo un miserable o ignorante podría apreciar placidez en estas conductas, y el Sr. Mayor Oreja no tiene nada de ignorante. Por mucho que se lo proponga nunca podrá caer más bajo. Su des-facha-tez no tiene precio. .
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