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La esterilidad de la "condena"

 

Hugo Martínez Abarca

3-republica.blogspot.com 18 de Febrero de 2007

 

Desde hace años es un eje clave de la política española quién condena qué. El PP no condena el franquismo, Batasuna no condena la violencia de ETA, Ana Botella no condena al alcalde acosador de Ponferrada,...

Ayer, en la primera sesión del juicio sobre el 11-M, El Egipcio condenó los atentados (el 11-M de Madrid, el 11-S de Nueva York y el 7-J de Londres: sólo se le preguntó por esos atentados, como si no hubiera habido más atentados terroristas de este tipo que los que ocurren en el sagrado occidente). Lo condenó todo y se quedó tan ancho. A pesar de la grabación de una conversación en que asumía la autoría intelectual del atentado de Madrid, él dijo que no tenía nada que ver, que él no era un extremista y que de qué se hablaba que él lo condenaba. Por supuesto a nadie le valió de nada: escuché en la radio a una víctima tomándoselo un poco a coña y diciendo que ya contaban con que todos los acusados condenaran todo y se declararan muy pacíficos.

Quedó bien a las claras que condenar es sólo una palabra que no tiene efectos prácticos ninguno. Sería mucho mejor que El Egipcio no condenara nada y estuviera a favor de todas las bombas que en el mundo han estallado, pero que no hubiera tenido la funesta idea de perpetrar la masacre de Madrid.

Lo mismo pasa en los demás casos. Creo recordar que el PP sí votó una vez una resolución en la que no quedaba muy bien el golpe de estado militar del 18 de julio de 1936. ¡Qué más da! Si llega el verano de 2003 y Aznar hace promoción de un escritor por entonces desconocido (Luispi Moa) que muestra que el golpe lo dio la izquierda y que Franco era un demócrata; si todos los alcaldes pepinos se niegan a quitar del callejero el homenaje a los genocidas patrios; si ninguna institución de las que controlan facilita recursos y ayuda a quienes quieren sacar de una fosa común a sus familiares asesinados; si Rajoy critica que quitaran la estatua de Franco de Nuevos Ministerios porque reabre heridas; si no retiran de sus cargos políticos a quienes formaron parte activa de la dictadura...

En el caso de Batasuna (o como se empiece a llamar a partir de las elecciones municipales) tampoco resulta demasiado importante que utilicen la condena. Es tanto el énfasis que han puesto sus enemigos en que utilice esa expresión que nunca la usará sin que parezca una humillación. Sin embargo, lo importante es que, de hecho, trabajen activamente por la pacificación vasca en lo que a ellos les toca: conseguir que ETA renuncie a la violencia de una vez por todas. Si lo hacen, qué más nos dará que condenen o no esa violencia: el caso es que ésta no aparezca nunca más como forma de reforzar ningún ideario político.

El problema no está en que se utilice la palabra concreta que parece vertebrar la ética política. El Egipcio condena el 11-M y no nos dice nada con ello; probablemente Zapatero nunca diga que condena los GAL, pero ha demostrado que su forma de conseguir la paz no es la de González, Barrionuevo y Vera. El problema no es qué palabras se usan, sino qué uso se da a las palabras. No hace falta que se use la palabra condena si, por la vía de los hechos, se está condenando.

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