Alameda,
5. 2º Izda. Madrid 28014 Teléfono:
91 420 13 88 Fax: 91 420 20 04
|
|
El patriotismo de la derecha
Ramón Cotarelo
Hace unos días prometí postear sobre el asunto de las banderas, la
rojigualda frente a la tricolor. He aquí el post.
El
PP contestó que si la rojigualda y la Marcha Granadera (Marcha Real) son símbolos
de todos, todos podemos utilizarlos,
e invitando a la izquierda a hacer otro tanto. La respuesta pone a ésta en un
brete. Efectivamente, la izquierda había aceptado la constitucionalización
de estos símbolos como uno de los precios que pensó había de pagar por una
transformación de la dictadura franquista en un régimen democrático. Relegó
sus banderas (incluida la tricolor), relegó sus himnos (incluido el de Riego)
y aceptó lxs de lxs vencedorxs en la guerra civil por amor de la concordia y
en el entendimiento tácito de que, al tratarse, como se trata, de símbolos
identificados con la más odiosa y sangrienta tiranía de la historia de España,
la derecha, acomplejada por su pasado, directa beneficiaria de la dictadura,
no los exhibiría y la cosa quedaría en la penumbra. España sería un país
que luciría poco su bandera y entonaría aun menos su himno nacional.
Esta
peculiar situación, que afectaba incluso al empleo del término España,
sustituido por Estado español, permitió y alentó la proliferación
de símbolos de las nacionalidades perseguidas por el franquismo, unas
banderas y unos himnos que traían la connotación positiva del martirio,
frente a los símbolos españoles, identificados con la opresión y la
persecución. Y ello hasta que la derecha, viendo que no había nada que temer
del triunfo aplastante del PSOE en 1982, comenzó a recuperar su viejo estilo,
autoritario, impositivo y nada democrático. Por fin, crecida con las dos
legislaturas del exfalangista señor Aznar, caliente por haber perdido el
poder en la elecciones del 14 de marzo de 2004 y no reconociendo como legítimo
el resultado, ha pasado al ataque, esgrimiendo los símbolos que vuelve a
considerar suyos, como en 1936 y en son de guerra, también como en 1936.
La
izquierda queda descolocada y no sabe cómo reaccionar. La derecha ha roto el
"pacto tácito" de no airear mucho los emblemas del oprobio. ¿Qué
hacer ahora? ¿Envolverse en la rojigualda y entonar esa birria que es la
"Marcha Real"? Por si alguien lo había olvidado, ahí va la letra
que alguien compuso durante la Dictadura para ese pintoresco himno que jamás
la tuvo:
"Pero hombre, caramba/qué cara tan estúpida que tiene Vd.;/parece un animal./Bruto, zopenco, cernícalo, podenco;/cualquier día de estos va Vd. a rebuznar."Así no iremos muy lejos y seremos muchxs, seguramente, quienes pasemos de cantar el himno con esa letra para nuestro coleto a hacerlo a pulmón pelado si vuelven las imposiciones. Entonces, ¿qué? ¿Reclamar la vuelta a nuestras banderas e himnos, cada cual el/la suyx: la tricolor, el himno de Riego, la bandera roja, la negra, la rojinegra, la Internacional, la Varsoviana? La izquierda tiene miedo a esa posibilidad porque piensa que será la manera más segura de perder las elecciones. Entonces, ¿qué hacer?
En
primer lugar, un poco de memoria.
Tras
algún tiempo de duda y vacilación, lxs sediciosxs sublevadxs contra el
gobierno legítimo de la II República decidieron enarbolar la bandera e
interpretar el himno de lxs Borbones. (Acerca
del carácter nacional del Himno de Riego, anterior a la "Marcha
Granadera" y sobre la raíz popular de la bandera tricolor pueden
consultarse documentadas exposiciones en Izquierda
Republicana y España
Roja). Es decir, frente al himno de Riego (el verdadero
nacional) y la bandera de la República (bajo cuyos colores se sublevaron los
fascistas y reaccionarios en un primer momento) se alzaron unos símbolos
facciosos con pretensión de imponérselos a lxs demás.
que hicieron lxs levantadxs en armas al ganar la guerra, tratar al país como
un territorio conquistado y ocupado por su propio ejército, dividiéndolo
entre vencedorxs y vencidxs, una raya divisoria que jamás se borró pues la
Dictadura siguió conmemorando su "victoria" con un desfile militar
anual que durante muchos años se llamó así, "desfile de la
victoria". Ese desfile pasó a llmarse muchos años después
"desfile de la paz", pero desfile militar siguió siendo y para
conmemorar lo mismo. Curiosamente, fueron lxs vencidxs quienes empezaron a
hablar de "reconciliación nacional". Los vencedores, jamás; jamás
mostraron un ápice de magnanimidad y el tirano murió asesinando a sus
compatriotas, como había vivido. Todavía al día de hoy, el arco de La
Moncloa, como puede verse en la foto (tomada por mí en 2006), para vergüenza
general, sigue llamándose Arco de la Victoria.
Los símbolos de lxs
vencedorxs, la bandera, el himno, el saludo fascista y la iconografía
nacional-católica (el corazón de Jesús, los crucifijos), se impusieron manu
militari no solamente en los cuarteles,
centros de enseñanza, hospitales, campos de concentración y cárceles (en
las que lxs presxs políticxs, decenas de miles, tenían que asistir
obligatoriamente a misa, levantar el brazo a la romana, cantar los himnos
fascistas y saludar a su bandera), sino también en la vida civil, en la
calle, en los cines, por doquier. Y ¡ay de quien no mostrara suficiente
vehemencia en la adhesión a aquella simbología criminal! No se les podía
ocultar a lxs vencedorxs en la contienda que un trágala tan continuo, abusivo
e inhumano, acabaría provocando una reacción de rechazo visceral entre lxs
vencidxs y lxs neutrales a toda aquella parafernalia obligatoria. Pero les
importaba un rábano. Habían ganado la guerra y administraban la victoria
como imposición y venganza, hasta el último día de la muerte del
delincuente que puso en pie aquel régimen tiránico. Hasta el último día
hubo que soportar unos símbolos que lo eran de la ilegalidad, el golpismo, la
persecución, la tortura y el asesinato como si fueran símbolos
"nacionales", o sea, de todxs.
Llegó después la
transición,
aquel acuerdo tan complicado y difícil en el que nadie consiguió imponer sus
criterios por entero, en el que todxs cedieron algo (por supuesto, unxs más
que otrxs, como siempre) para salir de una situación absurda, vergüenza de
las naciones civilizadas del planeta, de un país relativamente moderno
gobernado por un militarote con los procedimientos habituales en los
cuarteles, sin libertades civiles ni derechos políticos y con una población
compuesta por treinta y tantos millones de súbditxs, pero no de ciudadanxs.
Y, en ese acuerdo general que posibilitó que un sistema despótico, sostenido
en el ejército y la policía política, dejara paso a otro democrático y de
libertades de modo pacífico, los símbolos ocuparon un puesto decisivo.
Pero de eso hablaré mañana, para no eternizarme hoy.
En
el post de ayer me quedé en la importancia de los símbolos en la transición.
Antes de seguir adelante, me gustaría subrayar un aspecto de la visión que
los franquistas tenían de España y que ayudará a entender lo que ha pasado
después. Dije que los fascistas gobernaron el país como si fuera tierra
conquistada y trataron a la gente como población sometida. Lxs españolxs no
tenían derechos. Es más, si eran "rojxs", ni se lxs consideraba
españolxs. "Rojxs" era término que abarcaba a todxs aquellxs,
republicanxs, socialistas, anarquistas, comunistas o nacionalistas que se
hubieran mantenido leales al Gobierno de la República. España eran ellxs,
envueltxs en la bandera excluyente; lxs demás no sólo no eran "españolxs",
sino que constituían la "anti-España". Eso de la anti-España era
una típica estupidez de los fascismos de la época ("nunca
extrañéis que un bruto se descuerne luchando por su idea", decía
Antonio Machado) , que repiten sus
herederxs intelectuales probablemente pensando que innovan algo. Quien quiera
comprobarlo, que vaya al artículo de hoy de Isabel Durán en Libertad
Digital, titulado, precisamente, Aritmética
de la anti España. Donde se lee lo
siguiente: "Esta es la balumba del Gabinete ZP, un Gobierno anticlerical,
antiamericano y antiespañol". ¿Cómo van a condenar el el franquismo el
PP y sus partidarios si siguen en su universo conceptual?
el PCE vio la posibilidad de crear una organización de masas que dirigir
desde dentro y así nació Izquierda Unida, con una imagen predominante
frente a la cual la tradicional iconografía comunista se ha hecho casi
invisible.
izquierda, pues, perdió sus referentes simbólicos. El puño y la rosa, que
los socialistas copiaron a sus compañeros franceses nunca ha pasado de ser
una especie de logo. Y esa pérdida se hizo en provecho de otros referentes de
los que la izquierda había estado excluida por la violencia y de los que
seguiría estándolo pues la derecha, en cuanto pudo, volvió a utilizar sus símbolos
como ariete de confrontación, separación y persecución.
Asi
lo hizo con su habitual arrogancia y prepotencia el señor Aznar cuando,
siendo presidente del Gobierno
y
habiendo visitado la ciudad de México, vino tan impresionado de la bandera
que ondea en la plaza del Zócalo en México D.F. que decidió imitarla,
plantando otra de iguales dimensiones en la Plaza de Colón, como una
provocación que la izquierda no se ha atrevido a quitar.
¿Por qué provocación? ¿Por qué señalar que la izquierda no se ha atrevido a quitarla? Porque esa bandera (como el himno) siguen siendo los elementos simbólicos vertebradores de un régimen tiránico, que expulsó, torturó, encarceló y fusiló a media españa sin que, como decía más arriba, sus patrocinadores pidieran jamás perdón y sin que sus herederos políticos e intelectuales lo hayan condenado; pero, eso sí, piden que Batasuna condene la violencia de ETA.
Es
la derecha la que ha roto el pacto tácito de la transición en casi todos sus
puntos especialmente en lo atingente a los símbolos. La permanente acusación
a la izquierda de haber roto el consenso de la transición no es más que otra
muestra de la estrategia del espejo: rompen y acusan a lxs demás de romper;
avasallan e insultan y acusan a lxs demás de hacerlo; atacan las normas de
convivencia y sostienen que son lxs otrxs lxs que lo hacen.
En este asunto de los símbolos piensa la derecha haber encontrado un punto débil de la izquierda, viene dispuesta a explotarlo, y es obvio que tiene razón. Como está el país de sensibilizado en relación a este asunto, mostrarse relativista en cuanto a los símbolos sacrosantos puede constar muy caro a la izquierda en el plano electoral.
Este cálculo no influye al redactor de este blog, razón por la cual, acatando lo que dice la Constitución sobre la bandera, sigue teniendo por suya la tricolor, que es inclusiva y no la rojigualda, que es exclusiva. Así debiera suceder con la izquierda política. El miedo a perder las elecciones, al admitir que el tema nacional es crucial en el debate, hace que la izquierda no tenga discurso alternativo al de la derecha. Y, sin embargo, debiera tenerlo. Debiera ser capaz de decir que, diga lo que diga la Constitución (que, por cierto, se puede reformar) su bandera no puede ser la rojigualda en tanto no haya una condena explícita del franquismo en el Parlamento español y por todos los grupos. Y esa condena debe ir acompañada de una Ley de Memoria Histórica que merezca nombre de tal y no esa chapuza timorata que el Gobierno ha presentado como proyecto. Es el appeasement, que tanto cita y tanto desconoce el señor Aznar. Más vale ponerse una vez amarillo que veinte colorado.
Mi decisión está clara: mi bandera es la tricolor, y no por ello soy menos español que los de la rojigualda. En cuanto a patriotismo, está claro que no se pueden comparar la muy española tricolor y esa rojigualda que prevaleció en la guerra con la ayuda de italianos, alemanes y moros y cuyos exhibidores hoy día se sienten orgullosxs de estar al servicio de los Estados Unidos. Véase, si no, cómo para la señora Durán es tan vituperable ser "antiespañol/a" como ser "antiamericanx", mamita mía. Por supuesto, quiere decir "antiestadounidense".
Cuando algún presidente del Gobierno de izquierdas de mi país renuncie a
su puesto en el Consejo de Estado de España para ser empleado de un magnate
australiano de la Comunicación y vocal de un consejo de asesores de otros
magnates o políticos estadounidenses (en el muy improbable caso de que se
distingan) que vengan a hablarme de patriotismo.