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La muerte y la audiencia

La celda de Jean Valjean 6 de Septiembre de 2007

"Buenas noches, por decir algo", señala el locutor televisivo con cara compungida. Es la apertura del informativo. No lo dijo el día anterior, ni ninguno de la semana pasada. No hubo desaliento ni cara de circunstancias en los últimos 30 días. El informador parece afectado, o eso se empeña en transmitir. Hay en su forma de hablar,  lentitud exagerada, tristeza sobreactuada y un protocolo medio funerario. Parece un torpe vendedor de esquelas. ¿A qué se debe tanta expresión fúnebre? ¿Habrá muerto el dueño de la cadena? ¿Quizá alguno de sus máximos accionistas? No, la víctima mortal es Antonio Puerta, un joven futbolista del Sevilla. Su fallecimiento abre los informativos. Los aficionados le lloran. Ese mismo día Francisco Umbral, periodista y escritor también deja de existir. Y la actriz Enma Penella. Y decenas de miles de africanos. Ah, y un obrero rumano, al que le ha caído encima la caja de un ascensor cerca de mi casa. Los currantes extranjeros caen como chinches en nuestro país, pero la gente no se pone su nombre en la camiseta. No puedo imaginar a los jóvenes sevillanos movilizándose porque un albañil ecuatoriano se ha reventado el cráneo al caerse de un andamio en la calle Sierpes. Los telediarios y los vampiros no se relamen de gusto cuando un obrero de mierda se mata. Ésa es la salsa, si acaso, del minuto macabro de sucesos, que alimenta el morbo de la audiencia de forma puntual en la recta final del informativo, justo antes de los deportes. Tampoco el presentador, ni los afligidos futboleros recuerdan al pequeño que se ahogó con tan sólo 8 años en una piscina, justo a la misma hora que el lateral izquierdo del Sevilla fallecía. "Bah, otro crío ahogado, ya van unos cuantos este verano. Eso no vende", habrá sentenciado el gatekeeper de turno.

¿Ha sido la noticia de la muerte de Puerta un pretexto, una ocasión para los medios o una pira más en el currículum de los periodistas pirómanos? El tratamiento del suceso ha sido un espectáculo bochornoso, sobredimensionado y una nueva demostración del poder de los medios, de su capacidad de influencia. Y vaya si ha sido pésima esta influencia. Se da cuerda al reloj de lo superficial, se vende tristeza al por mayor y se convierte en espectáculo la fatalidad. No deja de sorprenderme la permeabilidad de buena parte de los españoles, prestos y dispuestos a pensar y  actuar a la moda. Se agolpan para formar parte del decorado, por figurar como extras en una superproducción al estilo hollywoodense. La televisión les dicta qué música escuchar, qué libros leer (pocos, la verdad), cómo vestir y ahora a quién llorar, en un ejercicio de cinismo colectivo que amenaza con  convertirse en tradición. Los medios han hecho muerte de la muerte. La de un buen futbolista. Han tratado el asunto como si de un festival del folclore necrológico se tratase, convirtiendo la tragedia de un ser humano en una bomba informativa, en un drama nacional, en un funeral vistoso y viscoso. Y en ese tiempo, otros cuantos currantes de mierda se habrán marchado al otro barrio dejando a la familia sin la renta necesaria para seguir pagando la habitación de alquiler en ese maldito piso compartido con otros compatriotas.


  

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