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¿Tienen los pueblos carácter?
Pedro L. Angosto.
El Plural 15 de junio de 2006
El
pueblo fiero que se enfrentó a los franceses de Napoleón en 1808, gritó
vivan las caenas al volver el sádico de Fernando VII al trono. En uno de
sus libros mexicanos, narraba Indalecio Prieto las incidencias que acompañaron
a Alfonso XII en su entrada a Madrid. Al parecer un gentío jubiloso salió
a las calles para mostrar su alegría por la restauración de la monarquía
en la persona del marido de María de las Mercedes –“mi rosa más
sevillana”, que dice el popular romance-, gritando, dando hurras, vivas y
mostrando un cariño familiar hacia el nuevo rey. De entre toda la multitud
un joven destacaba por su entusiasmo, de tal manera que Alfonso XII, cautivo
de su fervor, bajó del blanco caballo y amigablemente le dijo que agradecía
enormemente sus loas. El joven, sin inmutarse, pues había participado en
muchos saraos callejeros, le respondió: “Esto no es nada para lo que
dijimos a la puta de la reina cuando la echamos”. Alfonso XII, un tanto
desconcertado, volvió a subir al caballo y continuó camino de palacio. La
puta de la reina era Isabel II, su madre.
Otro tanto, esta vez sincero y sentido, podríamos decir de lo ocurrido el
14 de abril de 1931, cuando el pueblo español se echó en masa a la calle,
desde Cádiz a Barcelona, pasando por Eibar, para abrazar a la Segunda República,
en la que tenía depositadas todas sus esperanzas. El pueblo español
defendió al régimen durante tres años, a veces con escopetas de caza, con
palos, pero terminó por perderlo. Después, con el Caudillo matarife en el
poder y la miseria rondando los hogares españoles, no faltaron tampoco
multitudes para arropar al sanguinario en las concentraciones de la Plaza de
Oriente cuando, por ejemplo, en 1946 las Naciones Unidas condenaron a la
dictadura española debido al apoyo que había recibido de los tiranos
derrotados: Hitler y Mussolini. ¡Franco, Franco, Franco!, ¡Arriba España!,
gritaban a coro los miles de personas concentradas para mostrar su adhesión
inquebrantable al que tal vez había fusilado a su padres, hermanos o hijos.
Unos acudían por devoción, por formar parte del bando vencedor, otros por
obligación indeclinable, para sobrevivir, la mayoría por terror. Hechos
parecidos ocurrían en Barcelona, en San Sebastián o en Cádiz. Igual después
de la restauración de la democracia, cuando varias decenas de miles de nostálgicos
y analfabetos ocupaban la susodicha plaza, y el resto de Madrid, para
celebrar el aniversario de la muerte de quien nunca debió nacer, celebración
que, como no podía ser de otra manera, terminaba con los ultras apaleando a
cualquiera que pasara por su camino. Lo mismo ha sucedido después con Juan
Carlos de Borbón y quien sabe lo que pasaría si, de pronto, se instaurase
otra vez la República.
Cataluña, en su desarrollo industrial –finales del XIX hasta la II República-
protagonizó uno de los periodos más violentos de nuestra reciente
historia, violencia obrera justificada por la miseria, violencia
institucional de Martínez Anido y Arlegui pagando pistoleros con dinero público.
Hoy, sin embargo, es un modelo, digan lo que digan, de convivencia, de diálogo,
de democracia. En el País Vasco los carlistas que gritaban Dios, patria,
Rey y llenaban las iglesias a diario, hoy claman las proclamas
nacional-socialistas de batasuna.
Si nos salimos de nuestra patria, la Italia de Miguel Ángel acompañó a
Mussolini en la marcha sobre Roma, luego lo colgó de una farola, después
llevó al sospechosísimo Berlusconi al poder. Alemania, enzarzada en
guerras desde que nació, siguió masivamente las consignas de Hitler, sus
matanzas, pero después de la derrota fue uno de los motores de Europa, una
pionera en la creación del Estado del bienestar y la nación más solidaria
del continente. Estados Unidos, país que surge a golpe de revolver y rifle,
después de exterminar a los indios dueños del territorio que ocupan, parió
a Lincoln, a Wilson y a la Sociedad de Naciones, a Roosevelt y la Naciones
Unidas, para después de ayudar a la liberación de Europa, convertirse en
una trágica burla de la democracia y de los derechos del hombre, ejerciendo
la pena de muerte a destajo e invadiendo cualquier país según su
particular interés. China y Japón, países de la delicadeza en las formas,
de la sensibilidad, culturas ancestrales, fueron también capaces de
inventar las torturas más sofisticadas que ha conocido el hombre.
¿Dónde está, pues, el carácter de los pueblos, sus rasgos definitorios,
su marca de distinción incomparable? ¿En España, dónde el valor que se
le supone, cuando la mitad del país sigue teniendo rotuladas sus calles con
los nombres de los criminales del 18 de julio de 1936? ¿Dónde la capacidad
de diálogo para construir de verdad y para siempre un país que nació de
uniones personales, de guerras, pero que necesita –hoy, en el siglo XXI,
tras veintiséis años de democracia-, una definitiva, voluntaria y efectiva
articulación? España es un Estado –o lo que ustedes quieran que sea-
compuesto de, al menos, cuatro culturas distintas, cuatro culturas españolas,
tal vez haya llegado el momento, si desapareciesen del escenario político
los partidarios del ordeno y mando, los nostálgicos del pasado, de ponernos
de acuerdo, de sentirnos orgullosos de ser el resultado de la unión
voluntaria de pueblos, territorios y culturas. De mirar lo diferente como
nuestro, con admiración. Pero, por favor, tampoco, nadie hable del carácter
de los pueblos, no existe, existe el tiempo, el paso del tiempo, y nada más.