La Navidad empieza con un sorteo de lotería y termina con otro para cerrar el círculo de la adoración al dinero y al consumo; en medio, todo lo demás. Da igual que sean tiempos de crisis o bonanza económica: las carreteras un carrusel de colores kilométricos con la inevitable ración de vidas dejadas en la cuneta; las ciudades imposibles e intransitables en pleno éxtasis consumista -¿compramos la felicidad?-; las calles atiborradas y absurdamente iluminadas en un desperdicio de energía demencial; las mesas atragantadas de mariscos, pavo o puede que con la ocurrencia del conejo para contribuir a la escalada de precios; la dosis pertinente de alcohol; los regalos, el cuñado insoportable, los besos y abrazos que no daremos el resto del año. La felicidad cierta o no pero aparentada porque lo fija el calendario; la lágrima por el ausente aunque este detestara estas celebraciones.
La Navidad es el tiempo del dispendio en el comer y consumir: regalos, felicitaciones, buenos deseos como si de una inocente idea infantil se tratara contaminada con nostalgias e imposibles. Deseos de paz aunque se repudie el hablar para construir la paz porque ésta se consolida en la imposición; esperanza de un futuro sin guerras, sin torturas, sin terrorismo, sin menosprecio o desprecio a la dignidad y a las libertades de personas y de los pueblos. Buenos deseos entre mazapanes y otras delicias. Cuando el sorteo de navidad y el del niño nos deje sin tan siquiera el consuelo de una pedrea; otra vez pendientes de la nómina para llegar a fin de mes o dispuestos a buscar un empleo mejor retribuido; cuando al día siguiente los juguetes infantiles se amontonen inútiles, estropeados o rechazados, convendremos que todo es un disparate y un exceso. No obstante, las navidades próximas no serán diferentes.