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Del ombligo al horizonte

Javier Ortiz

Noticias de Guipúzkoa 21 de Octubre de 2007

 

EL Gobierno de Rodríguez Zapatero ha decidido lanzar una campaña en todos los frentes contra Batasuna. Ha encarcelado tanto a la casi totalidad del equipo dirigente que se encontraba en activo como a buena parte del que se preparaba para sustituirlo en caso de necesidad. De momento no la ha emprendido frontalmente contra ANV y EHAK, pero es posible que lo haga a no mucho tardar. Todo ello con la solícita colaboración del juez Garzón, que no ha dudado en recurrir a los más singulares ejercicios de funambulismo argumental para vestir de juridicidad unas decisiones que, al fin y a la postre, él mismo ha acabado admitiendo que se apoyan en consideraciones políticas.

No voy a polemizar sobre los argumentos que han manejado los unos y los otros para justificar la decisión de ir "a por ellos", por retomar la vieja consigna de una conocida periodista. Estoy dispuesto a admitir incluso que cabría argumentar que los detenidos y encarcelados no han respetado lo prescrito en el art. 12.1.a de la Ley de Partidos Políticos, por más que considere que esa Ley es un auténtico engendro.

No son los aspectos jurídicos del caso los que me interesan en esta ocasión, sino sus repercusiones políticas.

Es evidente que Zapatero y su staff aspiran a que su ofensiva general contra Batasuna les conceda un cierto beneficio electoral o a que, por lo menos, neutralice los eventuales perjuicios que podría acarrearles en las próximas elecciones el fiasco en que terminó el proceso de paz, que el PP no para de aventar. En parte es difícil no entenderles. Algunos afirmamos al comienzo de la actual legislatura que la continuidad de Zapatero acabaría dependiendo en buena medida de dos puntos clave: el Estatut catalán -y, de manera más general, la reforma del sistema de organización territorial del Estado- y el proceso de paz en Euskadi. A la vista de cómo han ido lo uno y lo otro, no es de extrañar que esté preocupado.

Pero el hecho es que, dentro de las muchas medidas un tanto alocadas que está poniendo en marcha a toda velocidad para tratar de tapar las vías de agua de su nave, asaltada por dentro y por fuera, se ha dedicado a disparar a tontas y a locas contra la embarcación del llamado MLNV, consiguiendo desarbolarla y dejarla a la deriva, sin timón. Lo cual es sumamente peligroso.

No hace falta estudiar a Clausewitz -aunque nunca esté de más- para saber de las muchas similitudes que presentan el arte de la política y el arte de la guerra. Más todavía cuando, como en nuestro caso, las dos especialidades cuentan con tantos vasos comunicantes.

Una de las normas a las que se atiene todo estratega militar medianamente inteligente es la que establece que no se debe dejar al contendiente sin dirección operativa. Uno puede apuntar directamente sus baterías contra el cuartel general del enemigo, pero sólo cuando tiene la certeza de que, en el caso de que acierte a acabar con el estado mayor en funciones, los neutralizados serán sustituidos por otros más favorables a los propios intereses. Porque nunca se sabe qué efectos puede tener generar el caos en el campo opuesto. No es ni mucho menos imposible que sus tropas acaben poniéndose a las órdenes de mandos improvisados, menos preparados, menos realistas y más predispuestos a acciones alocadas.

Quiere esto decir que todo dirigente concienzudo no sólo debe ocuparse de la buena marcha de sus propios asuntos. También debe asegurarse de que el mando enemigo no pierda por completo el control de sus propias fuerzas. Entre otras cosas, para que mantenga su capacidad de interlocución, de modo que, si algún día hay que llegar a un acuerdo con él -todas las guerras acaban con algún tipo de acuerdo negociado, así sea para establecer las condiciones de la rendición-, haya certeza de que está en condiciones de cumplir lo que firma.

Se trata de un principio estratégico muy elemental, sin duda, pero la experiencia demuestra que los más altos dirigentes políticos llegan a obsesionarse tanto con sus urgencias electorales que son capaces de perder de vista los problemas de conjunto y las más claras necesidades a medio y largo plazo.

Tomemos el ejemplo de los gobernantes de Washington. No voy a comparar nuestros pequeños problemas locales, casi anecdóticos en el universo mundo, con los que se abordan y deciden en la Casa Blanca y el Pentágono. Pero es obvio que los gobernantes norteamericanos vienen tomando en los últimos años determinaciones dictadas por consideraciones politiqueras que no tienen en cuenta las necesidades estratégicas más elementales. Por ejemplo: no contaron con que destruir el régimen de Sadam Husein iba a desarticular radicalmente la sociedad iraquí y a descontrolarla por entero, con lo que el supuesto remedio acabaría siendo peor que la enfermedad. Su intervención en Afganistán va camino de dejarlos en una evidencia similar.

Quiero decir con esto que un buen estratega no puede estar todo el día mirándose el ombligo. De vez en cuando debe también otear el horizonte.

 

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