En la triste y sórdida
España de la dictadura, a los que iban a las manifestaciones en favor del
dictador los metían en desvencijados autocares, les daban un bocadillo de
mortadela y les obligaban a oír el discurso de la plaza de Oriente. Las
cosas hoy han cambiado, nos hemos convertido en un país rico gracias a los
euros que nos han caído sin intereses ni cargas de la Unión Europea y nos
hemos creído que de verdad que es la riqueza la que cambia las sociedades y
no la cultura. Pero seguimos siendo los mismos, los unos y los otros, quiero
decir los ricos y los que no lo son. Ahora en lugar de un bocadillo de
mortadela y de obligarnos a viajar por polvorientas carreteras se nos
prometen prebendas deportivas que, se supone, van a obligar a amontonar más
ladrillos, lo que quiere decir más millones de euros, que quizá nos
toquen.
Así nuestro voto está condicionado a la riqueza o tal vez a la fama de
nuestra ciudad o de nuestra comunidad, lo cual como todo el mundo sabe poco
o nada tiene que ver con la democracia y la libertad que se basa en el
criterio. Pero, el criterio sólo lo tiene el que ha recibido cultura, no
cultura entendida como espectáculo sino como transmisión de conocimiento.
Sin embargo, soy optimista. Un día llegará en que nuestro país se quitarán
el lastre de la ignorancia democrática y nos convertiremos en una comunidad
donde se dará a dios lo que es de dios y al césar lo que es del cesar: los
deportes irán por una parte y la democracia por otra.
No tengo idea de cuándo ocurrirá este milagro. Algunos dicen que ayudaría
mucho la escuela pública y laica con profesores bien preparados y recursos
iguales para todos. Otros dicen que cuando separemos las ideas de las
creencias y las creencias no prevalezcan sobre las ideas, es decir, cuando
ya no haya peligro de fundamentalismos de ningún tipo.
Según Kapuscinsky, el país que ha sufrido una dictadura necesita cien años
para recobrar la normalidad. Mi esperanza es más breve y estoy convencida
de que finalmente entrará en nuestra vida pública un poco de sentido común.
Entonces el camino hacia la normalidad quedará abierto definitivamente.