Ya he comentado varias veces que la ilegalización de periódicos,
partidos,... resulta, como mínimo, una anomalía democrática: eso no es
una novedad. Pero las 82.500 firmas sí muestran por primera vez la
profundidad de un problema social que encierra la ilegalización. Pues
estas firmas no son la típica recogida de firmas en la calle que todos
hemos hecho para conseguir salvar un parque de las garras del golf o
evitar que se destruya España. Para firmar, cada una de esas 82.500
personas ha tenido que desplazarse a una notaría y cumplir un trámite
que, tal y como están las cosas, puede suponerles una inhabilitación de
hecho para la política (pues, por ejemplo, la impugnación que se
pretende de las listas de ANV se argumenta por la contaminación
de algunos de sus candidatos que ya colaboraron en listas ilegalizadas).
Son, por tanto, 82.500 personas con un alto grado de compromiso con su
proyecto político por encima incluso de sus graves diferencias: es sabido
que entre quienes se acercaron a firmar había pacifistas de tomo y lomo
que también rechazan que haya opciones políticas que no se puedan
presentar.
Supongamos (aunque lo tratemos de evitar) que sea verdad que el proceso de
paz está liquidado. Supongamos también que ETA volviera a las andadas y
que durante los próximos cuarenta años tengamos que seguir soportando
las balas y la dinamita, los muertos, mutilados y heridos generados por
los asesinos. Incluso en ese terrible supuesto (que a todos nos
corresponde evitar,
especialmente a esos 82.500), sólo un ciego podría negar que tenemos
un problema añadido con la imposibilidad de canalizar democráticamente
el voto de más de cien mil personas, muchas de las cuales demuestran
tener un alto grado de compromiso político.
En estas cosas siempre es tentador tirar por la calle de en medio y
proferir algún grito del tipo "pues
que se jodan, que pasen por el aro ". Pero el problema es
que no pasan por el aro y que, elección tras elección, con sus partidos
tradicionales, con nuevos partidos o con el voto nulo siguen manteniendo
un alto suelo electoral (aunque mucho menor que cuando se han presentado
con una creíble apuesta por la paz, como en 1998) y que, dado el
compromiso que demuestran, el apoyo social seguirá presente aunque se les
cierren las puertas de su representación.