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Joaquín Navarro Estevan

Hugo Martínez Abarca 

3-republica.blogspot.com  30 de Abril de 2007

Conocí a Joaquín Navarro (el juez Navarro) hace unos años: estaba comiendo con mis padres en El Escorial y mi padre, almeriense de pro, reconoció un acento de su provincia en la mesa de al lado. Ante tan insólito hecho, mi padre se abalanzó sobre tal mesa y se puso a hablar con los desconocidos sobre Almería y sus pueblos. Yo acompañaba a mi madre a pagar la comida y el camarero nos explicó con quién estaba hablando mi padre: "Es el juez Navarro", que acababa de comprar un apartamento junto al de mis padres.

No sabía mucho de él en aquel momento: le recordaba de su época de sabio tertuliano con Iñaki Gabilondo y sabía que lo habían convertido en un outsider por sus opiniones sobre el País Vasco, inadmisibles para un almeriense, por lo que, en mi faceta madrileña, me sentía algo identificado. A partir de ahí fueron muchas las mañanas en las que la almeriense pareja se sentaba con mis padres y conmigo a charlar de esto y de aquello (es decir, de política y de Almería). A mí me cogió especial cariño, supongo que por encontrar en un entorno tan conservador com El Escorial a un veinteañero de izquierdas con el que compartía amplias zonas de coincidencia política. Por ello me regaló tres de sus libros "Buenos días, Euskadi" cuyo prólogo, escrito por Javier Ortiz, está en su blog, "Veinticinco años sin constitución" y "Homenaje a Euskal Herria".
Aznar intentó encarcelarlo, como a tantos otros, por decir que alguna opinión aznarita era una opinión típica de un terrorista; siempre se opuso a cualquier crimen, especialmente los de Estado incluyendo las torturas en comisaría; y participó en cuantos actos pudo por la III República. Estuve en uno de ellos (en torno al 14 de abril del 2003: acababan de matar al hijo de Julio Anguita, por lo que éste no pudo intervenir), en el que comenzó una encendidísima soflama apelando a los socialistas (a los que consideraba compañeros), a los comunistas (a los que sentía como camaradas) y a los anarquistas (a los que llamó "hermanos"), y continuó levantando al auditorio, que salía de allí (fue en el Ateneo de Madrid) con la firme intención de clavar inmediatamente la bandera tricolor en la Puerta del Sol.

La incomodidad que planteaban sus posturas le hizo pasar a la semi-clandestinidad: su muerte sólo fue recogida por Gara, y repicada ayer por la noche por Unidad Cívica por la República y Nodo50.

Otros medios no le consideraban un personaje sin talla intelectual pues en su momento lo acogieron como tertuliano o como columnista; simplemente sus opiniones resultaban incómodas en un país en el que al discrepante no se le discute, se le silencia.

 

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