A de Juana no se le condenó a muerte ayer, sino el día en que tres jueces
decidieron que se podía condenar a una persona por escribir dos artículos
a doce años de prisión: da igual lo que esa persona hubiera hecho
anteriormente, pues los jueces sólo juzgaban la publicación de esos dos
artículos y se supone que en un Estado de Derecho se juzgan los delitos, no
a los delincuentes. Y no fue este tribuna el único que plantea condenas a
muerte encubiertas: en plena orgía demagógica, el gobierno anterior (con
la bendición de la oposición anterior, que lo bendijo casi todo) amplió
el límite máximo de prisión a 40 años y eliminó las posibilidades de
redención de la pena. Evidentemente los 40 años son sólo para delitos
horrendos (¡sólo faltaría!), pero no deja de ser una monstruosidad que,
curiosamente, lo defendieron algunos que, con esa ley en la mano no habrían
salido de prisión todavía por sus delitos de terrorismo en la época de
Franco (y no habrían podido convertirse en propagandistas del caudillo,
como ha hecho alguno de ellos). Como los números son demasiado abstractos,
pensemos que si ese límite se hubiera aplicado en el pasado, ahora estarían
saliendo de prisión quienes entraron el año del asesinato del Che,
la Guerra de los Seis Días, el Golpe de los Coroneles en Grecia (que
consagra a Felipe de Borbón como una persona con genes golpistas por parte
de madre y padre) y, curiosamente, la publicación de Cien
años de soledad. Era la época ye-ye y todavía Franco no había
encomendado a Juan Carlos que cogiera en el futuro el paquete que él habría
dejado atado y bien atado.
Está bien estudiado que la cárcel destruye sicológica y físicamente al
preso a partir de los quince años de prisión: pérdida de visión,
tumores, enfermedades de huesos, enfermedades siquiátricas... 40 años de
prisión, y 30 y 20... son, de hecho, condenas a muerte. Para que nadie me
acuse, como siempre, de ningún tipo de complicidad aclaro: no estoy
hablando sólo de los etarras, sino que me parecería horrible que 30 años
y un día después siguieran en prisión los asesinos de los abogados de
Atocha, o que siguiera en prisión el coronel de la Guardia Civil que intentó
restaurar la dictadura asesina el 23-F. En ningún caso, un Estado racional,
democrático y mínimamente liberal, debe ensañarse con nadie, por canalla
que sea.
No estoy diciendo que en 15 años se haya reinsertado
nadie. Más allá de la discusión sobre el peligrosísimo concepto de la
reinserción, es probable que ninguno de los delincuentes citados hayan
salido de la cárcel siendo mejores personas que cuando entraron (hace pocos
días vimos
a Tejero en el funeral de su colega golpista Pinochet, lo que demuestra
que es una persona de principios muy arraigados). No es un problema de cuánto
tiempo estuvieron en prisión, sino de las prisiones mismas, que nada tienen
que ver con la supuesta vocación de reinserción que se cacarea.
Pretendemos estar en tiempos postmodernos y ofrecemos castigos medievales.
Evidentemente las sociedades necesitan mecanismos para evitar que se violen
las conductas que la rigen. Pero no está mal intentar que esos mecanismos
sean lo menos sanguinarios posibles. ¿Alternativas a las cárceles? He
pensado mucho al respecto y confieso que no se me ocurren... Pero tampoco
entiendo por qué se me debería ocurrir a mí. Hay sociólogos, sicólogos,
antropólogos, filósofos,... que hacen investigaciones muy serias sobre auténticas
chorradas. ¿No se merecería la democracia que algunos de estos
investigadores más cualificados se pusiera a pensar en alternativas al
terror en el que se basa nuestra seguridad? Mi respuesta es obvia. Sí, que
se pongan ya mismo.