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Modelos de pena de muerte

Hugo Martínez Abarca

Tercera República

 

Escuché ayer a alguien en la radio (siento no ser preciso, pero realmente no recuerdo quién fue) que los jueces que ayer optaron por mantener a de Juana en prisión lo han condenado a muerte. No estoy de acuerdo: una condena a muerte no es eludible por la voluntad del reo y en este caso podría empezar a comer mañana mismo. La decisión de hacer huelga de hambre puede ser justa, como una reacción política a una sentencia injusta, pero es una decisión de de Juana, que ha decidido que ésta sea su forma de protesta y presión.


A de Juana no se le condenó a muerte ayer, sino el día en que tres jueces decidieron que se podía condenar a una persona por escribir dos artículos a doce años de prisión: da igual lo que esa persona hubiera hecho anteriormente, pues los jueces sólo juzgaban la publicación de esos dos artículos y se supone que en un Estado de Derecho se juzgan los delitos, no a los delincuentes. Y no fue este tribuna el único que plantea condenas a muerte encubiertas: en plena orgía demagógica, el gobierno anterior (con la bendición de la oposición anterior, que lo bendijo casi todo) amplió el límite máximo de prisión a 40 años y eliminó las posibilidades de redención de la pena. Evidentemente los 40 años son sólo para delitos horrendos (¡sólo faltaría!), pero no deja de ser una monstruosidad que, curiosamente, lo defendieron algunos que, con esa ley en la mano no habrían salido de prisión todavía por sus delitos de terrorismo en la época de Franco (y no habrían podido convertirse en propagandistas del caudillo, como ha hecho alguno de ellos). Como los números son demasiado abstractos, pensemos que si ese límite se hubiera aplicado en el pasado, ahora estarían saliendo de prisión quienes entraron el año del asesinato del Che, la Guerra de los Seis Días, el Golpe de los Coroneles en Grecia (que consagra a Felipe de Borbón como una persona con genes golpistas por parte de madre y padre) y, curiosamente, la publicación de Cien años de soledad. Era la época ye-ye y todavía Franco no había encomendado a Juan Carlos que cogiera en el futuro el paquete que él habría dejado atado y bien atado.


Está bien estudiado que la cárcel destruye sicológica y físicamente al preso a partir de los quince años de prisión: pérdida de visión, tumores, enfermedades de huesos, enfermedades siquiátricas... 40 años de prisión, y 30 y 20... son, de hecho, condenas a muerte. Para que nadie me acuse, como siempre, de ningún tipo de complicidad aclaro: no estoy hablando sólo de los etarras, sino que me parecería horrible que 30 años y un día después siguieran en prisión los asesinos de los abogados de Atocha, o que siguiera en prisión el coronel de la Guardia Civil que intentó restaurar la dictadura asesina el 23-F. En ningún caso, un Estado racional, democrático y mínimamente liberal, debe ensañarse con nadie, por canalla que sea.
No estoy diciendo que en 15 años se haya reinsertado nadie. Más allá de la discusión sobre el peligrosísimo concepto de la reinserción, es probable que ninguno de los delincuentes citados hayan salido de la cárcel siendo mejores personas que cuando entraron (hace pocos días vimos a Tejero en el funeral de su colega golpista Pinochet, lo que demuestra que es una persona de principios muy arraigados). No es un problema de cuánto tiempo estuvieron en prisión, sino de las prisiones mismas, que nada tienen que ver con la supuesta vocación de reinserción que se cacarea. Pretendemos estar en tiempos postmodernos y ofrecemos castigos medievales.


Evidentemente las sociedades necesitan mecanismos para evitar que se violen las conductas que la rigen. Pero no está mal intentar que esos mecanismos sean lo menos sanguinarios posibles. ¿Alternativas a las cárceles? He pensado mucho al respecto y confieso que no se me ocurren... Pero tampoco entiendo por qué se me debería ocurrir a mí. Hay sociólogos, sicólogos, antropólogos, filósofos,... que hacen investigaciones muy serias sobre auténticas chorradas. ¿No se merecería la democracia que algunos de estos investigadores más cualificados se pusiera a pensar en alternativas al terror en el que se basa nuestra seguridad? Mi respuesta es obvia. Sí, que se pongan ya mismo.

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