Notas dispersas sobre hipotecas
UNO. No es cierto que
los españoles no ahorren. Los españoles
ahorran más que mucho: muchísimo. Se pasan
buena parte de su vida ahorrando para pagar
su vivienda y, si lo logran en un plazo no
disuasorio, se embarcan a veces en la
adquisición de una segunda residencia en la
playa o en algún paraje que, con
imaginación, pueda considerarse turístico.
También es frecuente que, aprovechándose de
la subida de los precios de los pisos, opten
por vender su primera vivienda, para
adquirir una segunda –más grande y mejor
situada–, financiada en parte con el precio
obtenido por la venta de aquella, más una
segunda y mayor hipoteca. Y también se da el
caso heroico de parejas inasequibles al
desaliento, que repiten la suerte mediante
la venta de su segunda vivienda, para
acceder mediante el mismo procedimiento
(venta más nueva hipoteca) a una tercera
fase que supone para ellos la gloria en
forma de casa adosada. Total, que el
españolito y la españolita que acceden al
mundo laboral y quieren vivir en pareja se
tienen que embarcar –si papá y mamá no se
estiran, porque no pueden o porque no
quieren– en un dilatado y proceloso viaje
hipotecario, que les absorbe buena parte de
sus recursos. Las causas por las que se ha
llegado a esta situación son varias y están
estudiadas: escasez y carestía de los
arrendamientos, desconfianza en otras formas
de inversión, alguna modesta ventaja fiscal…
En cualquier caso, lo cierto es que la
pareja española media está hipotecada hasta
las cachas. Ahorra en piedras; mejor dicho,
en tochos.
DOS.Ha habido cierta alegría hipotecaria por
parte de algunas entidades crediticias. No
insinúo que hayan quebrantado la ley, pero
sí que han llegado hasta el extremo,
financiando al límite a personas con una
situación laboral inestable y con avalistas
cuya solvencia era pareja a la de los
avalados. A estos efectos –lo digo porque
así lo creo– no todas las entidades
crediticias españolas han funcionado con
análogos criterios de prudencia. Las ha
habido digamos que más alegres. Admito que
el sistema financiero es, en su conjunto, de
gran calidad técnica, pero en todas partes
hay sus más y sus menos.
TRES. El problema grave en el mercado inmobiliario no se planteará, si surge, a consecuencia de la subida de los tipos de interés, sino del retroceso en el mercado laboral, de manera que uno de los miembros de la pareja hipotecada pierda su trabajo. Entonces sí que aflorará en muchos casos el problema, porque ya no habrá en el cinturón agujeros bastantes con que apretarse. Muchas familias españolas no podrán pagar la hipoteca y subsistir, si en casa entra un solo sueldo. Recuerdo, en este sentido, que el director de una agencia de una entidad financiera me dijo un día, al término de la firma de una escritura, que lo que mira más la gente, a la hora de embarcarse en un crédito hipotecario para comprar su vivienda, no es el tipo de interés ni las comisiones que se le cobran, sino la seguridad que tiene en la solidez de su puesto de trabajo. Tenga salud y trabajo, piensan los españoles de hoy al liarse la manta a la cabeza. El problema surge cuando falta el trabajo.
CUATRO. El precio desorbitado de la vivienda responde prioritariamente, entre otras causas, a la carestía del suelo urbano. En España no hay escasez de suelo; hay escasez administrativa de suelo, pues el sistema limita artificialmente la oferta y coloca en situación jurídica privilegiada a los titulares de suelo clasificado, lo que otorga a este mercado características de oligopolio. Pero ello no tiene que ser necesariamente así: es la consecuencia de un mal sistema que lleva en sí mismo el germen de la escasez y de la especulación. Un andaluz inteligente dijo que, en materia de suelo, los españoles hemos inventado el capitalismo sin mercado. ¿A quién beneficia esta situación? Primero –ya se ha dicho– a los dueños de terrenos clasificados, y, en segundo lugar, a quienes tienen la llave de la clasificación. De lo que se deriva la necesidad de una nueva ley de financiación de las haciendas locales, para que el suelo deje de ser una de las principales –si no la principal– fuente de financiación de los ayuntamientos. Digan lo que digan y se pongan como se pongan.
CINCO. Las parejas hipotecadas se asemejan a los antiguos siervos de la gleba medievales, es decir, a aquellos labradores que se ocupaban de las tierras de su señor y recibían de este una vivienda y protección, a cambio de entregarle en pago parte de su propia cosecha y satisfacerle otras gabelas. Asimismo, las parejas hipotecadas están amarradas de hecho –poco menos que de por vida– a la finca donde viven, satisfacen mensualmente el canon de unos intereses periódicamente revisados y pagan comisiones por cualquier modificación de su relación con la entidad financiera (nueva disposición, amortización anticipada e, incluso, cancelación de hipoteca). Si bien se piensa, la posición de las entidades financieras se asemeja bastante –sin derecho de pernada– a la de los antiguos señores feudales. Y, al igual que estos, extienden su influencia –basada en su supremacía económica– a todos los ámbitos de negocio, de comunicación y políticos.
SEIS. Atisbar el futuro de una economía es tarea compleja, pero sí cabe señalar –con referencia a España– algunos datos indiscutibles: desempleo ascendente, disminución de las afiliaciones a la Seguridad Social, merma de la recaudación por IVA (que implica una desaceleración del consumo) y deterioro de la confianza de los agentes económicos (según la última encuesta del Instituto de Crédito Oficial). Las conclusiones a extraer de estos datos son a gusto del consumidor.