Alameda,
5. 2º Izda. Madrid 28014 Teléfono:
91 420 13 88 Fax: 91 420 20 04
|
|
|
Hugo Martínez Abarca Blog III República 11 de Octubre 2007 Cuando se supo ayer que ETA había cometido un atentado con la expresa intención de matar a una persona (algo que no sucedía desde hacía muchísimo tiempo) hubo una sensación de hastío: parecía que se iniciaba de golpe un regreso al pasado sin haber hecho recorrido alguno. La bomba de ayer no consiguió matar a Gabriel Ginés, como intentaron quienes la colocaron, pero asegura el camino que intentará recorrer ETA en adelante: el mismo que durante gran parte de su trayectoria, consistente en matar a quienes ellos sentencien a muerte. Pero la situación no es la de hace unos años, para nadie. Ante cada atentado, ante cada movimiento de ETA, uno piensa cómo se acabará algún día con su violencia. Todos, todos (1), sabemos que habrá un final y que en él tendrá que haber un acuerdo. Y esa situación resulta más difícil ahora que nunca. La pasada tregua ha roto al menos con tres puntos de apoyo de todo potencial proceso de paz, lo que hace que el próximo (obviamente habrá alguna vez una próxima ocasión para la paz) sea realmente difícil. Una de esas rupturas se encuentra claramente en ETA. Desde el atentado de la T-4 ya no vale aquello de que ETA mata, pero es de fiar. Recordemos que ETA, y tras ella la izquierda abertzale, pensó que volar con un coche bomba un aparcamiento con o sin personas dentro (en este caso con dos personas dentro) no era una ruptura de una tregua permanente, sino algo así como una llamada de atención. Con ello consigue ETA que en el futuro se le exija algo más que palabras y declaraciones: ¿de qué serviría que ETA declarara, pongamos, una tregua definitiva si ésta es compatible con la colocación de un coche bomba? Al contrario de lo que he defendido en ocasiones la próxima vez, para ser creíble, ETA tendrá que dar pasos concretos y tangibles, como la entrega de armamento, por ejemplo; y cuantas mayores exigencias tenga un proceso de paz, más difícil será su puesta en marcha. Otro elemento del que no queda ni rastro es el mínimo equilibrio entre ETA y la izquierda abertzale. ETA ha demostrado que no le importa un carajo la opinión generalizada en la izquierda abertzale, dirigentes de Batasuna incluidos. Pero también la izquierda abertzale y sus dirigentes han mostrado que no están dispuestos a cobrar el menor protagonismo ante una dinámica armada que muchos de ellos no comparten. En sus orígenes, ETA tenía claro que el brazo armado debía estar a las órdenes del brazo político, porque éste era el que tenía contacto con la realidad social, con la calle, mientras que los dirigentes de ETA viven en una clandestinidad aislada, cuyo análisis no puede ir más allá de la mera estrategia interna. De eso ya no queda nada: los que dirigen el tinglado están encerrados en su círculo y han decidido emprender una huida adelante haya o no camino que recorrer, les da igual. El tercer punto de apoyo que ha saltado por los aires es la presunción de que, aunque por caminos completamente diferentes, todos los ámbitos políticos tenían un objetivo común: la desaparición de la violencia. Durante esta tregua se ha mostrado clarísimamente que había quienes estaban decididos a poner todos los palos en la rueda de un proceso de paz que estuvieran en su mano. Jueces, dirigentes políticos, periodistas, dirigentes de asociaciones,… han puesto lo peor de sí mismos para obstaculizar una posibilidad de paz que tardaremos mucho en volver a tener. ¿Por una cuestión de principios? Pocos años antes, en otro proceso de paz fracasado, ninguno de ellos quiso mostrar su oposición a alcanzar acuerdos, a negociar, a ser generoso, a ceder… Puede que haya una cuestión de principios, pero es sumamente mezquina: o resuelven esto ellos y se pueden llevar las medallas o quien trate de resolverlo es un cómplice del terrorismo, algo que no sucedió por el otro lado en la tregua de 1998, que fue más apoyada por quienes no iban a obtener ningún trofeo que por quienes la gestionaron. Así, se ha abierto una grieta más que resquebraja nuestra sociedad. En esos tiempos a los que parece que volvemos se decía que sólo hay una división: la de los que matan y los que no. Ahora parece que hay más grupos difíciles de conciliar: están, como mínimo, los que matan, la de los que están dispuestos a perder algo para conseguir la paz (cómplices del terrorismo, según nos ha hecho saber el tercer grupo durante toda esta legislatura) y quienes subordinan toda posibilidad de paz a sus intereses privados. Será muy difícil tender puentes en el futuro, especialmente cuando cada vez hay más puentes que tender. Pero no hay otra salida. Para nadie.
|