La España amoral
Antonio Urzainqui
ADE-Teatro nº 116, Julio / Septiembre 2007
Hace unas semanas
el profesor Vidal Beneyto afirmó en una entrevista televisiva que
España se había convertido en el país más amoral de Europa. Aducía
que personas encausadas con abundantes pruebas en casos de corrupción
urbanística, habían sido reelegidas en las recientes elecciones
municipales y autonómicas. Recordó el caso del Presidente de la
diputación de Castellón que dijo tras su triunfo que los electores
lo habían absuelto, pero añadió que habían sido treinta y siete
los electos en situación similar en toda España.
Aunque coincido
con el diagnóstico de Vidal Beneyto, a mi entender existen razones
más de fondo que explican la amoralidad existente de forma más
palmaria. Desde poco después de iniciarse la transición, nuestro
país con todas sus autonomías, ha visto paulatinamente erigirse el
dinero como valor supremo que todo lo justifica, sustituyendo a
otros que siempre fueron valorados como cívicos y propios de la
dimensión y desarrollo humanos: el trabajo bien hecho, la honradez,
el esfuerzo, la adquisición de conocimientos, la competencia
profesional en cualquier terreno, el saber, etc. Me refiero claro
está al dinero que no procede del trabajo productivo, adquirido con
honradez, esfuerzo e inteligencia, sino de todos los supuestos
adscritos a la delincuencia en sus diferentes formas o a la pérdida
de la dignidad de la persona.
En este dislate
que hemos vivido y seguimos padeciendo, han intervenido
representantes tanto de la derecha como de la izquierda política, a
la par que determinados medios de comunicación y una bobería
generalizada de una parte de la ciudadanía dispuesta a aceptar este
estado de cosas como natural. Dispuesta incluso a comprender
favorablemente a quien «tiene el valor» y la desvergüenza de
practicar el fraude, el cohecho, la prevaricación, el expolio, la
chapuza, la incompetencia a todos los niveles, etc., a la caza del
dinero.
Nos sorprendería
saber el número de españoles que en su fuero interno lamentan no
tener la truculenta capacidad de ser como cualquiera de los
encusados en las operaciones, urbanísticas casi siempre, es un
decir, que convierten a un sujeto de cualquier profesión en un
potentado delirante que se forja un patrimonio descomunal fruto de
sus ilegales manejos. Les da igual que se edifique en zonas verdes o
declaradas de interés público, que se destruyan áreas forestales
protegidas, que se asfalten montes entre adosados, que se destrocen
entornos costeros, todo vale porque es una forma de acumular dinero
y en definitiva de poseer y alcanzar poder.
El dinero como
valor supremo y único que es para muchos, está detrás de esa
amoralidad perceptible en la vida española. Por dinero se puede
autojustificar cualquier comportamiento por muy infamante o indigno
que sea. Ciertas televisiones han propalado conductas de este tipo
presentando como algo atractivo a seres que no dudan en aceptar
insultos, que se hurgue en su intimidad, que se les trate de forma
vejatoria a cambio de dinero. Los hay que cobran mucho y otros
relativamente poco, pero todos tienen su representante porque en la
medida que se les reclama para esos menesteres son mercancía que se
puede alquilar... o vender. En otros casos han hecho de estos
individuos figuras mediáticas a partir justamente de ser emblemas
de la amoralidad.
Lo perverso de
esta situación es la conducta amoral asumida. Las consecuencias más
inmediatas, el deterioro de los patrones del esfuerzo y el trabajo
como generadores de bienestar. Eran las piedras angulares propuestas
por Adam Smith para acrecentar la riqueza de las naciones, pero los
monstruos implícitos en su exégesis que no pudo prever han
alcanzado proporciones delirantes. Los jóvenes que transitan de la
adolescencia a la edad adulta o los que ya están en ella sin ningún
objetivo en la vida, resultan los más afectados. ¿Por qué va un
joven a dedicarse al estudio, a la formación, a una tarea de
paulatina acumulación de saberes y experiencias que lo pueden
convertir en un ser útil para sí mismo y la comunidad a la que
pertenece, aunque a veces no lo sepa, si mediante una de estas
representaciones aparentemente reales puede alcanzar el dinero y esa
popularidad tan deleznable que la televisión confiere? Programas
pautados y en ocasiones ensayados para que todo parezca veraz,
melodramático y muy sensiblero, con mucho abrazo y mucha mandanga.
Ardientes participaciones de mucha gente apoyando el triunfo de una
mocita o un mocito, su paisano, del que nada saben pero al que los
guionistas les han hecho creer que es de los suyos, que es uno de
ellos. Todo en definitiva muy gringo, muy falso, muy mendaz y
notoriamente amoral. Porque el candidato cuenta en la medida que
vende, no por el valor intrínseco de lo que hace.
Otro síntoma de
la amoralidad latente reside en la pérdida de las proporciones. Las
cosas interesan en la medida que se ocupa un puesto o un cargo, lo
cual otorga poder y el poder es lo que cuenta, no para transformar y
construir sino en beneficio propio o para repartir dádivas
clientelares. No importa cuáles sean los conocimientos ni
capacidades, la experiencia que se posea o cualquier otra cuestión
inherente de forma sustantiva al cargo, lo que importa es tenerlo.
Desde la Ilustración se vienen formulando críticas y sarcasmos
sobre actitudes similares, sin gran éxito por otra parte.
Recuerdo la desazón
y la ira de Adolfo Marsillach cuando en un debate televisivo en la
segunda cadena, fue increpado por un mozalbete que le dijo que a ver
cuándo dejaban las poltronas los mayores para que las ocuparan
ellos. Se refería de los ministros hacia abajo. En ningún momento
se planteó si se precisaban conocimientos específicos para ocupar
un cargo público, lo importante era sentarse en la poltrona y ya se
verían. Claro que lo de ser ministro se ha puesto en ocasiones tan
barato y es tanta la incompetencia de alguno que así se abona ese
dislate.
El profesor Vidal
Beneyto tenía razón al afirmar con no poco susto que España se
había convertido en el país más amoral de Europa. Creo que
poseemos demasiados indicios para estar de acuerdo con el diagnóstico.
Quizás le faltó remachar, insisto, que quienes votan a un
candidato encausado en un proceso de corrupción, fraude,
prevaricación, etc., muchas veces saqueando a los propios
ciudadanos, son tan amorales como él. Porque en su fuero interno lo
heroifican, lo aclaman como modelo y sueñan con poder hacer lo
mismo. Pero más grave aún es pensar hacia donde vamos y ésta es
una cuestión que debía preocuparnos a todos.