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La violencia y el PP

Carlos Tena


inSurGente
31 de marzo de 2007

 

 Supongamos que Mariano Rajoy es un español de a pie (aunque vaya en coche blindado). Supongamos que el citado líder tuviera un índice de inteligencia medio (asunto no demostrado por el simple hecho de que pronuncie algunas palabras). Supongamos que el tal Mariano (que no el de Forges) no encontrase otro lugar dentro de sus apetencias sociales que el ingreso en el Partido Popular (Fuerza Nueva no tiene hoy estatuto como partido). Supongamos que en este colectivo, donde danzan en alegre compañía guerrilleros de Cristo Rey, banqueros, sus hijos y nietos, miles de franquistas de toda la vida, sus descendientes, miles de trabajadores de las fuerzas armadas, de la guardia civil, cientos de la nunca extinta policía política, además de los habituales despistados, se diera un nivel de cultura democrática aceptable, aunque millones de ellos se hallen siempre dispuestos a repartir raciones de hostias por doquier, mientras condenan el terrorismo defendiendo a Franco y su sangrienta memoria, la cárcel para las abortistas, la prisión para todos los militantes "batasunos", el garrote vil para los etarras y grapos, y toda suerte de penalidades diversas para los que no sueñan con una España grande y libre. Mucho suponer.



Dice el tal Mariano que a los jóvenes de 18 años “…no les importa ni la República ni quién fue Franco”. Y tiene toda la razón. Los gobernantes del PSOE no hicieron otra cosa que bajar la cabeza cuando se les pedía que se condenara la dictadura, miraban de reojo cuando se les demandaba que pasearan sus ideales con dignidad, pero prefirieron asomarse a Rosales sin espinas y quitarse de en medio a la República y a don Carlos Marx, que al parecer ya no estaban de moda. Desde 1983, hasta que un terrorista y criminal de guerra llamado José María Aznar les barrió en las urnas, enarbolando la bandera de la mediocridad y el emblema del franquismo más casposo, la familia socialista, salvo honrosas excepciones que todos conocemos, dejó a España huérfana de memoria, de recuerdos, y sobre todo de una mínima objetividad histórica, de un riguroso análisis del pasado reciente, huyendo de la  realidad para inventarse una pantalla en blanco en la que las nuevas generaciones no vieran absolutamente nada. No dedujeran. No pensaran.
 
No era extraño, habida cuenta del camino recorrido por las huestes de Felipe González, uno de los líderes más mediocres y patéticos, incultos y corruptos, que el socialismo español ha parido en sus 100 años de historia, otrora gloriosa y hoy en la lavandería para enjabonar, aclarar y centrifugar a tope. Amigos del sevillano, millonarios hoy en empresas multinacionales, responsables de miles de crímenes contra la humanidad como Javier Solana Madariaga, chorizos con muertes a sus espaldas, en libertad condicional, faltaría más, como Vera, San Cristóbal, Corcuera, Roldán y otros inteligentemente relegados de los medios de difusión masivos, forman el ejército experto en democracia cuyos sustitutos exigen, junto al PP, conocedor y defensor de los crímenes franquistas, tienen la desvergüenza de pedir que los abertzales vascos denuncien y condenen la violencia. Pero sólo una. La otra, la que siempre defendieron y aun defienden PSOE y populares, jaleados por muchachos que se dicen de Izquierda Unida (¿qué izquierda es esa?), nunca sale a la palestra del parlamento español porque en el europeo, una vez, el astuto Joseph Borrell sacó adelanta la condena al régimen del padrino político de Juan Carlos de Borbón, para lavar la conciencia de aquellos que siguen callando. Con esa declaración, tan europea ella, el asunto de la existencia de Franco y de sus millones de asesinatos, ejecuciones, torturas, condenas, privaciones, destierros, cárceles, prisiones y mazmorras, es ya un pasado a olvidar. Pero Rajoy, Zapatero, Llamazares, Durán Lleida, Montilla, Ibarretxe, Chaves, Rodriguez Ibarra, y otros responsables de la política española del siglo XXI, se olvidan de que la sangre derramada tiene memoria: la de aquellos que no están dispuestos a aguantar un estado que se base en la mentira constante, la palabra imprecisa, la manipulación y el olvido obligatorio.

Nadie tiene derecho a exigir a miles de ciudadanos que condenen ni siquiera una violencia doméstica, porque las condenas de esa índole no pueden ni deben tener valor jurídico alguno, aparte del testimonial. Mariano Rajoy es mucho más peligroso con su estupidez que el mayor responsable del aparato militar de ETA. Como muchos de sus lacayos, como su ex jefe, criminal mucho más siniestro que el más sangriento etarra, es un perfecto y abominable espécimen fascista. A Rajoy y a Zapatero sólo les falta exigir que cada futuro marido o esposa condenen la violencia de género para ser candidatos legales al matrimonio. O que cada jugador de mus condene antes del juego las trampas.

Supongamos que Mariano fuera un ciudadano demócrata y que se encuentre en estado permanente de éxtasis franquista, debido a una nueva droga que le suministra Ana Botella. Si fuera así le perdonaría. Lo malo es que exige, porque el síndrome de abstinencia le delata, como Zapatero y su séptimo de mulería, que haya ciudadanos que tengan de condenar una sola violencia. La que ambos determinan. Pero muchos no caemos en la trampa. O se condenan todas las violencias o no jugamos la partida. Hay que aprender mucho de Irlanda del Norte, donde jamás perdieron el tiempo en estupideces coreadas por Jiménez Losantos o Iñaki Gabilondo, sino a practicar el Diálogo, con mayúscula. Esa es la única salida en una escena donde se sueña todavía con la democracia. La que hoy dicen prometer los representantes de los partidos políticos mayoritarios españoles es, sin tapujos, un esperpento impensable hace siquiera treinta años. 

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