Como que la estrategia
les funciona a pedir de boca seguirán machacando con ella, fomentando la
crispación, el enfrentamiento personal, el insulto, la difamación y la
calumnia; seguirán insistiendo en que la política es una mierda y en que
todos los políticos son iguales. Es decir, el PP seguirá profundizando en
el discurso fascista, que es el que le da réditos electorales y le permite
-sorprendentemente para cualquier mente racional- atrincherarse en feudos
inexpugnables, reeligiendo para cargos políticos a gánsters como Carlos
Fabra, el presidente de la Diputación de Castellón, que acaba de proclamar
que "los electores le han absuelto con sobresaliente" de los
procesos judiciales en los que se halla incurso.
Es así como el PP gana
en localidades donde la corrupción chorrea hasta del escudo municipal
(Marbella, Andratx, Alicante, Torrevieja, Orihuela, etc), tras una campaña
en la que se ha denunciado cómo elementos de ese partido han manipulado
censos electorales, comprado votos a cambio de vales de comida o expulsado
de su trabajo a empleados públicos por negarse a votar por el candidato
derechista de su localidad. La corrupción tiene premio, pues.
En síntesis, el PP no
intenta convencer y ganar nuevos votantes: simplemente acoraza su electorado
y busca destruir el del adversario, incitándole a alejarse de la
participación política. Su objetivo es liquidar toda oposición política
y dividir el país en dos bloques estancos: el de los votantes de la derecha
(extrema derecha, en realidad) española, y el de los abstencionistas,
voluntariamente situados al margen de la política. Se trata en suma de
repetir el esquema vigente en la época franquista, cuando los súbditos
(que no ciudadanos) se dividían entre los "adictos al Régimen" y
los que "no se metían en política"; el resto, quienes se oponían
a tal estado de cosas, eran etiquetados como "rojos" y objeto por
tanto de persecución.
Si la izquierda y sobre
todo el PSOE no recupera pronto músculo y capacidad de confrontación,
vamos dados. Pero el problema no es sólo de las organizaciones políticas.
Ocurre también que el electorado de izquierdas acostumbra a tener la piel
tan fina, que basta con airear a fondo el caso de un concejal socialista
pringado en un caso de corrupción para extender el desánimo entre votantes
y simpatizantes, al tiempo que se tapan mediáticamente los casos de mil
alcaldes derechistas que nadan en la cloaca desde que nacieron para la política
y tal vez biológicamente; no en vano casi todos son hijos de antiguos munícipes
franquistas.
Cierto angelismo de
izquierdas resulta un eficacísimo aliado de la extrema derecha aznariana.
