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Las argucias del colonialismo español en el Sahara Occidental
Beatriz Martínez Ramírez. 27 de Enero de 2007
Sabemos que para defender
determinados intereses se hace necesario repetir con insistencia algunas ideas
clave para sostenerlos –los intereses- hasta convertirlas en verdad
aparentemente objetiva, aun a sabiendas de que pueda darse la posibilidad de
demostrar que son una falacia –las ideas-, así como los argumentos que las
sustentan.
Para
materializar una verdad se necesitan sujetos que la difundan y una cobertura de
medios y foros a través de los cuales hacerla circular, con la intención
evidente de convencer al mayor número posible de personas de lo legítimo y
correcto de ciertas afirmaciones que por provenir de ‘expertos’ en la
materia damos por supuesto que no han sido objeto de tergiversación: son La
Verdad.
Esta argucia utilizada a la hora de elaborar ciertas tesis políticas, con las cuales se argumenta pero sobre las cuales no se argumenta, posee tal poder de convicción que como mancha de aceite se extiende por todo tipo de círculos, eventos universitarios, libros de éxito, publicaciones en revistas especializadas, artículos de prensa, páginas electrónicas... en suma, informes de los ‘expertos’ que auto-investidos de una autoridad supuestamente neutra, científica, tienen la eficiente virtud de neutralizar el proceso social del que se habla y la eficaz prontitud de hacernos olvidar las condiciones históricas de origen que de una u otra manera conforman la realidad de personas concretas a las cuales no se tiene en cuenta, pero sobre las cuales se impone una verdad contraria a sus intereses.
Como
por arte de magia quien ose no compartir esas tesis políticas pasa a formar
parte de la masa de ignorantes –sus autores ya han sido convenientemente
situados por encima del bien, y sobre todo de las consecuencias del mal- que por
su ‘ignorancia’ se convierten en los responsables del conflicto social, las
guerras, la violencia, el desorden, la injusticia, la falta de libertades y son
los que entorpecen la posibilidad de vivir en paz y armonía los unos con los
otros.
Un
ejemplo muy cercano es la cada vez más extendida idea de que una ‘tercera
vía’ es la única posible solución a la
cuestión saharaui, aunque los datos de que se disponen, la legalidad
internacional y la acción pacífica y resistente de los saharauis durante estos
treinta años de descolonización inconclusa en África pongan de manifiesto,
clara y contundentemente, que no sólo es que exista la República Árabe
Saharaui Democrática, sino de que es posible que un pueblo africano pueda
seguir defendiendo el inalienable derecho a su soberanía nacional en este mundo
en el que vivimos.[i]
Esta ‘tercera vía’ sitúa la
cuestión en el lado saharaui: mejor que ser nada es aceptar ser una provincia
autónoma de Marruecos. Porque si se hablara de soluciones para la cuestión marroquí respecto al Sahara occidental implicaría por un
lado reconocer la existencia de la identidad saharaui, y por otro supondría
hablar también de los intereses comerciales, políticos y neo-coloniales que la
Europa del capital tiene invertidos en Marruecos.
Observamos
que resulta inquietante para algunos escuchar los gritos que llegan de la Saguia
el Hamra, Río de Oro, de los campamentos de refugiados en Tinduof en Argelia, y
de diversas ciudades del territorio soberano de Marruecos donde mal-sobreviven
saharauis que denuncian el incumplimiento de los Derechos Humanos en el reino
alauí, reclamando al tiempo su derecho a la autodeterminación en el territorio
que legítimamente es suyo y les ha sido usurpado. ¿Es que son acaso
manifestaciones espontáneas de descontento o la palpable existencia de un
pueblo organizado política, ideológica y culturalmente?
El
interlocutor legítimo para la defensa de los intereses saharauis con el resto
de la comunidad internacional es el Frente POLISARIO pese a quien le pese. Y el
pueblo saharaui es soberano para decidir quiénes son sus representantes e
interlocutores, guste o no guste a la comunidad política e intelectual.
La
verdad es que no hay razones objetivas para que no sea así. La desestabilización
en el denominado Magreb, que sepamos, no se debe a que el Frente POLISARIO haya
invadido Marruecos, Mauritania, Argelia, Túnez o Libia. Pero sabemos, eso sí,
que Marruecos tiene invadido el territorio del Sáhara Occidental; realidad que
se remonta a la firma de los ilegales acuerdos tripartitos de Madrid y que ningún
gobierno español se ha atrevido todavía a invalidar. Desde la dictadura
franquista hasta el actual gobierno presidido por D. José Luís Rodríguez
Zapatero ha habido tiempo suficiente para poner las cosas en su sitio. Sin
embargo la pasividad consciente de las fuerzas políticas españolas viene
siendo directamente proporcional a la paciencia demostrada por el pueblo
saharaui. ¿Hasta cuando? He ahí la cuestión.
Hay
que añadir, no obstante, que lo que acontece al pueblo saharaui lo es
precisamente en un momento en el que asistimos a una guerra de rapiña,
imperialista, por el adueñamiento absoluto de los recursos energéticos del
planeta que se ceba con la sangre de tantos otros pueblos inscritos en el catálogo
de la cultura occidental como de ‘ignorantes políticos’ y por tanto de potenciales terroristas
(sobre todo si son de confesión islámica); o de aquellos otros que no han
querido entrar de forma pacífica en
este mundo globalizado; porque -para
algunos analistas de turno claro está- es mejor convencerles a través de la
idea de una ‘tercera vía’ que
tener que recurrir al convencimiento por la vía
de las armas –como hace Marruecos- porque
tiene peor prensa y sobre todo una solución más incierta, no sea que por un
‘quíteseme allá esas antiguas pajas coloniales’ un conflicto de poca monta
se lleve a toda la población mundial por delante, incluidos a los que pagan,
que ya sabemos son los que mandan; porque en este punto sí que estaremos todos
de acuerdo con la idea de que a nadie le gusta que jueguen alegremente con sus
lentejas.
Tenemos
entonces que preguntarnos, ¿Cuáles son los intereses puestos en este tablero
de juego? ¿Qué se pretende ganar al final de la partida? ¿Quiénes son
realmente los que juegan? ¿Las reglas del juego son limpias y democráticas? ¿Hacen
trampas los que juegan o es que este juego es en sí mismo una trampa plagada de
minas? Como no pretendemos con estas preguntas dar motivo para escribir un
relato de política-ficción, trataremos de hablar sencillamente de política.
En concreto de la política colonial española respecto al Sahara Occidental.
Estamos viviendo una transformación cualitativa de las
relaciones sociales y de las prácticas culturales. Esto no es ajeno al proceso
de concentración de la riqueza en cada vez menos manos cuya consecuencia
inmediata, demostrada, cuantificada y real es un aumento vertiginoso de la
exclusión social que atraviesa al norte, al sur, al oriente y al occidente. Un
sólo dato para una reflexión urgente y serena de lo que nos pasa: 2000
millones de personas no saldrán jamás de si situación de hambre y atraso[ii].
En paralelo nuestra capacidad de empoderamiento disminuye, se pauperizan los
pueblos y los Estados-nación son el ariete para la mercantilización de
derechos: los sociales porque si queremos disfrutarlos nos obligan a pagarlos a
precio de mercado, y los políticos sólo nos es posible ejercerlos siempre y
cuando no perjudiquen la obtención de los beneficios mercantiles previstos ni
cuestionen la propiedad privada de los medios de producción y reproducción de
personas y capitales.
Paradójicamente aceptamos con resignación sumisa el programado desenlace de una aparente evolución desintegradora de los estados-nación. Nos amparamos temporalmente en los programas de cooperación al desarrollo de los gobiernos, en la acción de las Organizaciones no y sí Gubernamentales, -no está nada claro-, confiamos en el alza o la baja de los mercados de valores para reivindicar o no la paz o la subida de los salarios... Resumiendo, asistimos a un momento de extrema debilidad organizativa que nos lleva de hecho a aceptar con aborregado entusiasmo cualquier universal Plan Marshall que nos propongan para salir o no caer en la miseria, y a adoptar las ‘terceras vías’ como el camino político pacífico y negociado de los conflictos.
Por eso se crean determinados términos que ocultan y desvirtúan las
particularidades y particularismos de los pueblos cuyas tradiciones filosóficas
y de organización socio-política se articulan en torno al desarrollo de la
democracia participada por todo un pueblo. La nueva escuela para-filosófica
neoconservadora católica y protestante que extiende sus dominios por doquier
desplegando un deslumbrante poder simbólico y mediático, nos conduce a reducir
la política, con el uso machacón de esos términos, a una cuestión moral
entre ‘buenos’ y ‘malos’ y así vaciar de contenido cualquier orden jurídico
basado en el respeto hacia uno de los pilares básicos por el cual somos algo:
nuestra identidad que es fruto de un proceso histórico común compartido.
Pretender
asimilar y reducir la identidad saharaui a la identidad marroquí es un acto
irreflexivo de violencia intelectual, simbólica, colonial y lingüística,
injustificable sobre todo en ‘expertos’ que sepan algo sobre la cultura Bidán
salvo claro está, que aun sabiéndolo se atrevan a formular públicamente
soluciones políticas conducentes a la renuncia y asimilación de una identidad
cultural por otra con propuestas que vulneran el obligado respeto que hay que
tener a los derechos políticos de los pueblos y sus culturas, rebasar ese límite
supone legitimar, una vez más, el abuso del conocimiento para un uso arbitrario
e interesado del poder.
La
autoridad ‘moral’ de los expertos que opinan sobre la política saharaui,
pero argumentan con los intereses marroquíes en terreno español es un remedo
modernizado de cómo las autoridades de la dictadura franquista entendían la
identidad ‘española’ indisolublemente unida al colonialismo en África. Por
eso se ocultan las condiciones históricas de origen del pueblo saharaui, no se
tiene en cuenta el proceso de transformación social en estos treinta largos años
de ocupación, refugio y exilio, ni por supuesto se hace el esfuerzo por
entender la realidad política, económica, ideológica y cultural de un grupo
étnico que mire usted por donde siente y piensa en hassanía, valora la cultura
y la lengua del estado que los colonizó, es árabe, islámico y tuvo la valentía
de iniciar un proceso de transformación revolucionaria en África que mal que
pese a muchos hoy, no ha sido posible todavía ponerle una fecha de caducidad
porque sigue gritando lo que siente: su deseo de libertad y autodeterminación.
Pero
al final todo se explica, todo encaja. Porque
tus manos saben ser bastón para las manos ciegas, saben ser la cuerda que tira
de otras manos.[iii]
Porque las manos saharauis que hoy gritan en el Aaiún hacen recordar un negro
pasado que ni izquierdas ni derechas desean que aflore aquí, en el estado español.
La desestabilización que generaría hoy un debate público sobre la
autodeterminación podría resquebrajar el forzado consenso al cual se llegó en
nuestro país tras la muerte del dictador, que no de un cambio radical de las
estructuras políticas, económicas e ideológicas de la dictadura.
Así
pues nos centraremos en intentar comprender porqué nuestro Estado de derecho no
cumple con su obligación de abandonar definitivamente su papel de potencia
administradora de iure sobre el Sahara
occidental y sin querer reconocer a Marruecos como potencia ocupante de facto.
Veamos
nuestra historia más reciente. El Estado español actual es el resultado de la
transformación de un derecho de facto
en un derecho de iure. Para ser más
claros, el derecho y la legalidad de iure
de la II República española, gracias al aprendizaje des-socializador dado en
la dictadura con su consiguiente represión generalizada y el vaciamiento
cultural producido, gracias a las enseñanzas de deshistorización y falsa
universalización de la cultura ‘española’ con la ayuda de nuestros
‘aliados’ norteamericanos... devino en derecho de facto
de la dictadura franquista que sometió a sangre y fuego durante cuarenta años
a gallegos, andaluces, castellanos, catalanes, extremeños, vascos... y
saharauis.
A
los pueblos de por aquí no nos preguntaron sobre qué modelo de estado es el
que queríamos tras la dictadura. De facto
se nos impuso la monarquía parlamentaria y un marco estructurado ad
hoc de autonomías. Entonces, ¿Qué razón obligaría a facilitar que sí
lo haga el pueblo saharaui? El derecho de autodeterminación saharaui no entra
en la lógica de la política exterior española porque agudizaría las
contradicciones de nuestra política interna.
Los
intereses del Estado español confluyen con los intereses políticos, económicos
e ideológicos de Marruecos para que siga ocupando el Sahara occidental. Si la
solución que se arbitró en el Estado español fue una transición como ‘tercera
vía’ para evitar males mayores y parece estar dando buenos resultados,
que de entre otros resaltamos la imposibilidad de confluencia de las luchas de
los trabajadores por la consecución de mejores condiciones de vida con la lucha
contra la neo-colonización imperialista de los pueblos a escala mundial, por qué
razón Marruecos no puede usar su ‘tercera
vía’ para con los saharauis.
Y
no nos olvidamos que África se desangra. Este continente sufre las
consecuencias genocidas de la actuación colonialista europea sobre su
territorio y sus pueblos están pagando injustamente las causas. Porque el
colonialismo europeo impuso e impone un modelo de desarrollo social, político y
económico que impide el derecho a la vida, tanto aquí como allí con sus leyes
de inmigración, sus planes de ajuste, su convergencia económica y su violenta
política de seguridad militar y policial.
Los
países de Europa son los directos responsables del desastre descolonizador en
este continente. Perdimos la batalla en Marruecos, perdimos la batalla de Ifni,
perdimos la batalla de Argel... perdimos poder y queremos recuperarlo a costa de
un pasado que nos muestra su rostro en los rostros de miles de ahogados, de
miles de seres humanos hacinados en campos de refugiados ‘sin papeles’ que
no paran ni pararán de llegar mientras sigamos manteniendo nuestra actual
espiral de desarrollo que está demostrando sobradamente ser una espiral cuyo
giro nos está llevando hacia unas condiciones de vida peores que las del
pasado.
Pero
resulta que a pesar de todo hay pueblos que resisten. Resulta que la existencia
del frente POLISARIO es una buena muestra de la incompetencia colonial española.
Resulta que la RASD es un buen ejemplo de que en África no es necesaria ninguna
‘tercera vía’ para salir adelante. Es esto lo que muestran los
hechos, eso dice el más elemental sentido común y porque se demuestra con la
historia en la mano, sin necesidad de utilizar torticeras argucias y sin que se
nos caiga la cara de vergüenza, que tampoco la quieren los saharauis, vivan
donde vivan y estén donde estén.
Beatriz Martínez Ramírez.
Madrid, enero de 2007
[i] “El
Pueblo Árabe Saharaui, recordando a los pueblos del mundo que han
proclamado la Carta de las Naciones Unidas, la Declaración de los Derechos
Humanos y la Resolución 1514 de las Naciones Unidas; (...) convencidos de
que todos los pueblos tienen un derecho inalienable
a la libertad absoluta, al ejercicio de su soberanía y a la integridad de
su territorio nacional; proclamando la necesidad de poner fin al
colonialismo en todas sus formas
para el logro del desarrollo económico, social y cultural de los pueblos
(...) proclama ante el mundo
entero, en base a la libre voluntad popular basada sobre los principios
democráticos la constitución de un estado libre, independiente y soberano
(...) que adquiere como forma de régimen el de la REPÚBLICA ÁRABE
SAHARAUI DEMOCRÁTICA. El pueblo árabe
de la RASD habiendo decidido defender su independencia y su integridad
territorial (...) afirma su apoyo a todos los Movimientos de Liberación de
los pueblos de la dominación colonialista”. (De la Carta de Proclamación
de la Independencia de la RASD, Bir Lehlu, 27 de febrero de 1976)
[ii]
Del Informe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD 1999
[iii] Versos del poema Tus
manos, de Luali Lehsan, miembro del grupo de poetas “Generación de la
Amistad”. Ed. Revista Exilios, UAM, Madrid 2006