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El patriotismo de la derecha 

Ramón Cotarelo 

cotarelo.blogspot.com

Hace unos días prometí postear sobre el asunto de las banderas, la rojigualda frente a la tricolor. He aquí el post.

En la manifa de la derecha en contra del Gobierno del pasado 3 de febrero pudieron verse muchas banderas rojigualdas; algunas, como se aprecia en la foto, con el águila de San Juan, que ornaba la bandera franquista. También se vio alguna bandera roja con la hoz y el martillo (reproduzco la foto de La Fragua), pero esa es otra historia que ya traté en el correspondiente post del 5 de febrero, titulado ¿De qué iba la manifa del sábado? El caso es que la omnipresencia de la bandera rojigualda, llamada "nacional" y, sobre todo, el hecho de que, al final de la jamboree derechista se interpretara el también llamado "himno nacional", esto es, la Marcha Real Española, desató las críticas de la izquierda, especialmente del PSOE, que acusaba al PP, alma de la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT), convocante del acto, de apropiarse de los símbolos de todos para actos "partidistas".
 

El PP contestó que si la rojigualda y la Marcha Granadera (Marcha Real) son símbolos de todos, todos podemos utilizarlos, e invitando a la izquierda a hacer otro tanto. La respuesta pone a ésta en un brete. Efectivamente, la izquierda había aceptado la constitucionalización de estos símbolos como uno de los precios que pensó había de pagar por una transformación de la dictadura franquista en un régimen democrático. Relegó sus banderas (incluida la tricolor), relegó sus himnos (incluido el de Riego) y aceptó lxs de lxs vencedorxs en la guerra civil por amor de la concordia y en el entendimiento tácito de que, al tratarse, como se trata, de símbolos identificados con la más odiosa y sangrienta tiranía de la historia de España, la derecha, acomplejada por su pasado, directa beneficiaria de la dictadura, no los exhibiría y la cosa quedaría en la penumbra. España sería un país que luciría poco su bandera y entonaría aun menos su himno nacional. Esta peculiar situación, que afectaba incluso al empleo del término España, sustituido por Estado español, permitió y alentó la proliferación de símbolos de las nacionalidades perseguidas por el franquismo, unas banderas y unos himnos que traían la connotación positiva del martirio, frente a los símbolos españoles, identificados con la opresión y la persecución. Y ello hasta que la derecha, viendo que no había nada que temer del triunfo aplastante del PSOE en 1982, comenzó a recuperar su viejo estilo, autoritario, impositivo y nada democrático. Por fin, crecida con las dos legislaturas del exfalangista señor Aznar, caliente por haber perdido el poder en la elecciones del 14 de marzo de 2004 y no reconociendo como legítimo el resultado, ha pasado al ataque, esgrimiendo los símbolos que vuelve a considerar suyos, como en 1936 y en son de guerra, también como en 1936. La izquierda queda descolocada y no sabe cómo reaccionar. La derecha ha roto el "pacto tácito" de no airear mucho los emblemas del oprobio. ¿Qué hacer ahora? ¿Envolverse en la rojigualda y entonar esa birria que es la "Marcha Real"? Por si alguien lo había olvidado, ahí va la letra que alguien compuso durante la Dictadura para ese pintoresco himno que jamás la tuvo:

"Pero hombre, caramba/qué cara tan estúpida que tiene Vd.;/parece un animal./Bruto, zopenco, cernícalo, podenco;/cualquier día de estos va Vd. a rebuznar."
Así no iremos muy lejos y seremos muchxs, seguramente, quienes pasemos de cantar el himno con esa letra para nuestro coleto a hacerlo a pulmón pelado si vuelven las imposiciones. Entonces, ¿qué? ¿Reclamar la vuelta a nuestras banderas e himnos, cada cual el/la suyx: la tricolor, el himno de Riego, la bandera roja, la negra, la rojinegra, la Internacional, la Varsoviana? La izquierda tiene miedo a esa posibilidad porque piensa que será la manera más segura de perder las elecciones. Entonces, ¿qué hacer?


En primer lugar, un poco de memoria. Tras algún tiempo de duda y vacilación, lxs sediciosxs sublevadxs contra el gobierno legítimo de la II República decidieron enarbolar la bandera e interpretar el himno de lxs Borbones. (Acerca del carácter nacional del Himno de Riego, anterior a la "Marcha Granadera" y sobre la raíz popular de la bandera tricolor pueden consultarse documentadas exposiciones en Izquierda Republicana y España Roja). Es decir, frente al himno de Riego (el verdadero nacional) y la bandera de la República (bajo cuyos colores se sublevaron los fascistas y reaccionarios en un primer momento) se alzaron unos símbolos facciosos con pretensión de imponérselos a lxs demás. que hicieron lxs levantadxs en armas al ganar la guerra, tratar al país como un territorio conquistado y ocupado por su propio ejército, dividiéndolo entre vencedorxs y vencidxs, una raya divisoria que jamás se borró pues la Dictadura siguió conmemorando su "victoria" con un desfile militar anual que durante muchos años se llamó así, "desfile de la victoria". Ese desfile pasó a llmarse muchos años después "desfile de la paz", pero desfile militar siguió siendo y para conmemorar lo mismo. Curiosamente, fueron lxs vencidxs quienes empezaron a hablar de "reconciliación nacional". Los vencedores, jamás; jamás mostraron un ápice de magnanimidad y el tirano murió asesinando a sus compatriotas, como había vivido. Todavía al día de hoy, el arco de La Moncloa, como puede verse en la foto (tomada por mí en 2006), para vergüenza general, sigue llamándose Arco de la Victoria.

Los símbolos de lxs vencedorxs, la bandera, el himno, el saludo fascista y la iconografía nacional-católica (el corazón de Jesús, los crucifijos), se impusieron manu militari no solamente en los cuarteles, centros de enseñanza, hospitales, campos de concentración y cárceles (en las que lxs presxs políticxs, decenas de miles, tenían que asistir obligatoriamente a misa, levantar el brazo a la romana, cantar los himnos fascistas y saludar a su bandera), sino también en la vida civil, en la calle, en los cines, por doquier. Y ¡ay de quien no mostrara suficiente vehemencia en la adhesión a aquella simbología criminal! No se les podía ocultar a lxs vencedorxs en la contienda que un trágala tan continuo, abusivo e inhumano, acabaría provocando una reacción de rechazo visceral entre lxs vencidxs y lxs neutrales a toda aquella parafernalia obligatoria. Pero les importaba un rábano. Habían ganado la guerra y administraban la victoria como imposición y venganza, hasta el último día de la muerte del delincuente que puso en pie aquel régimen tiránico. Hasta el último día hubo que soportar unos símbolos que lo eran de la ilegalidad, el golpismo, la persecución, la tortura y el asesinato como si fueran símbolos "nacionales", o sea, de todxs.

Llegó después la transición, aquel acuerdo tan complicado y difícil en el que nadie consiguió imponer sus criterios por entero, en el que todxs cedieron algo (por supuesto, unxs más que otrxs, como siempre) para salir de una situación absurda, vergüenza de las naciones civilizadas del planeta, de un país relativamente moderno gobernado por un militarote con los procedimientos habituales en los cuarteles, sin libertades civiles ni derechos políticos y con una población compuesta por treinta y tantos millones de súbditxs, pero no de ciudadanxs. Y, en ese acuerdo general que posibilitó que un sistema despótico, sostenido en el ejército y la policía política, dejara paso a otro democrático y de libertades de modo pacífico, los símbolos ocuparon un puesto decisivo.

Pero de eso hablaré mañana, para no eternizarme hoy.

El patriotismo de la derecha (II).

En el post de ayer me quedé en la importancia de los símbolos en la transición. Antes de seguir adelante, me gustaría subrayar un aspecto de la visión que los franquistas tenían de España y que ayudará a entender lo que ha pasado después. Dije que los fascistas gobernaron el país como si fuera tierra conquistada y trataron a la gente como población sometida. Lxs españolxs no tenían derechos. Es más, si eran "rojxs", ni se lxs consideraba españolxs. "Rojxs" era término que abarcaba a todxs aquellxs, republicanxs, socialistas, anarquistas, comunistas o nacionalistas que se hubieran mantenido leales al Gobierno de la República. España eran ellxs, envueltxs en la bandera excluyente; lxs demás no sólo no eran "españolxs", sino que constituían la "anti-España". Eso de la anti-España era una típica estupidez de los fascismos de la época ("nunca extrañéis que un bruto se descuerne luchando por su idea", decía Antonio Machado) , que repiten sus herederxs intelectuales probablemente pensando que innovan algo. Quien quiera comprobarlo, que vaya al artículo de hoy de Isabel Durán en Libertad Digital, titulado, precisamente, Aritmética de la anti España. Donde se lee lo siguiente: "Esta es la balumba del Gabinete ZP, un Gobierno anticlerical, antiamericano y antiespañol". ¿Cómo van a condenar el el franquismo el PP y sus partidarios si siguen en su universo conceptual?

Pero volvamos a la narrativa. El punto neurálgico de la transición fue la legalización del Partido Comunista de España. Ésta se hizo posible mediante una negociación especial en que el PCE reconocía la monarquía borbónica y sus emblemas. Ese viraje de 180º que Santiago Carrillo impuso a su partido le costó dos escisiones y, en opinión de muchxs, fue el comienzo del final de la histórica formación. No comparto este punto de vista ya que creo que, por muchas otras razones, el PCE estaba condenado a la irrelevancia política. En todo caso, desde entonces, los comunistas han ido perdiendo terreno, sus símbolos distintivos han desaparecido de la escena pública, hasta llegar al momento en que, a raíz de la movilización contra la OTAN en 1986, el PCE vio la posibilidad de crear una organización de masas que dirigir desde dentro y así nació Izquierda Unida, con una imagen predominante frente a la cual la tradicional iconografía comunista se ha hecho casi invisible. izquierda, pues, perdió sus referentes simbólicos. El puño y la rosa, que los socialistas copiaron a sus compañeros franceses nunca ha pasado de ser una especie de logo. Y esa pérdida se hizo en provecho de otros referentes de los que la izquierda había estado excluida por la violencia y de los que seguiría estándolo pues la derecha, en cuanto pudo, volvió a utilizar sus símbolos como ariete de confrontación, separación y persecución. Asi lo hizo con su habitual arrogancia y prepotencia el señor Aznar cuando, siendo presidente del Gobierno y habiendo visitado la ciudad de México, vino tan impresionado de la bandera que ondea en la plaza del Zócalo en México D.F. que decidió imitarla, plantando otra de iguales dimensiones en la Plaza de Colón, como una provocación que la izquierda no se ha atrevido a quitar. 

¿Por qué provocación? ¿Por qué señalar que la izquierda no se ha atrevido a quitarla? Porque esa bandera (como el himno) siguen siendo los elementos simbólicos vertebradores de un régimen tiránico, que expulsó, torturó, encarceló y fusiló a media españa sin que, como decía más arriba, sus patrocinadores pidieran jamás perdón y sin que sus herederos políticos e intelectuales lo hayan condenado; pero, eso sí, piden que Batasuna condene la violencia de ETA.


Es la derecha la que ha roto el pacto tácito de la transición en casi todos sus puntos especialmente en lo atingente a los símbolos. La permanente acusación a la izquierda de haber roto el consenso de la transición no es más que otra muestra de la estrategia del espejo: rompen y acusan a lxs demás de romper; avasallan e insultan y acusan a lxs demás de hacerlo; atacan las normas de convivencia y sostienen que son lxs otrxs lxs que lo hacen.

En este asunto de los símbolos piensa la derecha haber encontrado un punto débil de la izquierda, viene dispuesta a explotarlo, y es obvio que tiene razón. Como está el país de sensibilizado en relación a este asunto, mostrarse relativista en cuanto a los símbolos sacrosantos puede constar muy caro a la izquierda en el plano electoral.

Este cálculo no influye al redactor de este blog, razón por la cual, acatando lo que dice la Constitución sobre la bandera, sigue teniendo por suya la tricolor, que es inclusiva y no la rojigualda, que es exclusiva. Así debiera suceder con la izquierda política. El miedo a perder las elecciones, al admitir que el tema nacional es crucial en el debate, hace que la izquierda no tenga discurso alternativo al de la derecha. Y, sin embargo, debiera tenerlo. Debiera ser capaz de decir que, diga lo que diga la Constitución (que, por cierto, se puede reformar) su bandera no puede ser la rojigualda en tanto no haya una condena explícita del franquismo en el Parlamento español y por todos los grupos. Y esa condena debe ir acompañada de una Ley de Memoria Histórica que merezca nombre de tal y no esa chapuza timorata que el Gobierno ha presentado como proyecto. Es el appeasement, que tanto cita y tanto desconoce el señor Aznar. Más vale ponerse una vez amarillo que veinte colorado.

Mi decisión está clara: mi bandera es la tricolor, y no por ello soy menos español que los de la rojigualda. En cuanto a patriotismo, está claro que no se pueden comparar la muy española tricolor y esa rojigualda que prevaleció en la guerra con la ayuda de italianos, alemanes y moros y cuyos exhibidores hoy día se sienten orgullosxs de estar al servicio de los Estados Unidos. Véase, si no, cómo para la señora Durán es tan vituperable ser "antiespañol/a" como ser "antiamericanx", mamita mía. Por supuesto, quiere decir "antiestadounidense".

Cuando algún presidente del Gobierno de izquierdas de mi país renuncie a su puesto en el Consejo de Estado de España para ser empleado de un magnate australiano de la Comunicación y vocal de un consejo de asesores de otros magnates o políticos estadounidenses (en el muy improbable caso de que se distingan) que vengan a hablarme de patriotismo.

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