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El enfrentamiento en la izquierda: un mal endémico y su tratamiento

Ignacio Loy Madera

La Nueva España 22 de Abril de 2007

Las crisis de las organizaciones políticas no surgen de manera súbita, sino que estallan tras un largo proceso de fabricación y nunca se deben a razones arbitrarias o incomprensibles. Todo lo que sucede, sucede por alguna causa. El problema es que los debates sobre las causas se contaminan, al pretender los actores convertirlos en munición para la propia batalla que libran. Puesto que para muchos militantes de la izquierda, entre los que me cuento, la batalla más importante en estos momentos es la batalla de ideas, resulta un compromiso político tratar de explicar de manera comprensible lo que está pasando, más allá de polarizaciones maniqueas de buenos y malos, lugares comunes que pretenden explicarlo todo, pero no explican nada (la consabida «guerra por el poder») y, por supuesto, alejado de todo insulto.

Las crisis en IU son cíclicas. En su seno siempre crece la posición política que pretende convertirnos en el apoyo necesario de la opción socialdemócrata. La última crisis es la de la dirección de Gaspar Llamazares. Se inició cuando Julio Anguita sufrió su segundo ataque cardiaco en plena campaña de las elecciones generales del año 2000. En ese momento comienza la batalla por el control de IU y Gaspar Llamazares aparece en el escenario estatal como líder emergente. Desde el principio se detecta que Llamazares tiene un proyecto diametralmente opuesto al de Anguita. Si a éste se le «quemó» al calificarle de «iluminado», «doctrinario», «dogmático», «comunista trasnochado», etcétera, Gaspar quería ser visto como el líder de un «nuevo renacer» de IU como movimiento político social, que aglutine a las izquierdas periféricas, definido de manera light para poder abrirse a fuerzas nacionalistas, pacifistas, ecologistas y feministas. El proyecto de Gaspar, por tanto, era, premeditadamente desideologizador y, para algunos, suponía el riesgo de desdibujar la identidad política de IU. El objetivo, según palabras del propio Gaspar Llamazares era «abandonar la estrategia de pactos basados en programas rígidos, que no conducen a nada y definir una geometría variable de acuerdos». «Definir una geometría variable» es una frase que explica muy bien el proyecto político de Gaspar: «definir» una «geometría variable» es como gritar un susurro o imponer un consenso, es decir, un círculo cuadrado, o sea, literalmente, un sinsentido. Sólo cobra sentido cuando se ve que IU tiene, en el ámbito de las comunidades autónomas, un pacto con el nacionalismo vasco de derechas, otro con los socialistas catalanes y la izquierda nacional-republicana, y otro con los socialistas asturianos. IU es, hoy por hoy, una fuerza política bisagra, y como tal trata de sujetar casi cualquier puerta. El problema es que puede convertirse en cortina, o incluso dar lugar a gran loft social-demócrata-nacional-liberal-verde-feminista-pacifista.

Defender ese espacio político es legítimo, pero hacerlo desde IU es la crónica de una nueva traición anunciada. Antes que Gaspar, Santiago Carrillo apostó por la misma posición política. Como no consiguió acabar con el PCE, fundó la Mesa para la Unidad de los Comunistas y finalmente entregó a todos los militantes que había arrastrado a las fauces del PSOE. En el segundo episodio de esta cíclica huida, Cristina Almeida y Diego López Garrido, muy bien amplificados por el aparato propagandístico de Prisa, estuvieron varios años haciendo la política contraria a la mayoría de la organización, ganándose el puesto en el PSOE que hoy de manera muy destacada ocupa el portavoz del Grupo parlamentario Socialista. Si Gaspar Llamazares hubiera dicho claramente que defiende ese espacio político y hubiera convencido a una mayoría suficiente para llevar a cabo ese giro en IU, no habría nada que reprochar y quienes pensamos de otra manera seríamos los que deberíamos abandonar IU porque sus objetivos no serían los nuestros. Pero el problema es que Gaspar no ha hecho ninguna de las dos cosas. Llegó al poder engañando a un porcentaje importante de militantes que no le habrían votado si hubieran sabido que éste era su proyecto. Y en segundo lugar su respaldo interno no ha hecho más que disminuir, llegando al absurdo de «ganar» la última asamblea con menos de la mitad del porcentaje de la misma.

La izquierda suele tener razón en sus análisis al tiempo que carece del control de los resortes para implantar las soluciones. De ahí que su fuerza se base más en la razón y el convencimiento de grandes mayorías sociales que en estratagemas publicitarias, eslóganes o frases más o menos oportunas. Al contrario de lo que le ocurre a la derecha e incluso a la social democracia, el lenguaje ambiguo, el maquillaje verbal y no digamos ya las mentiras, a la izquierda no le suelen reportar grandes beneficios para el avance de sus posiciones, muy al contrario, contribuyen a que sean considerados «más de lo mismo» alimentando el general desencanto que viven muchos ciudadanos con respecto a la política (que, por cierto, está demostrado que a quien beneficia es a la derecha). Pero hay que entender bien por qué: la sociedad está controlada por quienes obtienen enormes beneficios económicos y de todo tipo. El sistema, por definición, se resiste al cambio de este aspecto y tiene el control de los resortes de su mantenimiento. Los grandes problemas que surgen son la consecuencia de la enorme acumulación de privilegios. Quienes sufren esas consecuencias son los que no tienen los resortes para el cambio. La izquierda detecta esos problemas y los denuncia, pero no puede de hecho, en lo inmediato, cambiar las cosas. Parece débil, siempre vencida, siempre a punto de desaparecer, siempre en crisis. Y, sin embargo, son sus planteamientos los que van conformando el mundo en que vivimos: la jornada semanal de 40 horas es un logro de la izquierda que hoy asume la derecha; el voto femenino, la educación obligatoria, la renuncia al trabajo infantil, la sanidad pública, la defensa de la igualdad de derechos, son reivindicaciones de la izquierda que hoy nadie cuestiona, aunque por supuesto no se hayan conseguido en toda su plenitud y a los que muchos países sueñan con acercarse.

Vivimos tiempos confusos, en los que algunos logros históricos de la izquierda parecen en retroceso, al tiempo que no habían llegado a universalizarse. En esta confusión, la política hecha a base de simplismos, mentiras mantenidas y propagadas, constituye un contexto perfecto para la derecha, pero la izquierda no puede jugar con esas mismas armas. Gaspar ha pensado que para un mundo confuso sería mucho mejor una izquierda confusa, que no se ate con métodos de análisis muy estrictos, ni sea excesivamente racional, ni discursiva, ni veraz, ni coherente. Por medio de la «deconstrucción» ha conseguido una izquierda errática, voluble, sensiblera, confusa, superficial e institucionalista. El último episodio de la laminación de la organización de IU de Oviedo es el reflejo represor de lo único que todavía les queda de la rica e impura tradición comunista.

La mitad de la organización, por lo menos, no está de acuerdo con Gaspar. Un 85 % del PCE tampoco. Es más que probable que quienes rechazamos la estrategia diseñada para IU por Gaspar, estemos instalados en la idea de que la izquierda alcanza sus mejores resultados cuando adopta las teorías sociales más avanzadas, cuando no se aparta del rigor y de la coherencia en el análisis y la actuación, y cuando tiene un compromiso pedagógico inexcusable para explicarles a los ciudadanos lo que está pasando realmente, para que puedan entender y así protestar. Somos rojos recalcitrantes, si los nuestros se equivocan, también se lo decimos. No vamos a dejar de opinar ni dentro ni fuera de IU. Estamos con Silvio Rodríguez: «Cuando escriban la historia los buenos / al final vencedores / se sabrá que no usamos veneno / como aroma de flores».


Ignacio Loy Madera es miembro de las direcciones federal y regional de IU, y profesor de Psicología en la Universidad de Oviedo

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