Blog III República 27 de Mayo de 2007
Supongo que esto último es lo que ha llevado a algunos (que por otra parte
participan tranquilamente con los partidos en protestas concretas, sin que
les salgan escamas) a llenar Madrid (¿otras ciudades también?) de
pegatinas pidiendo que no se vote, porque todos son iguales y todos son
corruptos. Ayer, mientras el alcalde de Seseña se enfrentaba al Pocero, el
alcalde de Cieza (el pueblo del hombre-anuncio de la constructora Polaris)
aprobaba un Plan General de Urbanismo ¡dos días antes de saber si sigue
como alcalde o no! Decir que todos son iguales y que todos son corruptos no
es propaganda de la abstención electoral, sino que es una incitación a la
abdicación intelectual: es una renuncia al pensamiento crítico del mismo
grado que afirmar que todos los movimientos sociales están compuestos por
trepas que acaban en las ejecutivas de los partidos políticos. Pues mire,
no, examinemos caso a caso y no difamemos genéricamente. Que para eso
tenemos un cerebrito.
Tengo una sensación ambigua hacia la abstención. Por una parte, me parece
absolutamente legítima, especialmente aquella abstención que parte de un
juicio crítico con la realidad política (del mismo modo que me resulta
interesante el voto que parte de la reflexión y no el inercial: en todo
caso cuentan lo mismo y me alegro) y considera que lo mejor que puede hacer
es no votar como forma de expresar algo: cuando he leído a abstencionistas
de este tipo no he compartido sus argumentos, pero les ofrezco mi respeto más
profundo.
Hay otra forma de examinar la abstención, en cambio, que me resulta muy
reveladora y preocupante: está más que estudiado que la abstención es
inversamente proporcional a la renta, por lo que los más ricos siempre están
más representados que los más pobres. La abstención, en conjunto,
favorece a las fuerzas políticas que más vayan a fortalecer al poder económico
(las que más favorezcan la especulación inmobiliaria, por ejemplo) y
perjudicará a las que tuvieran en mente luchar por resolver los problemas
sociales (haciendo una política de vivienda decente, por ejemplo). Este
tipo de análisis me hace, muchas veces, ser partidario de que el voto sea
obligatorio, pero que los votos en blanco y nulos sean representados con
escaños vacíos durante toda la legislatura.
Tengo muy claro que ni hoy es un día para reflexionar más que ayer o que
mañana, ni mañana es un día para participar más ni menos que hoy o que
mañana. En las elecciones tenemos una de las muchas formas de participación
en política. Desde luego no es la única ni, necesariamente, la más
importante; pero resulta muy extraño que algunos de quienes más participan
todos los demás días, quienes ofrecen su juicio crítico en cada
manifestación, en cada actividad social, decidan que justo mañana van a
ser quienes menos participen.
Votemos, precisamente porque ésa es sólo una forma más de ayudar a que
cambien las cosas. Votemos para que el lunes se acuerden de nosotros; para
que el martes nos tengan que tomar en cuenta. Para que no les dé igual
nuestro cabreo.