Alameda,
5. 2º Izda. Madrid 28014 Teléfono:
91 420 13 88 Fax: 91 420 20 04
|
|
La inteligencia contra el terrorismo o elogio de la duda.
José María Alfaya 22 de Febrero de 2007
Me parece que los terroristas están consiguiendo amargarnos la vida política contando, claro está, con la asombrosa colaboración de un buen grupo de exaltados que, desde agresivas posiciones antiterroristas, terminan por darme miedo. Los que matan me dan pavor, pero me preocupan también mucho los que parecen sustituir la inteligencia aplicada por estallidos emocionales. Y es que en este país todavía se guarda un escaldado recuerdo de cuando los que mandaban se ponían a hablar, con aquel “laconismo tipicamente militar” de la Unidad de España, de la Familia, del Municipio y del Sindicato.
Mira tú por donde, ahora no se habla del Sindicato porque las nuevas modas tienden a cargarse la regularización del empleo y ya nos sobraría hasta el Sindicato Vertical... Del Municipio sólo interesa el suelo y el ladrillo que se pueda apilar encima. De la Familia se habla mucho más de lo que se practica, porque los horarios laborales dan poco juego, la tasa de natalidad ha bajado hasta convertirse en amenaza de extinción y los que nacen se acostumbran pronto a vivir sin sus familias nucleares aunque ocupen su ecosistema, socializados en el ciberespacio y encerrados en sus cuartos, de donde salen para reunirse con el grupo de iguales. Cierto que se mantienen las tradiciones rituales, convenientemente mercantilizadas, pero estamos poco entrenados en la convivencia familiar y, cada vez que se anuncia un banquete de parientes, se tienen que poner en alerta los Servicios de Emergencia, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y el Juzgado de Guardia.
Pero donde la cosa se eleva hasta la más evanescente poesía es cuando nos hablan de España, así, como suena, “Ehpaña”, con la hache ligeramente aspirada y una definición que disimuladamente la sostiene aún desde el inmediato pasado, en la noche del más grisáceo franquismo: “Una unidad de Destino en lo Universal”. Eso sí que era un proyecto claro, concreto y viable: significaba –nada menos- que todos los españoles y todas las españolas, con independencia de su posición socioeconómica, de su yo y sus circunstancias personales y grupales, formaban un cuerpo místico de intereses compartidos, únicos e iguales cuya expresión era la Nación, como clara y única síntesis posible del conjunto de habitantes sobre un territorio.
Una formulación como esa te propone un mundo dogmático. Y ese dogmatismo garantiza la pervivencia de una mentalidad simplista y de creencias en absolutos sin el menor resquicio a la duda. ¡Qué pena que este amor por España se parezca tanto, en su cociente intelectual, al secular odio de nuestros más encarnizados enemigos!.
Yo estoy lleno de dudas. La única certeza es, sin embargo, luminosa: Estoy contra la muerte y contra todo tipo de violencia, venga de donde venga, de las mayorías sobre las minorías y de una minoría sobre su mayoría correspondiente o sobre cualquiera otra que se encontrara a su paso. Mi certeza no es sólo moral sino inteligente: no creo que la violencia sea un negocio honesto ni un buen negocio. Podrá ser que interese a algunos, pero no nos interesa a todos. Sobre todo, no nos beneficia a todos, empezando por aquellos a los que les toca ser víctimas directas o daños colaterales. Por eso me repugnan los argumentos del tipo “victoria o muerte”. Después de hacer el numantino te pasan por encima los romanos, te siembran de sal tus ruinas, te construyen un acueducto en otro pueblo y, encima, quedan como unos señores civilizados.