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Apuntes
sobre el silencio y el capitalismo
Jaume
d'Urgell
UCR
10
de Obtubre de 2007
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Ponencia
pronunciada en el evento "Monarquía
vs. Libertad de expresión", celebrado el lunes,
8 de octubre de 2007, organizado por el Colectivo de Ciudad
Lineal por la Tercera República.
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El cuestionamiento de la ilegitimidad de quienes usurpan la
autoridad de los poderes públicos mediante procedimientos
antidemocráticos, es un debate intemporal, que en mayor o menor
medida, se encuentra detrás del alumbramiento de la mayor parte
de los procesos revolucionarios que han tenido lugar a través de
la Historia.
Para que dicho cuestionamiento pueda encauzarse por vías pacíficas,
es imprescindible que se respete la libertad de expresión, que no
se prohíban las ideas; es necesario que se consienta su difusión
y que se actúe contra el embrutecimiento masivo que hace que las
semillas de la ilustración caigan en tierras yermas.
Desde el principio de los tiempos, el efecto combinado de los
ciclos macroeconómicos y ciertos estilos
de gobierno, forzaron al Pueblo a la revolución contra la
injusticia, cada vez que ésta se hacía insostenible. La revolución
como respuesta lógica ante la ruptura de los umbrales de
inestabilidad política. Causa y efecto del sentimiento de
impotencia... aquello del "no hay derecho"… en
resumen, la espita de la Libertad.
Pero la Historia demuestra que no hace falta ningún Pericles,
Voltaire, Montesquieu, Rousseau, Marx, Engels, Nin, Moore, Bakunin,
Lenin, Kropotkin, Unamuno, Campoamor, Allende, Negri o Anguita
para que el Pueblo se dé cuenta de la necesidad de librarse del
yugo de los embusteros, ladrones, brujos, dictadores, monarcas y
demás escoria parásita.
A lo largo de la Historia, la revolución mediante la fuerza
bruta, fue el último recurso de la ciudadanía frente a la
pretensión esclavizadora de todo tipo de opresores. La violencia
como autodefensa era la única salida para los millones de
camaradas que nos precedieron en nuestra lucha contra el capital.
El capital, ese conjunto de intereses, amorfo y cambiante, que de
una u otra forma encontramos detrás de la esencia de lo injusto:
vivir a costa de los demás, llevado hasta el extremo.
No es de extrañar, pues, que la violencia fuera la consecuencia lógica
ante la negación de los derechos políticos del hombre,
particularmente, la represión de toda forma de libertad, el
sometimiento a lo inexplicable, a lo acientífico, someter porque
sí, contra lógica y razón.
Durante siglos estuvo prohibido tener y sostener toda opinión que
supusiera un cuestionamiento del poder establecido. De hecho, la
prohibición de las ideas
peligrosas, su persecución, destrucción, confusión,
embrutecimiento, distracción y criminalización sigue vigente en
nuestros días, a través de procedimientos cada vez más
diversos: unas veces sofisticados y otras veces más bruscos. El
por qué es bien sencillo: lo
arbitrario necesita del engaño y el uso, o la amenaza con el uso
de la fuerza para subsistir.
A falta de derechos políticos, cuando la opresión se hacía
insostenible, el Pueblo solía estallar en revolución, porque la
lucha contra la opresión es inexorable. Someter al Pueblo
es como detener el mar... pobres de aquellos que confiaron en la
perpetuidad de las aguas templadas, cuan estúpidos los que
quisieron dominar la Naturaleza con juegos de luces, puentes y
paredes... la experiencia demuestra que el mar, al igual que la
ciudadanía, siempre termina por desbordar los límites de
cualquier artificio que se le imponga.
Más allá de la revolución embrutecida, con el tiempo alcanzamos
la Ilustración… en gran medida, gracias a los medios técnicos
que hicieron posible acumular y generalizar el alcance del
pensamiento; gracias –en primer lugar– a la imprenta y –más
tarde– a las telecomunicaciones, la razón ha encontrado el
cauce para perseguir la victoria final: la
revolución de las ideas.
La propagación de la idea escrita fue la causa principal de que
el Género Humano tomara conciencia de si mismo. Una toma de
conciencia que, unida a la necesidad de romper las cadenas del
sometimiento a lo arbitrario, provocó la asimilación de un
determinado conjunto de valores y por él, la necesidad de un
cambio de base, que más pronto
que tarde terminará por abrir las grandes alamedas por donde
pasará el hombre libre.
Frente a nosotros se encuentran los intereses de quienes se empeñan
en poseer los frutos del trabajo ajeno, los que pretenden poseer
riquezas que ni siquiera pueden abarcar, los que ven normal tener
de más, cuando todavía hay quien no tiene ni lo indispensable.
Ellos, los capitalistas y su reflejo armado, son los mismos en
cualquier época: cambian unos nombres por otros, unos mitos por
otros, unos tabúes por otros, unas mentiras por otras, pero al
final son los mismos de siempre: los capitalistas son los
beneficiarios de lo arbitrario.
Nosotros, los que sabemos que la
tierra no es de nadie y que sus frutos son de todos, somos
los que siempre hemos mantenido vivo el espíritu de la
participación de la ciudadanía en los asuntos de la Cosa Pública.
Este concepto tiene un nombre: Democracia, y en nuestro país de
países, la Democracia tiene un
sinónimo: República. Algo tan simple como el
reconocimiento de que todo el poder pertenece al Pueblo, en
contraposición a cualquier forma opuesta al interés de la
comunidad, particularmente, en contraposición a la monarquía.
República, que no es solo el cambio de una palabra, ni la inclusión
de un color más. La fuerza de la República descansa en un
conjunto de valores, en la solidez argumental de la plena
Libertad, el compromiso con Igualdad, la apuesta por la
Fraternidad, el respeto a la Diversidad, la asunción de la
Transparencia y Austeridad en la gestión de los asuntos públicos...
la limitación, separación y recíproco autocontrol entre quienes
ejerzan el poder, la sujeción de todos a las mismas leyes, la
efectiva participación popular en el gobierno, la revocabilidad
de los mandatos…
Por eso, porque "Monarquía Parlamentaria" es un disfraz
semántico de contrasentidos tales como "Dictadura
Relativa" o "Tiranía Participativa", nosotros los
republicanos, abogamos por un argumento tan sencillo como
inalterable: solo el Pueblo puede
decidir por si mismo, ergo nadie puede hacerlo en su lugar,
ninguna voluntad individual puede prevalecer sobre el interés de
la comunidad, no es legítimo que unos pocos –acaso únicamente
uno– pretendan arrogarse la tutela de los destinos, derechos,
obligaciones y gestión de los intereses de todos los demás.
Saramago bautizó nuestra época como la Era de la Mentira, y no
le falta razón… si acaso, me atrevería a extender el alcance
temporal de su afirmación: basta echar un vistazo a la Historia,
para darnos cuenta de que cualquier época podría tener tal
nombre.
Lo arbitrario requiere de fuerza y engaño a partes iguales, y buena
parte de cualquier engaño radica en la prohibición de lo cierto,
aunque sea evidente. Por eso, la institución injusta por
antonomasia, la defensa de los intereses particulares del monarca,
requiere silenciar la razón crítica. Su Majestad necesita
combinar el factor disuasorio de su carácter armado, con el
secuestro de dibujos, el enjuiciamiento de la quema de fotos, la
sanción de las palabras… y el fusilamiento de las ideas. Todo,
para conservar el ilegítimo
conjunto de privilegios que conocemos como "monarquía",
el gobierno de uno.
Lo vergonzoso es que el partido socialista se avenga a este engaño
masivo, ellos, que dicen representar los intereses de la clase
obrera, se avienen a escenificar esta obra vieja, compartiendo
escenario con el partido franquista… Ahí tenemos al primer
ministro de Su Majestad, sacándole las castañas del fuego al
becario del dictador, tildándonos de "grupúsculos
radicales", a nosotros, los que pretendemos cosas tan absurdas,
como que la jefatura del Estado
sea un cargo público ; cosas como abundar en la separación
de poderes; defendemos excentricidades
como que se deje de pagar los sueldos de miles de catequistas con
cargo al Erario Público… ¿Qué tiene de malo afirmar que
"quien quiera un cura, que se lo pague"? Denunciamos que
el gobierno designe a los fiscales asu conveniencia y antojo;
defendemos la renuncia a la guerra como instrumento de política
nacional (e internacional); defendemos
el poder de la palabra y las urnas, para resolver cualquier
asunto de interés público, incluyendo la organización
territorial, la demarcación de las fronteras, el modelo de
organización de la estructura y flujos económicos de la
sociedad.
Hoy más que nunca, debemos luchar por mantener intacta nuestra
libertad de expresión, sea cual sea la forma que le demos. Silenciarnos
es el mejor camino para mantener nuestra sumisión al interés
de lo arbitrario, una arbitrariedad que no reposa en una sola
cabeza coronada, por más que esta sea el símbolo supremo de la
injusticia, ni el franquismo era solo Franco, ni la monarquía es
solo Borbón. Necesitamos nuestra libertad de expresión para
librarnos de los borbones, de los botines, los laras, los
entrecanales, los delpino, los polancos, los marchs, los ortegas,
los nozaledas, las klopowitz, los cortinas, los alcóceres, los
florentinos, los riveros, los berlusconis, los portillos, los
abellós y en general, sometidos a la voluntad de cualquiera que
pretenda usurpar para si, algo que a todos pertenece: la riqueza y
nuestra libertad para decidir sobre ella, en paz y beneficio de
absolutamente todos por igual.
¡Salud y República!
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