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Josu Sorauren
ÍzaroNews 21 de Junio de 2006
Decir que toda persona es
inocente –art. 11 de los derechos humanos- hasta que no se demuestre lo
contrario no debe ser suficiente para ciertos políticos. Políticos –caso de
que hayan revisado alguna vez la declaración de la ONU- a quienes, por su
supuesta representatividad, habría que exigirles una mínima discreción y
mesura. Que el Sr. Sanz, nuestro Miguelico el justiciero, llame asesinos a
miembros de la izquierda abertzale, más que incontinencia, que le sobra,
resulta cinismo y obscenidad. Ambas son cualidades que sus cofrades del PP
derrochan con ilimitada desvergüenza. No condenan, luego apoyan, por tanto son
asesinos etarras. Un argumento que solo puede tener cabida en los planteamientos
fascistas e incongruentes de la derechona o de una intelectualidad mediocre e
interesada de la corte; y, por supuesto, de algunos jueces corruptos y
agradecidos.
La torpeza de su argumentación es tan infantil, y al propio tiempo tan
escandalosa, que si no fuera por el ambiente tan torticero y antibasco en que se
mueven, de aplicar su misma lógica, todos ellos debieran estar encausados e
ilegalizados, por asesinos o cómplices.
Es evidente; si para poder gozar de los derechos democráticos: libertad de
asociación, poder ser elegido para los cargos públicos de la política, etc.,
etc., hay que condenar la violencia, aquí se salvan muy pocos. En principio, no
conozco ninguna ley que me obligue a expresar mis sentimientos ante determinados
hechos; pero si así fuera, no se libra “del rey abajo ninguno”, ni el
propio rey, digámoslo claro.
No se libra Europa, apoyando a un estado terrorista como Israel o no condenando
abiertamente al Sr. Bush, el primer terrorista y asesino (¿quién en su sano
juicio lo puede negar? No se libra el PP, que apoyó esa criminal guerra (¡como
aplaudían los condenados a su líder!), ni el PSOE, tan ansioso por hacerle la
cama a los gringos. ¿Tendrán que condenar todos ellos la violencia del tejano,
o la de Putin, o la de Fox, o la de...? La lista sería interminable. Pero pocos
gobiernos hacen ascos ante la colaboración o el negocio con semejantes asesinos
y “estructuras de violencia”; y si no, pregunten al Sr. Solana.
Así que basta de hipocresía. O condenamos todos (y ya es hora de condenar de
una maldita vez el franquismo) o cállense y no me sean tan sinvergüenzas y cínicos.
En el foro de Porto Alegre, un activista musulmán, un tal Ahmed Ben Bella, nos
achacaba a los “globalizados”: “Este sistema que ya enloqueció a las
vacas, está enloqueciendo a la gente; y los locos, locos de odio, actúan igual
que el poder que los genera”.
¿No es algo similar, lo que la derecha, o más propiamente, la ultraderecha está
tratando de sembrar en nuestro ambiente? ¿No da la impresión que trata de
inficcionar este nuevo oxígeno, este proceso de paz que está revolucionando
nuestras venas, de esperanza?
Solo quieren su paz. La de los pueblos sometidos, silenciosos o envilecidos. La
de los pueblos que callen y olviden mientras solo ellos los roban y los usurpan.
Quieren al pueblo con las pupilas humilladas y con las manos abiertas y
agradecidas a sus migajas. ¡Harto los hemos conocido a estos caciques del
miedo, del palio y la intolerancia!
¿Qué haremos? Porque con estos energúmenos poco vale la palabra y el espíritu
de la razón y la concordia. “Los dueños de la tierra sólo razonan
bombardeando”, decía E. Galeano. Yo añadiría, o con “santas cruzadas”,
o encarcelando la libertad de la palabra, o torturando la sed de justicia o
clausurando los parlamentos donde la verdad, la historia de un pueblo o los
verdaderos biorritmos de ese pueblo fluyan sin trabas.
No están preparados para vientos de libertad. Algo habrá que hacer, pero yo al
menos quisiera por una vez escaparme de esta vieja y sucia noche de las últimas
décadas.