Alameda,
5. 2º Izda. Madrid 28014 Teléfono:
91 420 13 88 Fax: 91 420 20 04
|
|
El enfrentamiento en la izquierda: un mal endémico y su tratamiento
Ignacio Loy Madera
La Nueva España 22 de Abril de 2007
Las crisis de
las organizaciones políticas no surgen de manera súbita, sino que estallan
tras un largo proceso de fabricación y nunca se deben a razones arbitrarias o
incomprensibles. Todo lo que sucede, sucede por alguna causa. El problema es que
los debates sobre las causas se contaminan, al pretender los actores
convertirlos en munición para la propia batalla que libran. Puesto que para
muchos militantes de la izquierda, entre los que me cuento, la batalla más
importante en estos momentos es la batalla de ideas, resulta un compromiso político
tratar de explicar de manera comprensible lo que está pasando, más allá de
polarizaciones maniqueas de buenos y malos, lugares comunes que pretenden
explicarlo todo, pero no explican nada (la consabida «guerra por el poder») y,
por supuesto, alejado de todo insulto.
Las crisis en IU son cíclicas. En su seno siempre crece la posición política
que pretende convertirnos en el apoyo necesario de la opción socialdemócrata.
La última crisis es la de la dirección de Gaspar Llamazares. Se inició cuando
Julio Anguita sufrió su segundo ataque cardiaco en plena campaña de las
elecciones generales del año 2000. En ese momento comienza la batalla por el
control de IU y Gaspar Llamazares aparece en el escenario estatal como líder
emergente. Desde el principio se detecta que Llamazares tiene un proyecto
diametralmente opuesto al de Anguita. Si a éste se le «quemó» al calificarle
de «iluminado», «doctrinario», «dogmático», «comunista trasnochado»,
etcétera, Gaspar quería ser visto como el líder de un «nuevo renacer» de IU
como movimiento político social, que aglutine a las izquierdas periféricas,
definido de manera light para poder abrirse a fuerzas nacionalistas, pacifistas,
ecologistas y feministas. El proyecto de Gaspar, por tanto, era,
premeditadamente desideologizador y, para algunos, suponía el riesgo de
desdibujar la identidad política de IU. El objetivo, según palabras del propio
Gaspar Llamazares era «abandonar la estrategia de pactos basados en programas rígidos,
que no conducen a nada y definir una geometría variable de acuerdos». «Definir
una geometría variable» es una frase que explica muy bien el proyecto político
de Gaspar: «definir» una «geometría variable» es como gritar un susurro o
imponer un consenso, es decir, un círculo cuadrado, o sea, literalmente, un
sinsentido. Sólo cobra sentido cuando se ve que IU tiene, en el ámbito de las
comunidades autónomas, un pacto con el nacionalismo vasco de derechas, otro con
los socialistas catalanes y la izquierda nacional-republicana, y otro con los
socialistas asturianos. IU es, hoy por hoy, una fuerza política bisagra, y como
tal trata de sujetar casi cualquier puerta. El problema es que puede convertirse
en cortina, o incluso dar lugar a gran loft social-demócrata-nacional-liberal-verde-feminista-pacifista.
Defender ese espacio político es legítimo, pero hacerlo desde IU es la crónica
de una nueva traición anunciada. Antes que Gaspar, Santiago Carrillo apostó
por la misma posición política. Como no consiguió acabar con el PCE, fundó
la Mesa para la Unidad de los Comunistas y finalmente entregó a todos los
militantes que había arrastrado a las fauces del PSOE. En el segundo episodio
de esta cíclica huida, Cristina Almeida y Diego López Garrido, muy bien
amplificados por el aparato propagandístico de Prisa, estuvieron varios años
haciendo la política contraria a la mayoría de la organización, ganándose el
puesto en el PSOE que hoy de manera muy destacada ocupa el portavoz del Grupo
parlamentario Socialista. Si Gaspar Llamazares hubiera dicho claramente que
defiende ese espacio político y hubiera convencido a una mayoría suficiente
para llevar a cabo ese giro en IU, no habría nada que reprochar y quienes
pensamos de otra manera seríamos los que deberíamos abandonar IU porque sus
objetivos no serían los nuestros. Pero el problema es que Gaspar no ha hecho
ninguna de las dos cosas. Llegó al poder engañando a un porcentaje importante
de militantes que no le habrían votado si hubieran sabido que éste era su
proyecto. Y en segundo lugar su respaldo interno no ha hecho más que disminuir,
llegando al absurdo de «ganar» la última asamblea con menos de la mitad del
porcentaje de la misma.
La izquierda suele tener razón en sus análisis al tiempo que carece del
control de los resortes para implantar las soluciones. De ahí que su fuerza se
base más en la razón y el convencimiento de grandes mayorías sociales que en
estratagemas publicitarias, eslóganes o frases más o menos oportunas. Al
contrario de lo que le ocurre a la derecha e incluso a la social democracia, el
lenguaje ambiguo, el maquillaje verbal y no digamos ya las mentiras, a la
izquierda no le suelen reportar grandes beneficios para el avance de sus
posiciones, muy al contrario, contribuyen a que sean considerados «más de lo
mismo» alimentando el general desencanto que viven muchos ciudadanos con
respecto a la política (que, por cierto, está demostrado que a quien beneficia
es a la derecha). Pero hay que entender bien por qué: la sociedad está
controlada por quienes obtienen enormes beneficios económicos y de todo tipo.
El sistema, por definición, se resiste al cambio de este aspecto y tiene el
control de los resortes de su mantenimiento. Los grandes problemas que surgen
son la consecuencia de la enorme acumulación de privilegios. Quienes sufren
esas consecuencias son los que no tienen los resortes para el cambio. La
izquierda detecta esos problemas y los denuncia, pero no puede de hecho, en lo
inmediato, cambiar las cosas. Parece débil, siempre vencida, siempre a punto de
desaparecer, siempre en crisis. Y, sin embargo, son sus planteamientos los que
van conformando el mundo en que vivimos: la jornada semanal de 40 horas es un
logro de la izquierda que hoy asume la derecha; el voto femenino, la educación
obligatoria, la renuncia al trabajo infantil, la sanidad pública, la defensa de
la igualdad de derechos, son reivindicaciones de la izquierda que hoy nadie
cuestiona, aunque por supuesto no se hayan conseguido en toda su plenitud y a
los que muchos países sueñan con acercarse.
Vivimos tiempos confusos, en los que algunos logros históricos de la izquierda
parecen en retroceso, al tiempo que no habían llegado a universalizarse. En
esta confusión, la política hecha a base de simplismos, mentiras mantenidas y
propagadas, constituye un contexto perfecto para la derecha, pero la izquierda
no puede jugar con esas mismas armas. Gaspar ha pensado que para un mundo
confuso sería mucho mejor una izquierda confusa, que no se ate con métodos de
análisis muy estrictos, ni sea excesivamente racional, ni discursiva, ni veraz,
ni coherente. Por medio de la «deconstrucción» ha conseguido una izquierda
errática, voluble, sensiblera, confusa, superficial e institucionalista. El último
episodio de la laminación de la organización de IU de Oviedo es el reflejo
represor de lo único que todavía les queda de la rica e impura tradición
comunista.
La mitad de la organización, por lo menos, no está de acuerdo con Gaspar. Un
85 % del PCE tampoco. Es más que probable que quienes rechazamos la estrategia
diseñada para IU por Gaspar, estemos instalados en la idea de que la izquierda
alcanza sus mejores resultados cuando adopta las teorías sociales más
avanzadas, cuando no se aparta del rigor y de la coherencia en el análisis y la
actuación, y cuando tiene un compromiso pedagógico inexcusable para
explicarles a los ciudadanos lo que está pasando realmente, para que puedan
entender y así protestar. Somos rojos recalcitrantes, si los nuestros se
equivocan, también se lo decimos. No vamos a dejar de opinar ni dentro ni fuera
de IU. Estamos con Silvio Rodríguez: «Cuando escriban la historia los buenos /
al final vencedores / se sabrá que no usamos veneno / como aroma de flores».
Ignacio Loy Madera es miembro de las direcciones federal y regional de IU, y
profesor de Psicología en la Universidad de Oviedo