Javier-Fernando
Hernández Sánchez 18
de Abril de 2007
Los treinta millones de
antifranquistas que poblamos este país (muchos de nosotros con familiares
asesinados por los golpistas del 36), nos sentimos humillados profunda y
permanentemente, cada vez que nuestra vista tiene que soportar alguno de los
miles de recordatorios: monumentos, monolitos, nombres de calles, de parques,
de centros de salud, de centros culturales, etc, etc. sobre el franquismo. Es
como si los políticos de todos los niveles, desde ministros a concejales,
desearan que no perdiéramos de la memoria, el significado determinante que
tuvo Franco en el nacimiento e instauración de la monarquía actual. Parece
ser un respetuoso homenaje de estos políticos de raigambre oportunista, a la
situación creada por este caprichoso devenir que les ha permitido acceder, fácilmente
y sin problemas, al majestuoso tesoro que suponen los miles de cargos públicos y
todo lo que conllevan.
Resulta chocante, incluso para cualquier país extranjero, que después de
treinta años desde que murió el tirano, aún haya miles de calles en este país,
afeadas por los rótulos recordatorios de golpistas que manifestaron una
crueldad nunca vista : Queipo de Llano, Mola, Franco, Cabanellas, Yagüe,
Aranda, Alonso Vega, Millán Astray, Garcia Valiño, y un larguísimo etcétera.
Aún y después de tan dilatado tiempo, tenemos, que yo ahora recuerde:
un momumento ecuestre a Franco en la puerta del ayuntamiento de Santander;
monolitos como el de Valdepeñas y que me amarga el viaje cada vez que voy o
vengo de Andalucía; el denominado por los franquistas "valle de los
caídos", que sólo tendría razón de ser, si el nombre se refiriese a
los miles de prisioneros republicanos muertos en su construcción. Es
ignominioso que en este recinto, costeado con dinero público, se hagan esas
demostraciones canallescas y fascistas, con la absoluta indiferencia de los
incapaces partidos alternantes en el inmenso chollo que es la política
nacional.
Estas humillaciones inferidas permanentemente al pueblo progresista y
antifranquista, hacen que cada día que pasa resulte más dificil soportar una
monarquía de esencia franquista en el siglo XXI, con sus tres adornos: una
iglesia privilegiada, un ejército superpagado y fascista, y unos grupos
gobernantes constituídos por figurones que disfrutan décadas de la política
y sus beneficios, y que tienen muy poca vergüenza y aún menos cultura. Con
un régimen de este tipo nos hundiremos en nuestra propia miseria.