Jaume
d'Urgell
UCR
19 de
Noviembre de 2007
Desde el mayor de los respetos, pero evitar que las palabras broten, aquí algunos versos. Un tributo a la memoria de quien perdió la vida por la vida de los demás, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición. Carlos, hermano, nosotros no olvidamos. |
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María Victoria abre los ojos…
se despereza,
y justo entonces, el recuerdo.
Una pupila enrojecida
se deshace entre las sombras;
se agita indefensa
y sus párpados vuelven a caer,
se cierran otra vez
con más fuerza,
más aún,
pero ahí sigue la realidad.
— ¡Dios mío! ¡No!
— ¡No, por favor! ¡No!
Un estruendo de martillos redobla el dolor,
mientras,
bajo cada poro de nuestras cabezas
los sentimientos amargan la razón.
Sabemos del sufrimiento
que invade
el alma
de nuestra queridísima madre,
llegando a cada rincón de su juicio,
de su casa,
de su llanto
y de su ser;
el frío se deja sentir…
— ¡Cómo duele la vida!
Vértigo extraño… cercano y distante,
— ¡Que no es cierto! ¡No lo es!
— ¡No puede ser! ¡No aún! ¡No él!
Nuestra madre abre y cierra los ojos otra vez,
¡pero ahí está…!
terrible vacío de amor.
Angustia y silencio.
¡Ahí está! ¡que no está!
— ¡Dios mío!
Por su retina
transcurren
sin permiso
imágenes de un infinito
cariño:
Un beso de Carlos,
una travesura,
un "te quiero, mamá",
una riña con Manuela…
y de repente un escalofrío:
un acto heroico, desprendido,
una reserva y un perdón.
Todos los días con sus tardes,
y todas las noches,
inabarcables a la mesura;
cada segundo… de toda una vida:
destellos cercanos,
reflejos que ya no son
y recuerdos que no habrá.
— ¿Quién es capaz de hacer más daño del que se pueda comprender?
Pero nuestra madre no está sola,
nuestra madre jamás lo estuvo,
y jamás lo estará.
Nuestro hermano se fue –cierto–,
se lo llevaron;
pero quedamos los demás,
unidos,
contigo,
con él.
Firmeza y ternura;
simpatía e ilusión,
Amor y compromiso,
sonrisa… y acción.
Ningún dolor destruirá la vida,
el odio no germinará,
no en tierra castellana;
suelo de todos
y techo al rencor.
Es cierto, nos duele el corazón,
echamos en falta a nuestro queridísimo hermano;
nos duelen las mentiras,
como duelen los silencios;
nos duelen las heridas,
como duele la miseria;
nos duelen los ojos…
y muy pronto las manos.
Nos duele Carlos
y nos duele el dolor de nuestra madre.
nos duele el odio de los fascistas,
el miedo de los inocentes…
los sueños que no tendrán lugar.
Y vosotros, malditos:
recordad.
Recordad, fascistas, recordad Stalingrado,
acordaros de Berlín,
recordad Paracuellos y Sierra Maestra…
recordad,
acordaros de la Tercera Ley de Isaac.
Carlos, hermano,
nosotros no olvidamos.
