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La lucha que nos queda por hacer

 

Salvador Crossa Ramírez

 

Nuestro sistema electoral ha sido diseñado para que los resultados tiendan a la alternancia entre dos partidos moderados de corte conservador. Las minorías políticas y  sociales, en sistemas como el nuestro,  tienden con el paso del tiempo a desaparecer en el olvido o a sobrevivir  en la desesperación de la indigencia extrema. A nadie le suele interesar lo que tengan que decir quienes no puedan financiarse costosas campañas publicitarias dirigidas casi siempre por técnicos muy cualificados, que igual trabajan para un bando que trabajan para otro.

 

 

A nivel planetario, en el llamado concierto de las naciones, el reparto de poderes entre los Estados ricos  y sus áreas de influencia geopolítica se mantienen aún bajo la crudeza de un régimen feudal estricto. El nada democrático mapa global está dividido en amplias regiones de dominio salpicadas de zonas de conflicto. Las antiguas murallas de piedra que aislaban reinos, pueblos, ciudades y aldeas han sido sustituidas por otras más eficientes con sofisticados sistemas electrónicos de defensa militar que separan al mundo rico del mundo pobre. De la otra parte el hambre, la más humilde y hábil  consejera de todas las guerras. El hambre  empuja sin dar respiro a quienes la tienen encima a jugarse la vida en el intento terco y casi siempre frustrado de burlar los controles que cierran el mundo rico.

 

Parece que  de forma callada nos hemos ido resignando a que siempre habrá un mundo rico y un mundo pobre. Parece que un cierto “conformismo solidario”, disfrazado de neutralidad política, propio de los ciudadanos del mundo rico, va cada día ganando adeptos. Se trata de  una aceptación callada que  engorda, en detrimento de la militancia de partidos, las filas de los movimientos no gubernamentales, dando pruebas de una actitud ante las injusticias que si bien en muchos aspectos es encomiable, en otros parece propia de quienes no la sufren y que de un modo indirecto la justifican e incluso la sustentan. Las limosnas y las ayudas puntuales alivian poco más que el hambre y la culpa. De las injusticias que padece nuestro mundo global todos somos responsables, y este sí que es un asunto político. Pero si los países pobres tienen dificultades para mejorar la situación por la ignorancia y la escasez de recursos que padecen, nosotros, los nuevos ciudadanos de los países desarrollados estamos más limitados por la desidia y el conformismo fácil, bien envuelto, eso sí, en las mejores justificaciones.

 

El sistema capitalista caerá por su propio peso, antes o después, pero es seguro que entrará pronto en crisis y necesitaremos de un sistema alternativo que lo supla. Ahora es el momento de soñar el mundo que viene, de anunciarlo a voces, y si podemos, de hacerlo venir. La nueva izquierda se está organizando en torno al grito de Otro Mundo Es Posible. Internet nos provee de cuantiosa información y de posibilidades antes inimaginables pero, aunque pensemos lo contrario, aún nuestra imaginación no ha llegado   a entender las enormes posibilidades de la red como arma revolucionaria.

 

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