Leo
por ahí que unos 2.000 rumanos acampan a las afueras del pueblo albaceteño
de La Herrera, habitualmente con una población de menos de
quinientos habitantes. Que son pobres, que son sucios y encima que, cuando se
lavan, lo hacen en las aguas del trasvase Tajo-Segura, a la altura del
Acueducto, aguas y jabones que luego beberán en Murcia, Alicante o Almería,
fíjense, qué guarros, sobre todo si nos olvidamos de que hay depuradoras.
Asegura el preboste del poblado que, además, ocupan el pueblo, incluso que se
resguardan en los portales de la calle principal y que lo llenan todo de
basura. Menos, mal, dice, que pronto se irán.
Hasta aquí, todo normal. El ajeno es el culpable. Ya está. Lo de siempre. Un
edil cabreado porque ocupan su espacio y les cuadriplican en número. Su pizca
de racismo. Lo dicho, aquí y ahora, lo normal.
Pero te pones a leer entre líneas y enseguida aparece la boina, cuando el
alcalde va y manifiesta que ignora la razón por la que han venido los
rumanos, aunque apunta la posibilidad de que "procedan de la campaña del
ajo". ¡Acabáramos! Ahora sabemos el porqué de la airada protesta del
alcalde. Lo que pasa es que ya se ha acabado la campaña, ¿comprendéis? La
mano de obra barata y trashumante, sin seguros y a dos duros, en euros, ha
terminado su función. Ya cayó el telón, ya dejaron cuantos beneficios debían,
ya han cobrado sus cuatro reales, ya el ajo y sus dueños, los poderosos, los
electores, tan contentos, y justo entonces es cuando cae uno en la cuenta de
lo que molestan. No cuando llegaron. No cuando se instalaron. Entonces debían
lavarse con agua embotellada.
Que se vayan a otro sitio (que vendimien o recojan el algodón, que se lo
curren y duerman al cielo raso, que arrastren sus hijos por otros caminos, que
vendan su fuerza de trabajo al peso o por lo que quieran darles), que molesten
a otros.
Pero que no olviden volver el año que viene.