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Palmas y pitos

 

Joan Barril

El Periódico 18 de Junio de 2007

 

Por lo visto ayer fue un día importante para los toros. Solo en Barcelona se mataron a seis. Y hubo 19.000 personas que pagaron fortunas para ver esas muertes. Mis amigos que dicen dedicarse a esta supuesta fiesta me aseguran que la muerte del toro es lo de menos y que, en cualquier caso, hay que tener en cuenta que el animal se ha pegado la vida padre antes de llegar a la plaza, lo que llevado al extremo humano haría temblar de terror a Bill Gates, la reina de Inglaterra, el artista porno Rocco Sifredi y tantos personajes que por su esfuerzo o su destino están por encima de las necesidades de la mayoría.
Los toros son una barbaridad que me avergüenza. Ir por el mundo llevando el estigma nacional de esa juerga litúrgica me significa un esfuerzo del que me gustaría prescindir. Creerán que lo que me apena es la suerte del toro. Y no es así, porque estoy escribiendo estas líneas con el recuerdo reciente de un magnífico chuletón. Hay conciudadanos que están contra la fiesta de los toros por unos supuestos derechos de los animales. Yo no creo que los animales tengan derechos. Creo en cambio en los derechos humanos, entre ellos el derecho de hombres y mujeres a no formar parte de una especie que convierte la muerte en un espectáculo de pago. Lo que me apena de verdad es, en definitiva, esa degradación de la muerte como acto público. Una degradación que intenta enaltecerse con palabras mucho más serias tales como cultura. La imagen romántica del joven que, bajo la luz de la luna, entra en la dehesa con su estoque y su muleta para tentar al animal y ser merecedor de la admiración de su amada o de los versos de un poeta no tiene nada que ver con los carísimos aplausos con que se despide el arrastre del animal torturado y los trofeos del torero sobreviviente. La supuesta fiesta de los toros no me hace mejor, más bien me envilece. Y me produce la perplejidad de coincidir con algunos de mis amigos en todo menos en este desencuentro sangriento.
Ayer escuché por la radio a personas que pensaban más o menos lo que yo. Decían que no les gustaban los toros, que en Catalunya no hay afición, que para toros ni los de Osborne. Y acababan pidiendo que se prohibieran los toros.
Y hasta aquí podíamos llegar. Las cosas no son tan simples. Si se quiere combatir a los toros hay que recurrir a argumentos y a razones. Pero estamos embarrados en el tiempo de las prohibiciones fáciles. Lo que no nos gusta, que venga la Administración y que lo prohiba. No es esta la mejor manera de ir avanzando hacia una sociedad tranquila. La prohibición tampoco nos ennoblece. Hay algo más lento y más profundo que va cambiando los rituales sociales. Hace menos de 100 años Barcelona contaba con tres plazas de toros en funcionamiento. Hoy queda un único coso que ayer llenó unas gradas que no se habían llenado desde hace 22 años. Algún retroceso afecta al mundo del toro. Y sin necesidad de prohibiciones y de, nunca mejor dicho, de brindis al sol como lo de considerar a Barcelona una ciudad antitaurina. A mí no me gusta que mi ciudad sea antinada. Y que se intente llegar con la ley allí dónde no se ha llegado con la educación y la persuasión.

Agacharse

El gesto que nos convierte en algo parecido a un sabio es cuando nos ponemos en cuclillas frente a un niño para contarle el mundo que hemos visto y que él todavía no puede ver.

 

 

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